EE.UU.: Creando una política exterior más efectiva y ética

Ted Galen Carpenter señala que "Aunque muchos estados alrededor del mundo son represivos y corruptos, los intereses nacionales de EE.UU. algunas veces demandan la cooperación con tales actores . . .Pero tales alianzas tienen el peligro inherente de comprometer, incluso socavar considerablemente, los valores estadounidenses de la libertad y los derechos humanos —y algunas veces también la seguridad estadounidense a largo plazo".

Por Ted Galen Carpenter

Las democracias liberales como EE.UU. se enfrentan a un dilema agudo en cuanto a las relaciones exteriores. Aunque muchos estados alrededor del mundo son represivos y corruptos, los intereses nacionales de EE.UU. algunas veces demandan la cooperación con tales actores. Durante la Segunda Guerra Mundial, EE.UU. incluso se alió con el régimen totalitario y barbárico de Josef Stalin para derrotar un adversario particularmente peligroso, la Alemania Nazi.

Pero tales alianzas tienen el peligro inherente de comprometer, incluso socavar considerablemente, los valores estadounidenses de la libertad y los derechos humanos —y algunas veces también la seguridad estadounidense a largo plazo. Las relaciones cercanas con regímenes o movimientos autocráticos, por lo tanto, no deberían ser tomadas a la ligera. Los funcionarios estadounidenses han tenido un récord menos que estelar al momento de abordar este dilema, ya sea durante la Guerra Fría o durante la más reciente campaña en contra del terrorismo musulmán radical.

Para que la política exterior estadounidense sea tanto efectiva como razonablemente consistente con los valores estadounidenses, algunas condiciones deben ser satisfechas.

El respaldo doméstico de la política exterior estadounidense no debe ser innecesariamente socavado. Ya que muchos estadounidenses creen en los valores declarados de este país, una política exterior que ignora o viola esos valores es probable que pierda la lealtad de la gente tarde o temprano. Eso es lo que pasó con las misiones en Vietnam, Irak, y, más recientemente, en Afganistán. No es simplemente que las aventuras fracasaron en lograr resultados rápidos y decisivos —aunque ese aspecto sin duda jugó un papel— sino que también los estadounidenses llegaron a ver a su país como una nación que perdía sangre y recursos en nombre de regímenes de mala reputación por objetivos que no estaban relacionados a los intereses de EE.UU. Un público decepcionado se volcó en contra de esas misiones, lo que luego creó e intensificó amargas divisiones domésticas.

Una dinámica similar ocurrió como respuesta a los llamados de que EE.UU. interviniese para bloquear las insurgencias izquierdistas en Centroamérica en contra de los gobiernos de derecha durante la década de los ochenta. Para un número considerable de estadounidenses, esto no valió la pena en cuanto al costo o al riesgo de proteger dichos aliados políticos. Hoy, una mayoría de los estadounidenses dicen que favorecen reducir la ayuda externa estadounidense (en inglés), especialmente a los regímenes represivos y corruptos en lugares como Egipto, Paquistán y los estados de Asia Central. Para mantener un respaldo público adecuado para las alianzas de defensa, especialmente si la política involucra aventuras militares, el objetivo debe ser percibido ampliamente como algo que vale la pena y que es posible. Sin esas características, el respaldo público de una política resulta ser insuficiente desde el principio y pronto desaparece, y cualquiera de los dos sucesos es desastroso dentro de un sistema político democrático.

Los funcionarios deben preservar los valores estadounidenses haciendo una evaluación honesta de los asuntos en juego. Muchas veces, los políticos estadounidenses han exagerado las amenazas a la seguridad nacional. En retrospectiva, los peligros supuestamente presentados por dichos adversarios como Vietnam del Norte, Irak, Serbia y el talibán de Afganistán casi son caricaturescos. A ratos, los funcionarios estadounidenses deliberadamente se valen de distorsiones para reunir respaldo público para las guerras opcionales y otras aventuras que podrían haberse evitado. En otras ocasiones, los funcionarios parecían creerse su propia propaganda. En cualquiera de los dos casos, el respaldo público se disipa rápidamente cuando se acumula la evidencia de que la supuesta amenaza de seguridad es de hecho mínima.

Aunque el público estadounidense puede que esté dispuesto a aguantárselo colectivamente y respaldar a un aliado brutal —como lo hicieron en el caso de la alianza con Stalin durante la Segunda Guerra Mundial—para repeler una verdadera amenaza de seguridad para la república, no están dispuestos a hacerlo esperando obtener menos en retorno. Era tanto inadecuado como irrealista esperar que el público aceptase alianzas con regímenes como el de Vietnam del Sur de Ngo Dinh Diem o el de Nguyen Van Thieu a menos que existiera una justificación imperiosa de seguridad. Un problema similar existe hoy cuando los funcionarios estadounidenses esperan que los estadounidenses soporten un mayor sacrificio para mantener a personas como Hamid Karzai en el poder. En demasiados casos, incluso ha faltado una justificación razonable, mucho menos imperiosa, para tales derroches de vidas y dólares del contribuyente estadounidense.

Para preservar los valores estadounidenses, los funcionarios deben ser francos sobre la naturaleza de los clientes propuestos por Washington. Una cosa es justificar una alianza con un aliado autoritario en nombre de consideraciones pragmáticas. El presidente Franklin Roosevelt fue la personificación de esa realpolitik cuando famosamente dijo acerca de un aliado de facto: “Es un hijo de …, pero es nuestro hijo de…”. Otra cosa es encubrir el comportamiento de tales aliados y pretender que son cualquier otra cosa menos autócratas corruptos. Aún así, las administraciones de EE.UU. muchas veces han hecho exactamente eso. Es un insulto a la inteligencia de los estadounidenses, así como también a la de la gente alrededor del mundo, presentar a personas como el shah de Irán, o al dictador filipino Ferdinand Marcos, o al dictador sur-coreano Park Chun-hee y al muyahidín afgani como miembros del “mundo libre”, pero los funcionarios estadounidenses lo han hecho de todas maneras. Los esfuerzos de alabar a Pervez Musharraf de Paquistán y Nuri al-Maliki de Irak reflejaron la misma estrategia.
Cuando el comportamiento real de los autócratas corruptos, aunque amigables, hace una burla de tales representaciones, los estadounidenses comprensiblemente se asquean de trabajar con esos líderes —aún cuando en algunas ocasiones puede que haya argumentos a favor de preservar la alianza para proteger intereses estadounidenses válidos.

Cuando las alianzas con regímenes autoritarios se vuelven necesarias, la asociación de Washington debería ser la mínima requerida para lograr objetivos cruciales. EE.UU. se ha desempeñado mejor cuando ha cultivado relaciones cautas, limitadas y pragmáticas con aliados autocráticos. El acercamiento de Richard Nixon con China en la década de los setenta encaja en esa descripción. Esa movida alteró el balance global del poder diplomático y geopolítico durante la Guerra Fría. El acercamiento forzó a la Unión Soviética desviar su atención de aplicar presión sobre el Occidente democrático porque ahora tenía que lidiar con otro adversario que trabajaba en cooperación con Washington. Sin embargo, la gran mayoría de los funcionarios estadounidenses no se engañaron así mismos ni intentaron engañar a los estadounidenses acerca de la naturaleza del régimen chino. Ellos reconocieron que era un estado implacable de un solo partido. Washington tampoco buscó hacer de Pekín un aliado cercano sobre cuestiones distintas a la cuestión puntual de contrarrestar al poder y la influencia de la Unión Soviética. Los dos países eran aliados por conveniencia, nada más. Esa relación pragmática de la Guerra Fría con Pekín debería ser una modelo para esas otras, relativamente raras, ocasiones cuando una alianza de defensa con un régimen autoritario podría ser necesaria.

Minimizar las ocasiones de líos que socaven los valores estadounidenses re-evaluando los intereses de EE.UU. y la posición global. Los líderes estadounidenses tienen un récord establecido de exagerar las amenazas a la seguridad y los intereses de EE.UU. para, entre otros objetivos, justificar alianzas con regímenes y movimientos políticos desagradables. Parte del problema es la herencia de una actitud del periodo de la Segunda Guerra Mundial y de principios de la Guerra Fría, cuando los enemigos poderosos si constituían una amenaza significativa a la seguridad. Pero la situación hoy en día es sustancialmente distinta —y lo ha sido así desde hace varias décadas.

Con una posición geográfica envidiable (vecinos débiles y amigables hacia el norte y hacia el sur y grandes océanos en ambos costados), siendo la economía más grande del mundo, un establishment militar convencional que es muy superior a cualquier competidor y un inmenso y sofisticado disuasivo nuclear, EE.UU. es el poder más seguro en la historia. La falta de una amenaza existencial, o incluso de una amenaza seria significa que los líderes estadounidenses tienen una oportunidad extraordinaria para adoptar políticas que minimicen la participación de EE.UU. en conflictos en otras partes del mundo. Ese factor también implica que solamente en ocasiones raras debería Washington enfrentarse al dilema de forjar relaciones cercanas con aliados autoritarios. En la mayoría de los casos, una relación con una distancia prudente de por medio es todo lo que se necesita o es apropiado. Adoptar una política exterior más moderada reduciría considerablemente el número de ocasiones en las que los políticos tienen que confrontarse con un conflicto entre los intereses tangibles de EE.UU. y sus valores fundamentales.

Los datos de las encuestas indican (en inglés) que los estadounidenses quisieran ver la adopción de una política (en inglés) más selectiva (en inglés) y moderada (en inglés). En este caso, los instintos de los estadounidenses ordinarios reflejan de manera más precisa las realidades internacionales que las opiniones de “los mejores y más inteligentes” en la comunidad de política exterior. Washington necesita adoptar un rol global que merezca un respaldo público —una política que sea más efectiva y mucho más ética que la que ha tenido en las décadas recientes.

Este artículo fue publicado originalmente en The National Interest (EE.UU.) el 17 de agosto de 2012.