La "economía antifascista" ignora los problemas que tiene Trump
Ryan Bourne dice que si afirmas que la inflación genera autoritarismo, deberías saber qué es lo que genera la inflación.
Por Ryan Bourne
Cuatro años después de que la inflación de los precios al consumidor en Estados Unidos alcanzara un máximo del 9 por ciento, los estadounidenses siguen molestos por el costo de vida. El nivel de precios ha aumentado un 30 por ciento desde febrero de 2020, y cada compra de alimentos, pago de renta y cuenta de luz —además de hipotecas más caras, préstamos para autos y deudas de tarjetas de crédito— les recuerdan este impacto en los precios.
Las consecuencias políticas han sido contundentes. La inflación fue una de las principales preocupaciones en 2024, cuando el Partido Demócrata perdió la Casa Blanca. Donald Trump basó entonces su campaña en bajar rápidamente los precios. En cambio, los aranceles y la crisis petrolera derivada del conflicto con Irán han dejado a él y a los republicanos en apuros ante un tema que antes era una carga para los demócratas.
Isabella Weber, de la Universidad de Massachusetts en Amherst, se percató antes que muchos economistas de lo políticamente tóxica que podía ser una inflación inesperada. Su nuevo libro, *Anti-Fascist Economics*, incluso sostiene que esta combustión política ayudó específicamente a Trump e impulsó a "la extrema derecha en todo el mundo".
El hecho de que el propio Trump se encuentre ahora en una situación delicada en cuanto al costo de vida sugiere que son los gobernantes que presiden la inflación quienes enfrentan la reacción negativa. Pero aceptemos la premisa de Weber. Si la alta inflación genera autoritarismo, comprender qué la causa se convierte en un imperativo democrático. Aquí es donde su libro no resulta convincente.
Ella parte de una verdad a medias. Los cierres por la pandemia entorpecieron las cadenas de suministro, la invasión de Rusia a Ucrania elevó los costos de los alimentos y la energía, y el conflicto con Irán provocó recientemente otro aumento en el precio del petróleo. Las perturbaciones negativas en la oferta en estos "sectores de importancia sistémica", escribe, elevan los precios de los productos básicos, lo que afecta duramente a los pobres y dificulta la producción, lo que a su vez aumenta la inflación agregada.
La dificultad surge cuando Weber convierte este mecanismo parcial en una teoría general. Estas perturbaciones transitorias en los costos, argumenta, les dieron a las empresas la "oportunidad perfecta" para subir los precios más allá de sus costos, ahora más elevados. Las alardes de los ejecutivos sobre su "poder de fijación de precios" lo demuestran: según la versión de Weber, los vendedores en busca de ganancias aprovecharon esas perturbaciones muy reales para elevar aún más la inflación.
La mayoría de los economistas dudan de esta teoría. Si las empresas pudieran subir los precios a su antojo de manera rentable, ¿por qué esperar una perturbación en los costos? ¿Por qué los competidores y los nuevos participantes en el mercado no ofrecerían precios más bajos que las empresas que suben los precios por encima de los fundamentos? ¿Y de dónde sacaron los clientes el dinero para pagar todos estos precios más altos? Si las gasolineras estafan a los consumidores mientras que el poder adquisitivo de los hogares es fijo, a las familias les queda menos dinero para gastar en restaurantes o tiendas de muebles. Un precio —el de la gasolina— sube, pero esto se compensa con la caída de la demanda y la presión de los precios en otros sectores. La inflación general puede persistir sin que se desplomen las ventas solo cuando el gasto agregado también aumenta.
Esa teoría apunta a una explicación más sencilla para la inflación. Entre febrero de 2020 y marzo de 2022, la oferta monetaria creció en 6,2 billones de dólares. Washington registró enormes déficits presupuestarios, mientras que la Reserva Federal mantuvo las tasas cerca de cero y compró billones en activos. A mediados de 2022, todo este estímulo significó que el producto interno bruto nominal —el gasto total en dólares— crecía a un ritmo del 10 por ciento anual, en lugar de su tendencia prepandémica del 4 por ciento anual. Este exceso de demanda, y no la codicia, fue la causa subyacente de los aumentos de precios.
Explicar los precios altos y las ganancias no requiere una colusión tácita entre las empresas. Las perturbaciones en el extranjero desviaron la demanda hacia sustitutos estadounidenses, lo que elevó sus precios; el auge generalizado del gasto permitió que otros precios subieran en todos los sectores, dado que había más dinero buscando bienes y servicios. Debido a que los precios al por menor se ajustan más rápido que los costos fijados por contrato, como los salarios o el inventario existente, los márgenes de ganancia se ampliaron temporalmente en muchos sectores.
Sin embargo, Weber atribuye toda la recuperación rápida al estímulo, al tiempo que lo exime en gran medida de la inflación resultante. Al parecer, esos mismos dólares podían estimular la producción, pero no los precios —una distinción conveniente para la cual el libro no ofrece explicación alguna.
Este diagnóstico afecta el análisis de Weber sobre las opciones que tenía Estados Unidos para hacer frente a la inflación. Según su relato, los economistas del "Equipo de Esperar y Ver" anticiparon correctamente que las cadenas de suministro se recuperarían sin un endurecimiento monetario, pero se mostraron demasiado indiferentes ante el sufrimiento a corto plazo. El "Equipo de la Austeridad" subiría las tasas de interés, lo que provocaría desempleo para reducir la inflación. Su alternativa —límites máximos de precios, reservas de materias primas, medidas antimonopolio y provisión pública— "se enfocaría en los precios específicos que impulsan la inflación", hasta que se recuperara la oferta. Un bando es insensible, otro cruel y el suyo, convenientemente, humano y "antifascista".
Sin embargo, todo esto está escrito como si los economistas no supieran lo que sucedió posteriormente. Las cadenas de suministro sí se recuperaron, pero la oferta monetaria se redujo y la Reserva Federal subió las tasas en 5,25 puntos porcentuales. Este endurecimiento monetario provocó que el crecimiento del gasto se desacelerara y que la inflación retrocediera considerablemente hacia la meta. Esto ocurrió sin desempleo masivo —un resultado que ella, curiosamente, trata como una justificación de su oposición al endurecimiento, en lugar de cuestionarlo.
Eso podría haberla llevado a replantearse su postura. Quizás el inicio del libro explique por qué no fue así: Weber recuerda haber pasado años buscando “una lucha seria contra la inflación” que protegiera a los trabajadores de los choques de costos sin aumentos en las tasas de interés. No es del todo injusto decir que encontró una crisis que se ajustara a su solución preexistente.
Weber se ha convertido en una de las principales defensoras de las teorías que enmarcan los choques puntuales y la conducta corporativa como los impulsores de la inflación, mientras que relegan la política macroeconómica a un segundo plano. A los políticos de ambos partidos les resulta agradable este diagnóstico. Desvía la atención de las decisiones fiscales y arancelarias hacia las empresas que ajustan los precios en respuesta a ellas.
Su éxito continuo enturbia la comprensión del público sobre las raíces monetarias de la inflación, lo que a su vez invita a la implementación de controles de precios y otras políticas que no curarán la inflación, sino que crearán escasez, disminución de la calidad e ineficiencia. Si la inflación alimenta el fascismo, los economistas tienen el deber de comprender qué alimenta a la inflación.
Este artículo fue publicado originalmente en The Washington Post (Estados Unidos) el 19 de octubre de 2026.