Ecuador: Saboreando los plenos poderes

Por Hernán Pérez Loose

La decisión de rodear al Congreso con la Policía para que esta permita el ingreso únicamente de ciertos diputados, y se lo impida a otros, ha consumado una nueva ruptura del orden constitucional en nuestro país. Ruptura que venía gestándose por los errores, arrebatos y hasta caprichos de los principales actores. Todos, unos más otros menos, han contribuido a este final. El uno insistiendo en instalar una Asamblea Constituyente mientras los poderes están constituidos y anexando inconstitucionalmente a la consulta un llamado “Estatuto” que viola la Carta Fundamental. Los otros renunciando a su potestad legislativa, destituyendo a funcionarios sin juicio previo y dedicándose a las negociaciones de siempre. Y los señores del Tribunal Supremo Electoral creyéndose que están por encima de la Constitución. Y como si lo anterior fuese poco, vino la clausura del Congreso (el sueño de muchos presidentes del Tercer Mundo...). Que se remata con la declaración del Presidente de que no acatará una decisión del Tribunal Constitucional si esta afectase la forma como el Gobierno ha trazado el camino de la consulta a la Asamblea.

La tesis del Tribunal Supremo Electoral (TSE) de que la convocatoria a una consulta automáticamente los pone por encima de la Constitución es una innecesaria bofetada a la inteligencia. La Carta Fundamental no hace excepción alguna. Todos los actos de toda autoridad son susceptibles de un escrutinio constitucional, legal y político. Ni el texto ni el contexto de nuestra legislación dan sustento a semejante teoría.

Este escenario donde todos parecen competir frenéticamente por ganarse el premio de quién comete más abusos es apenas un abreboca de lo que sería la Asamblea Constituyente. Al menos ahora los ecuatorianos todavía podemos cuestionar la conducta de los poderes públicos con el texto de nuestra vigente Constitución a la mano, y podemos acudir a tribunales para hacer valer el derecho. Pero, como se sabe, una Asamblea Constituyente no tiene por encima ninguna Constitución, ley, corte o tribunal. Es de la esencia de estos órganos no estar sujetos a control alguno. Lamentablemente en un ambiente de enorme confrontación como el que se ha fomentado, y del que tanto disfrutan algunos, ¿puede alguien imaginarse lo que sería una Asamblea Constituyente controlada por el oficialismo o por la oposición? Si una nueva Constitución bien puede nacer de una Asamblea que no sea “constituyente”, ¿por qué entonces la insistencia de que lo sea?

Al derecho constitucional moderno le repugna la sola idea de que se hable de órganos que gocen de “plenos poderes”, como se insiste con respecto a la Asamblea, o que se crean que están por encima de todo control, como es la tesis del TSE. La historia del constitucionalismo contemporáneo está precisamente escrita de esfuerzos para limitar al poder. No en vano el IX Congreso Iberoamericano de Derecho Constitucional convenido en Brasil recomendó el año pasado que no se instalen  “Asambleas Constituyentes” mientras existen poderes constituidos.

¿Alguien duda todavía de que el camino escogido no es realmente una simple lucha por el poder, y no por el cambio?

Este artículo fue publicado el 13 de marzo de 2007 en El Universo (Ecuador).