Ecos del pobrismo del Papa

Alejandro Bongiovanni considera que el discurso en torno a las virtudes de la pobreza del Papa Francisco hace eco de la tradición pobrista que permea a la Iglesia Católica desde sus inicios y que tiene antecedentes más recientes en los sacerdotes del tercer mundo.

Por Alejandro Bongiovanni

En su primer día de gobierno, Alberto Fernández señaló en un acto en Plaza de Mayo que “a la meritocracia y al individualismo le vamos a imponer la solidaridad”. Desde entonces, no paró en cargar contra el mérito y ensalzar el pobrismo en todas sus alocuciones. Hace días, el Papa Francisco se expresó en igual sentido: “Quien razona con la lógica humana, la de los méritos pasa de ser el primero a ser el último”. Para muchos fue un guiño al gobierno. En realidad, fue al revés. Es Fernández quien está siguiendo puntillosamente el discurso pobrista y anti-meritocrático que Bergoglio viene expresando desde que asumió su papado.  

Ahora bien, más allá de lo urticante, ineficiente y perimido que parezca el discurso bergogliano, no es del todo incoherente con una tradición pobrista que permea a la Iglesia Católica desde sus inicios y que tiene antecedentes más recientes en los sacerdotes del tercer mundo, la teología de la liberación o en el vernáculo movimiento de los curas villeros.

Pobreza y opulencia

Para el pobrismo la pobreza no es una situación de mera carestía de recursos sino una categoría moral. El pobre –apunta Sebreli en Dios en el Laberinto (Sudamericana)– sería el sujeto histórico, el haz de virtud. La pobreza es sacralizada. Quien no tiene es un virtuoso en su no tener. El pobrismo implica cierta neurosis: por un lado, parece que duelen los pobres y por el otro se reivindica la pobreza como la verdadera cultura popular, la expresión de sabiduría y el campo de los valores superiores. 

Bergoglio explica en Sobre el Cielo y la Tierra (Sudamericana) que Lorenzo, diácono de Roma fue interrogado por el emperador sobre la localización de los tesoros de la Iglesia. El diácono se presentó entonces con un grupo de pobres diciendo “estos son los tesoros de la Iglesia”. Subraya Bergoglio: “Los pobres son nuestro tesoro y tenemos que cuidarlos. Nosotros nos gloriamos en la debilidad de nuestro pueblo”. Curiosa metáfora. Un tesoro se cuida manteniéndolo inalterable. ¿Qué considerará mejor el Papa? ¿Qué desaparezca dicho tesoro vía desarrollo económico aún a riesgo de que se convierta en esa clase media que a veces tiende a alejarse de la iglesia? ¿O que –como un tesoro– los pobres siempre sigan ahí? 

En el día mundial de los derechos humanos, Francisco (quien toma su nombre del santo de Asís que agregaba ceniza y agua fría a sus comidas para hacerlas menos disfrutables) expresó que “mientras una parte de la humanidad vive en opulencia, otra parte ve su propia dignidad desconocida, despreciada o pisoteada”. La opulencia es vista por el Papa como el resultado de un juego de suma cero. 

“Buenos Aires es una ciudad que nos llena de culpa por verla tan opulenta” fue la frase en el mismo sentido que lanzó Alberto Fernández antes de quitarle recursos a la ciudad gobernada por su oposición. La sentencia recuerda al Libro del Apocalipsis (18:16): “¡Ay, ay! ¡La gran Ciudad! Con su opulencia se enriquecieron todos los que poseían barcos en el mar. ¡Y en una hora ha sido arrasada! ¡Que se alegre el cielo a causa de su ruina!” 

Por cierto, la opulencia de las ciudades también molestaba a Tomás de Aquino, cuando ésta no era producto de una autarquía sino a causa del intercambio y el comercio. “Es más digna la ciudad que se basta a sí misma que la ciudad que es opulenta por obra de mercaderes”, sostenía el teólogo. Vivir con lo nuestro. 

No sorprende que el Evangelio envíe al fuego eterno a los “mercaderes enriquecidos”, “traficantes de productos”, “hombres de negocios” y “patrones de navíos” (Apocalipsis 18). 

El encono de Jesús con los ricos

¿Y qué decir del propio Jesús? La opulencia no lo ponía de buen humor. En el famoso sermón de la montaña lanza encendidas críticas contra los ricos, los que disfrutan, los que ríen y los que tienen la panza llena. Quienes ríen deberán llorar por haber cometido el error de reír mientras otros lloraban. Quienes están satisfechos por haber comido, deberán pasar hambre por haber osado comer mientras otros sufrían. 

Lo primero que hace Jesús hace cuando arriba a Jerusalén es ir al Templo, armar un látigo con unas sogas y echar a latigazos a “vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados delante de sus mesas”. Jesús tumba los mostradores y desparrama las monedas de los vendedores gritando enojado “saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio” (Juan 2:13). Y es que pare Jesús “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico al Reino de los Cielos” (Mateo 6:24). 

Para Ludwig von Mises en Socialismo (Unión Editorial) está claro que “ninguna interpretación, por hábil que sea, podrá ocultar que las palabras de Jesús respecto a los ricos están llenas de resentimiento”. Y sobre este punto los apóstoles no le van a la saga. Tampoco su madre, que festeja en un cántico que “los ricos hayan sido despojados” (Lucas 1:53). “El rico es maldecido porque es rico, el pordiosero es loado porque es pobre” dice Mises y agrega que “Jesús no hace un llamamiento a la lucha contra los ricos, ni predica la violencia contra ellos; pero es únicamente porque Dios se ha reservado para sí mismo esa venganza”. Recordemos que para Jesús la parusía era inminente y no pasaría “de esa generación” (Mateo 24:34) el día del Juicio Final. 

El mérito de no tener mérito

Porque el Reino de los Cielos –dice Jesús– se parece a un propietario que contrató obreros para trabajar en su viña. Contrató a algunos a la mañana, otros al mediodía, otros a la tarde. Al terminar el día les pagó a todos un denario como había convenido con ellos por separado. Entonces los que habían empezado a trabajar a la mañana se quejaron diciendo “Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada”. El propietario contesta el famoso “los últimos serán los primeros” (Mateo 20:8) del que el Papa se hace eco para fustigar la meritocracia, esa palabra que, según el pontífice es una “legitimación ética de la desigualdad”.

En su Los Enemigos del Comercio (Espasa) Antonio Escohotado señala que para Jesús el mérito estaba en quienes no tenían mérito. El propietario de la narración, interpreta el intelectual español, no es cualquier privado sino el Señor Universal, que Jesús presenta llamando envidioso a quien pretenda se le pague según su esfuerzo. El principal mérito sería precisamente –como apunta el Papa Francisco– ser pobre o débil de alma. La gloria está en la debilidad, la santidad en la pobreza. El lujo es vulgaridad. 

“Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores” dice Jesús y agrega “Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo” (Lucas 6:34) Hay que prestarle dinero a quien no lo devuelva, sugiere Jesús. 

¿Y la parábola de los talentos? (Mateo 25:14). ¿No hay allí un espaldarazo al mérito, a la inversión, al esfuerzo? Pues no necesariamente. El evangelio de Mateo, fue escrito en la segunda parte del siglo I, cuando uno de los temas más relevantes era que no se había cumplido la promesa de Jesús de la llegada del Juicio Final. En ese sentido la parábola conminaría a no dormirse, porque el Juicio sí llegaría. Sería con ese objeto que se enlazan las cuatro parábolas consecutivas: los siervos fieles e infieles, las diez vírgenes, los talentos, y el juicio a las naciones. Suponer que Jesús está exhortando a que las personas inviertan en la Tierra acaso sería un error, como lo sería suponer que la parábola de las vírgenes conminaría a tener aceite de repuesto. Jesús dice expresamente que preocuparse por el futuro en materia de alimento y vestimenta es cosa de impíos: “No se inquieten diciendo: ¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos, o con qué nos vestiremos? Son los paganos los que van detrás de estas cosas” (Mateo 6:31). El “a cada día le basta su aflicción” quizás no sea una invitación al descuento hiperbólico, pero tampoco un alegato para invertir en esta vida terrenal y perecedera. Si uno busca discursos motivacionales para trabajar y esforzarse tal vez no son las palabras de Jesús el lugar indicado.

Dado que el Juicio Final estaba próximo resultaba ocioso entonces dedicarse demasiado a la vida mundana. Escohotado recuerda que todas las comunas cristianas primitivas cumplían estrictamente la regla de desposesión individual, guardando un mandato expreso de practicar la imprevisión. El español subraya que cuando empezó a circular el nuevo testamento (siglo II) los cristianos le parecen al hombre culto una suerte de locos “a medio camino entre el pirómano y el mendigo” reclutados entre los esclavos y los pobres. Plinio el Joven que en 98 recorre Asia Menor, constata “desolación económica” en las áreas donde ellos predominan, pues huyen del mercado laboral para no contaminarse de paganismo y se aferran a la Segunda Venida inminente. Acaso Francisco añora aquellos páramos ideales de primitivismo y pureza, en lugar de las actuales babilonias interconectadas y frenéticas del capitalismo global. 

Vale recordar que en tiempo de aquellas comunidades cristianas primitivas el gobierno del Imperio Romano, después de tratar de impedir una inflación galopante a través de edictos (tampoco funcionaba entonces), vio la interesante oportunidad de aliarse a la “santa pobreza” de la por entonces secta cristiana y forjó en ese momento una sociedad político-religiosa profunda y duradera. El presente no es original. 

Dos mil años pasaron y la esfera espiritual nunca ha renunciado a la ambición de reunificar los dos ámbitos –apunta Zanatta en El populismo (Katz)– y el poder temporal sigue tratando de incautarse la poderosa fuerza evocadora de la religión, instrumento de poder como ningún otro. El incesto de ambas esferas ha dado origen a muchas instituciones generadoras de “autoritarismo e improductividad” como señala José Ignacio García Hamilton.

De ser ciertos los trascendidos, el pobrista ocupante del puesto de San Pedro finalmente se decidirá a realizar su demorado regreso a suelo argentino en 2021, para ser recibido por el pobrista gobierno del país, oportunamente en campaña electoral.

Acaso Dios obre de maneras misteriosas. El Papa, no tanto.