Ecuador: El fabricante de conflictos
El presidente Rafael Correa quiere arreglar a Ecuador. Estupendo. Para esa tarea lo eligieron sus compatriotas. Y hace bien, porque en su país hay muchas cosas que funcionan torpemente. La más hiriente, claro, es la desconcertante miseria que afecta a la mitad de la población, pese a las incontables riquezas naturales que alberga el territorio. Pero ese fenómeno parece ser la consecuencia y no la causa de otros males profundos. El sector público ecuatoriano, en general, es terriblemente ineficiente. La justicia es un caos. El parlamento es un desastre. Los índices de corrupción son altísimos. La educación y la salud públicas son escasas y de muy baja calidad. En esa circunstancia nadie puede sorprenderse de que la mayoría de la población esté inconforme con este estado de cosas, o con esa cosa que tiene como Estado, y quisiera un cambio enérgico. Para ese fin, repito, para limpiar los establos, eligieron a Correa.
El problema es que Correa se equivoca de enemigos, de estrategia y de prioridades. Se ha enfrascado en una pelea a muerte con el parlamento para forzar la redacción de una nueva Constitución —esa manía latinoamericana de cambiar las reglas en lugar de obedecerlas—, y en la pelea ha arrastrado al poder judicial, enfrentando jueces contra jueces y jueces contra legisladores, debilitando hasta la agonía a la ya muy frágil estructura republicana que quedaba en pie. Es como el que llega a una casa en ruinas, llena de personas, y en lugar de apuntalarla para comenzar el saneamiento, decide demolerla con la gente dentro para luego fundar otra sobre los escombros. Es verdad que en esa actitud lo respalda (todavía) una clara mayoría del pueblo ecuatoriano, pero ese dato tiene una significación limitada. La mayoría lo secunda porque cree que el señor Correa va a solucionar los problemas del país. Cuando descubra que, realmente, los va a agravar, la frustración se transformará en desencanto.
Como el señor Correa es un economista graduado en Estados Unidos y en Bélgica, seguramente no ignora que el desarrollo sostenido, la prosperidad y el grado de estabilidad de las naciones dependen del volumen y la forma en que se vinculan los tres capitales que determinan el éxito o el fracaso de las sociedades: el capital tangible, el humano y el cívico. Eso se lo enseñaron en la primera semana de clase.
El capital tangible está hecho con todos los factores materiales —instalaciones, tierras, maquinarias— y las inversiones locales o extranjeras que intervienen en la creación de bienes y servicios producidos por las empresas. Esas empresas, para que las sociedades prosperen, requieren un clima sosegado y cierta hospitalaria arquitectura legal para generar beneficios, crear empleos, pagar impuestos y crecer incesantemente reinvirtiendo parte de las ganancias.
Luego, seguramente, Correa se familiarizó con la noción de capital humano. Para que el capital tangible rinda sus frutos necesita una población bien educada. Hace falta contar con una buena fuerza de trabajo, desde el que barre hasta el que dirige la empresa, con un nivel adecuado de instrucción, para que pueda desempeñar bien su tarea. Una masa de trabajadores educados es capaz de asimilar las transferencias tecnológicas, innovar y crear con originalidad. Las sociedades más ricas del planeta casi siempre suelen ser las que poseen el mayor capital humano. La excepción a esa regla es el mundo comunista: un gran capital humano que se dilapida por la falta de libertad y de propiedad privada.
El tercer capital es el cívico: los valores que prevalecen, la ética de trabajo, la calidad de las instituciones, si existe o no una ciudadanía inclinada a cumplir la ley, la legitimidad de los poderes públicos, la forma en que se transmite y se controla la autoridad y la existencia de un clima de cordialidad cívica entre adversarios políticos. No tienen que amarse, pero deben tolerarse, respetarse y aceptar las reglas del juego.
Nada de lo que el presidente Correa está haciendo conduce en esa dirección. En lugar de resolver conflictos, se ha dedicado a crearlos, siguiendo de cerca al disparatado modelo chavista. Ha tomado el camino de la crispación, ha olvidado que el papel de los políticos no es juzgar a la prensa, sino al revés, estimulando el penoso espectáculo de turbas que se adueñan de las calles, mientras la policía les impide la entrada al Congreso a unos parlamentarios que fueron elegidos en los mismos comicios que hicieron presidente al señor Correa.
Es triste que los ecuatorianos pierdan otra nueva oportunidad de actuar con sensatez y prudencia. Correa va a dejar como herencia un país mucho peor que el que le entregaron. Parecía difícil ese contramilagro.
Artículo de Firmas Press
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