Educación plagada por los favores políticos

Por John T. Wenders

El error más grande que un economista puede cometer al analizar el sistema de educación pública estadounidense es asumir que los gastos necesariamente tienen algo que ver con los costos necesarios para educar a los estudiantes.

Los economistas instintivamente asumen que los costos son decididos por productores que buscan minimizar los costos midiendo la productividad de varias inversiones y escogiendo una mezcla óptima. Los gastos totales en ese caso son hechos desde abajo hacia arriba.

En el sistema educativo público estadounidense esta creencia esta completamente equivocada. En éste los gastos totales son asignados desde arriba hacia abajo para absorber todos los recursos disponibles. Cuánto gasta una escuela pública depende no de cuánto “necesita” para funcionar de manera eficiente pero de cuánto ésta puede extraerle a los contribuyentes. Estos ingresos luego son distribuidos entre varios bulliciosos grupos de constituyentes que alimentan su incesante demanda de fondos públicos.

En el arrevesado mundo de la educación pública, el incentivo está ahí para que las escuelas eficientes y de bajo costo imiten a las escuelas menos eficientes, y de más alto costo mediante el aumento del gasto. El resultado es que el sistema educativo público estadounidense está ampliamente sobre-presupuestado. Los costos por cada pupilo en las escuelas públicas son entre 40 y 45 por ciento más altos que los de cada pupilo en las escuelas privadas. Cuando tomamos en cuenta el mayor número de escuelas primarias privadas y además ajustamos para las escuelas de educación especial, la diferencia se reduce hasta un 36 por ciento.

Dicho de otra forma, por lo menos un 36 por ciento de los gastos de la educación pública son desperdiciados.

Estos resultados son consistentes con la educación en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) dónde la educación cuesta alrededor de entre 30 y 35 por ciento menos que en EE.UU. La mayor competencia entre las escuelas públicas y privadas en el extranjero hace que todas las escuelas sean casi igual de eficientes que muchas de las escuelas privadas estadounidenses.

Por lo tanto el sistema educativo público estadounidense desperdicia alrededor de $141 mil millones al año—cerca de 1.4 por ciento del PIB del año 2000, o cerca de $501 per capita. Añádale la educación compensatoria y el total aumenta a por lo menos $157.6 mil millones al año—cerca de 1.58 por ciento del PIB, o cerca de $560 per capita.

El establecimiento educacional contribuye con más costos a los ya onerosos mandatos de las legislaturas estatales y de actos federales tales como el de Ningún Niño se Queda Atrás. A la medida que estos mandatos elevan el costo de la educación pública (y no todos lo hacen), estos simplemente representan algunos de los más visibles mecanismos mediante los cuales el desperdicio es generado y repartido entre grupos de intereses especiales.

De igual manera, el requisito de que las escuelas públicas deben admitir a cualquier estudiante es muchas veces citado como una razón por la cual los costos son más altos. Pero los estudiantes menos brillantes cada vez más son endosados hacia las escuelas de educación especial, y este programa explica tan sólo un 10 por ciento de la diferencia de costo entre las escuelas públicas y privadas. Además, un impresionante 25-30 por ciento de los estudiantes no se gradúan. Una vez que se retiran de las escuelas, es difícil entender como estos “no-estudiantes” pueden imponer crecientes costos por sobre el sistema de educación pública. Si el diverso cuerpo de estudiantes creado por la política abierta de admisión realmente produce la ineficiencia en las escuelas públicas, esto es un argumento para reducir el monopolio disfrutado por el sistema educativo público y para abrirle el paso a escuelas más pequeñas y especializadas.

Mucho del desperdicio en la educación pública son los costos excesivos de la labor que utiliza. Durante el periodo 1998-2000, el número de estudiantes nacionales matriculados creció por un 15.5 por ciento, pero los trabajos ofrecidos por las escuelas públicas creció por un 37.4 por ciento, y el número de profesores creció por un 35.2 por ciento. Las escuelas públicas ahora tienen cerca de un empleado por cada 6.5 estudiantes, y los profesores constatan tan sólo un 40 por ciento del total de los empleados de las escuelas públicas. Nuestras escuelas públicas se han convertido en programas de trabajo masivos, que se asemejan más a los de la Administración del Programa de Trabajos (WPA por sus siglas en ingles) de la era de la Gran Depresión, que a instituciones educativas.

En promedio, los profesores de las escuelas públicas son mucho mejor pagados que los de las escuelas privadas o que los que trabajan en ocupaciones similares. También, las escuelas públicas contratan a una mezcla más cara de profesores y las uniones hacen virtualmente imposible despedir hasta a los más incompetentes empleados.

Donde sea que la competencia está entre o dentro de las escuelas públicas estadounidenses, la evidencia muestra una educación pública mejor y más barata. En el extranjero, tanto la presencia de competencia directa o de un sustituto a la competencia como los exámenes externos de salida basados en el currículum producen una educación mejor y más barata.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.