Disturbios alimenticios

Por Patrick J. Michaels

Haití siempre ha sido un país caótico. Sin embargo este mes experimentó un nuevo tipo de violencia: Un disturbio alimenticio provocado por la intención de los países ricos de combatir el calentamiento global. Los haitianos se tiraron a las calles demandando que su gobierno haga algo acerca del alto precio de los alimentos básicos. Disturbios similares ya se han registrado en el Sudeste Asiático y África. Es de esperarse que lo mismo ocurra pronto en América Latina, donde los altos precios de ciertos granos han llevado a las autoridades a elevar su grito de protesta ante organismos internacionales.

Los precios de los alimentos están subiendo. Durante gran parte de los noventa y hasta el 2005, el precio de la soja en la Junta Comercial de Chicago había permanecido relativamente estable, ubicándose aproximadamente en $60 la fanega. Desde entonces se ha disparado en un 150 por ciento hasta llegar a $156. El maíz se ha duplicado hasta llegar a $60. Los precios del trigo se han triplicado.

Todo comenzó en Estados Unidos con la Ley de Política Energética del 2005, la cual establece un aumento en la cantidad de etanol que debe mezclarse con la gasolina. Esta ley fue promovida como una manera de reducir la cantidad de dióxido de carbono que emitimos, disminuyendo así el temido calentamiento global. Hoy, el 15 por ciento de la cosecha de maíz está siendo destilada para la producción de etanol.

La ley requería la producción de 4.000 millones de galones de etanol para el 2006 y luego un aumento anual de aproximadamente 700 millones de galones. Peor aún, el Presidente Bush, citando al calentamiento global en su informe a la nación del 2007, hizo un llamado a producir 35.000 millones de galones de etanol para el 2017, reemplazando así un 20 por ciento del consumo actual de gasolina con dicho elixir. Esto es cinco veces la cantidad dictada por la Ley Energética.

¿Tendrá algún impacto la fiebre por el etanol en reducir el calentamiento global? Veamos los números.

Estipulemos que de hecho un 20 por ciento del consumo actual de gasolina en Estados Unidos es reemplazado de alguna manera. El transporte constituye aproximadamente un tercio de las emisiones estadounidenses de dióxido de carbono, por lo que la medida reduciría las emisiones totales en un 6,7 por ciento si el etanol no contribuyese gases de invernadero adicionales a la atmósfera. Todo el mundo sabe que este no es el caso y muchos estudios indican que reemplazar la gasolina con el etanol de hecho libera más dióxido de carbono en la atmósfera que simplemente quemar la gasolina.

No obstante, asumamos que se dé un ahorro de 6,7 por ciento en las emisiones. Basándonos en información reciente, el número de carros en las calles aumentará por este mismo porcentaje en aproximadamente cuatro años. ¿Qué significa eso? Que se evitaría 0,01C° de calentamiento global durante el próximo siglo. Uno experimenta este cambio de temperatura en el ambiente durante cada segundo de su vida. Ahora, extienda esta política a todas las naciones del mundo en los cuales hay un número considerable de carros (llamados países “Anexo 1” por las Naciones Unidas) y la cantidad de calentamiento que no ocurriría sería de 0,03C°. Nadie nunca podrá lograr detectar estos cambios de temperatura en los registros mundiales, los cuales varían naturalmente por aproximadamente 0,08C° de año a año.

No obstante, sustituir dicho 20 por ciento es imposible. EE.UU. produce cerca de la mitad del maíz del mundo y si convirtiéramos cada grano en etanol todavía nos faltaría un 40 por ciento para alcanzar el objetivo determinado por el Presidente Bush. Para cumplirlo, necesitaríamos encontrar una manera económica de hacer etanol de materiales de plantas más crudas —el denominado etanol “celulósico”. No importa cuánto dinero gasten los gobiernos, a pesar de décadas de investigación, nadie ha podido descifrar cómo hacerlo de manera económica.

Por supuesto que no quemaremos por completo nuestra cosecha maíz. Sin embargo la tendencia continuará hasta que la inflación en los precios de los alimentos sea insostenible. En los países en desarrollo habrá más protestas, algunas muy violentas, mientras que en el resto del mundo no se podrá detectar ni un ápice de cambio en el clima gracias al etanol.

Como Ashock Gulatoi, director del Food Policy Research Institute en Washington le dijo al Financial Times hace poco, “En última instancia hay un costo de oportunidad entre llenar los estómagos y llenar los tanques de diesel [o etanol] en los carros y camiones”.

El triste hecho es que el caos en Haití es solamente el comienzo de un terremoto civil masivo que se desencadenará conforme se establezcan más y más políticas absurdas en nombre del calentamiento global. Esperen que la próxima explosión sea en América Latina.