Ed Crane, Sine Qua Non

Roberto Salinas-León cuenta un par de anécdotas recordando a Ed Crane.

Por Roberto Salinas-León

"Good night sweet prince, flights of angels sing thee to thy rest…"
—Shakespeare

Me entristece profundamente la pérdida de un ser humano maravilloso, un amigo leal y cariñoso, y un incomparable defensor de la libertad, el gran Ed Crane.

Ed fue una fuerza positiva fundamental en mi desarrollo personal y profesional. Tantos recuerdos, tantas experiencias, tantos momentos inolvidables, ya sea compartiendo un panel en conferencias internacionales, manteniendo debates abiertos sobre diversos temas en su oficina en la sede del Instituto Cato, o cómo invitado en su casa, junto con sus hijos y su esposa, la gran Kristina.

Ed fue una fuerza fundamental en la difusión del trabajo del Instituto Cato y los principios de libertad, prosperidad y paz en mi México natal. Estoy inmensamente orgulloso del gran trabajo que hicimos en mi país. El festival intelectual de tres días "Libertad en las Américas: libre comercio y más allá", celebrado en la Ciudad de México en mayo de 1992, reunió a unos 53 defensores de la libertad de toda América para debatir una amplia variedad de temas y retos a lo largo de tres extraordinarios días. Entre ellos, destacaba la participación de Milton y Rose Friedman, los cuales atrajeron una atención sin precedentes, en los medios de comunicación, entre altos funcionarios, líderes empresariales y la comunidad en general, durante su visita.

Ian Vásquez acababa de incorporarse al Cato en ese momento, y a ambos se nos asignaron funciones operativas para hacer posible la conferencia. Desde entonces, Ian se ha convertido en uno de mis mejores amigos.

El voto de confianza de Ed fue motivo de orgullo y alegría personal, y el increíble éxito de esta reunión fue seguido por dos conferencias monetarias de Cato muy exitosas, en 1994 y nuevamente en 2001; con tres visitas de alto impacto de José Piñera, durante su estadía en Cato, apoyando y asesorando al entonces gobierno de Zedillo y a los líderes de México sobre los beneficios de las cuentas de pensiones individuales; con la enorme ayuda de Ed en una memorable reunión regional de la Sociedad Mont Pelerín en enero de 1996 en Cancún, la cual tuve el honor de de organizar; con sus amables invitaciones para unirme a los retiros del Cato Club 200 en Playa del Carmen y Los Cabos; y mucho más.

Siempre me sentí como en casa cada vez que visitaba el Instituto Cato. Era, como dicen en inglés, un verdadero “homecoming”—ya sea para asistir a cenas de aniversario (¡aplaudiendo a Walter Williams!), a las fantásticas cenas bienales del Premio Milton Friedman, a todo tipo de conferencias en las que tuve el privilegio de participar como panelista, o incluso en visitas improvisadas, en las que solía pasar a la oficina de Ed para decir "hola," sin cita previa. A menudo, después de charlar un rato, Ed añadía: "... por favor, vente a cenar a la casa conmigo y con Kristina, o sino este fin de semana)".

Repito: tantos recuerdos, tantas experiencias, tantas cosas más que reflejan una eterna deuda de gratitud al gran Ed Crane. Pero hay dos anécdotas, entre un gran número de momentos compartidos, que destacan en forma muy especial.

En otoño de 2001, durante la conferencia monetaria del Cato en Ciudad de México, logré concertar una invitación para cenar con el entonces presidente Vicente Fox, en la residencia presidencial de Los Pinos. Era un grupo pequeño pero ipotente, que incluía a Robert Mundell, José Piñera, a mi querida amiga Judy Shelton, el ministro de Hacienda Francisco Gil Díaz, el entonces gobernador del Banco de México Guillermo Ortiz, Ed Crane y yo, entre otros. Hablamos de México, la dolarización, el libre comercio, la reforma de pensiones y otros temas de política económica. De repente, Ed intervino y dijo algo así como: "Me duele pensar en el gigantesco desperdicio y el exorbitante costo de oportunidad que supone no legalizar las drogas: tanto dinero de los contribuyentes tirado a la basura, tantas vidas perdidas... ¿Cuándo aprenderemos?". La declaración produjo un silencio ensordecedor. Nadie dijo nada, ni una sola palabra, lo que para mí, y quizás para todos los presentes, fue una admisión de que Ed hablaba con la verdad, aunque a veces la verdad sea dolorosa.

Mi segundo recuerdo, que siempre recordaré con gran cariño de mi relación con Ed, fue una visita que mi querido padre, Roberto Salinas-Price (QEPD), y yo hicimos a la sede de Cato en septiembre de 2011, justo un año antes de su fallecimiento. El motivo de nuestra visita era comunicar a Ed que deseábamos que tres de los libros más valiosos de la extraordinaria colección de libros de mi padre fueran otorgados en custodia para ser expuestos en el Instituto Cato: las primeras ediciones de The Wealth of Nations, The Federalist Papers, y Cato’s Letters. Tras una larga y agradable conversación, nos despedimos, y entonces mi padre le dijo a Ed, sin titubeo alguno: "Ed, me encanta el Instituto Cato... pero esto lo hago por ti, y para ti".

Otra querida amiga mía a la que conocí gracias a mi relación con Ed, la extraordinaria Lesley Albanese, convertiría este ahnelo familiar en una hermosa y conmovedora realidad. Hoy en día, esas tres ediciones destacan en la biblioteca del Instituto, con una placa en memoria de mis dos padres, como un lindo testimonio de nuestra amistad, nuestros lazos y nuestros valores compartidos en defensa de la libertad. Por esto, y por mucho más, gracias, gracias, gracias, Ed. Siempre fuiste indispensable, sine qua non, para mí y para muchos otros. Te vamos a extrañar, ahora y siempre.

Este artículo fue publicado originalmente en Cato At Liberty (Estados Unidos) el 15 de febrero de 2026.