Desestimar totalmente las afirmaciones del New York Post sobre Joe Biden sería un error
Ted Galen Carpenter estima que no investigar de manera significativa los supuestos archivos de Hunter Biden constituye una abdicación de la responsabilidad esencial de la prensa de monitorear el comportamiento del gobierno estadounidense y sus líderes.
El odio a Donald Trump, combinado con el pensamiento grupal, está envenenando la habilidad y disposición de algunos periodistas de examinar sobriamente las cuestiones que impactan la política exterior de EE.UU.
Ese punto se ha vuelto claramente evidente en cómo los principales medios de comunicación están tratando las bombas de artículo del New York Post basados en unos archivos supuestamente contenidos en una computadora que el hijo del nominado a la presidencia por el Partido Demócrata, Hunter Biden, dejó en una tienda de reparaciones en Delaware. El primer artículo incluía evidencia de que Joe Biden estaba mucho más involucrado en los cuestionables negocios de su hijo con una empresa energética de Ucrania, Burisma, de lo que él había sostenido —incluyendo cuando se le pidió reunirse con al menos un ejecutivo de Burisma. Esa aparentemente mayor participación también provocó nuevas preguntas acerca del papel del ex vicepresidente demandando que el gobierno de Ucrania despida al fiscal general Viktor Shokin.
El siguiente artículo del New York Post presentó evidencia de emails de que Hunter Biden había recibido un interés de 20 por ciento en un fondo de inversiones chino con un descuento masivo de su valor real. Peor aún, uno de los documentos afirmaba que aunque el interés de Hunter era de 20 por ciento, un adicional 10 por ciento debía ser apartado bajo su supervisión “el señor importante”. Tony Bobulinski, el ex socio de negocios de Hunter, luego no solo confirmó que el correo incriminador era genuino, él afirmó que “el señor importante” era una referencia a Joe Biden.
Hubieron preguntas legítimas acerca de la autenticidad de los archivos, incluyendo los aspectos oscuros acerca de la cadena de custodia. Si todas (o incluso algunas) de las alegaciones son ciertas está por verse. La precaución acerca de la precisión de los artículos del New York Post es justificada, pero los testimonios ciertamente son noticiosos y merecen una mayor investigación. En cambio, las reacciones desdeñosas por parte de los miembros de la prensa son perturbadoras, sino alarmantes. Ellos adoptaron de manera acrítica los argumentos apurados y vacíos de los críticos de que todo esto era otra campaña rusa de desinformación. La “evidencia” para dicha afirmación era poco más que las especulaciones y opiniones de ex operativos de inteligencia —muchos de los cuales tenían una considerable historia anti-Trump y anti-Rusia. Aun cuando el FBI y el Director Nacional de Inteligencia prontamente derribaron la tesis de una campaña rusa de desinformación, muchos miembros de la prensa dominante procedieron a tratarla como si fuera el evangelio.
Los medios de comunicación le han dado espacio a alegaciones con mínimo respaldo sobre asuntos similares, siendo la dudosa historia de recompensas rusas un ejemplo destacado. Adam Macleod de Fairness and Accuracy in Reporting (FAIR) incluso concluyó que “las afirmaciones sin evidencia por parte de espías sin nombre se volvieron hechos” según la mayoría de los reportajes en la prensa. El contraste con el trato de las alegaciones derivadas de los archivos de computadora de Biden no podría ser más marcado. Algunos periodistas han mostrado una extraña falta de curiosidad y adoptado una actitud hostil hacia el tema. Las plataformas de redes sociales como Facebook y Twitter dieron el extraordinario paso de bloquear el acceso a los artículos del New York Post. En el caso de Twitter, las restricciones incluso incluyeron temporalmente suspender la cuenta del New York Post y aquella de la Secretaria de Prensa de la Casa Blanca, Kayleigh McEnany.
Con justa razón, David Harsanyi afirmó en un artículo que “la ‘desinformación’ rusa se ha vuelto la racionalización para la mala práctica periodística y el activismo político durante los últimos cuatro años. Los periodistas, después de todo, están en posesión de un altamente sofisticado método de eludir la ‘desinformación’ extranjera. Se llama ‘hágale una pregunta al candidato’. Pero, hasta donde he podido ver, le han preguntado a Biden tan frecuentemente acerca de su sabor favorito de helado tanto como le han preguntado acerca de los e-mails de Hunter”.
Glenn Greenwald ha llamado la atención a sus colegas por su descarado y estéril doble estándar. “¿Por qué Facebook no bloqueó nada de esa orgía sin fin en torno a las teorías de conspiración de Russiagate por parte de los principales medios de comunicación, las cuales carecían totalmente de pruebas o eran totalmente falsas?” Él se preguntó abiertamente si el tan alardeado proceso de “chequeo de datos” estaba siendo aplicado con algún grado de consistencia, “considerando cuán frecuentemente no lograron suprimir historias de dudosa fuente o superficialmente poco confiables” basadas en el mismo. “¿Siquiera puede imaginarse el día cuando una teoría de conspiración no comprobada —filtrada por la CIA o el FBI al Washington Post o NBC News— sea suprimida?” preguntó.
Desafortunadamente, el pensamiento grupal parece estar fuera de control en los principales medios de comunicación. En el proceso, esa actitud ha socavado la investigación significativa no solo del comportamiento del candidato presidencial de un importante partido sino de la conducta de Ucrania y de los gobiernos del Partido Comunista Chino. Si son genuinos, los archivos de Biden indican que esos regímenes o sus corporaciones títeres dedicaron un esfuerzo y recursos considerables para acarrear favores con un importante jugador político estadounidense —uno que bien podría convertirse en el presidente de EE.UU. Dicha campaña de influencia tiene una relevancia significativa para las relaciones actuales y potenciales de Washington con aquellos países. Ignorar las implicaciones equivale a una abdicación de la responsabilidad esencial de la prensa de monitorear el comportamiento del gobierno estadounidense y sus líderes, pasados y actuales.
Este artículo fue publicado originalmente en National Interest (EE.UU.) el 27 de octubre de 2020.