Desengaños de la democracia

Por Carlos A. Ball

La reciente publicación de una edición bilingüe (inglés y español) de la Declaración de Independencia y la Constitución de Estados Unidos por parte de mis compañeros del Cato Institute me motivó a volver a leer esos extraordinarios documentos que han sobrevivido incólumes el paso de más de dos siglos, a pesar de frecuentes intentos de jueces, políticos y gobernantes de tergiversar su significado.

En gran parte, el éxito de EEUU se debe al espíritu de libertad individual de los próceres y a la sabiduría por ellos demostrada en la redacción de esos dos documentos fundamentales que demuestran su gran temor por la concentración del poder en las manos de gobernantes y burócratas.

Thomas Jefferson, redactor de la Declaración de Independencia y tercer presidente de Estados Unidos, expresó mejor que nadie los temores que debían sentir los ciudadanos hacia los gobernantes:

“Cuando el gobierno le teme a la gente, hay libertad [pero] cuando la gente le teme al gobierno, hay tiranía… La mayoría que oprime a un individuo es culpable de un delito, abusa con su fuerza y al actuar bajo la ley del más fuerte rompe las fundaciones de la sociedad… El progreso natural de las cosas es que la libertad ceda y el gobierno gane terreno… Si podemos evitar que el gobierno malgaste la labor de la gente bajo la pretensión de ayudarla, el pueblo será feliz… Un despotismo elegido no fue el gobierno por el cual luchamos… La experiencia nos ha enseñado que aun bajo las mejores formas de gobierno, aquellos encargados del poder -con el tiempo y poco a poco- lo han pervertido en una tiranía… Si desde Washington nos dijeran cuándo sembrar y cuándo recoger la cosecha, pronto nos quedaríamos sin pan… Nuestra libertad depende de la libertad de prensa y ésta no puede limitarse sin perderse… Eterna vigilancia es el precio de la libertad”.

Hace un par de décadas, Ronald Reagan expresaba ideas similares, pero jamás las he escuchado en boca de un presidente latinoamericano. Al no basarse en los inalienables derechos naturales de la gente, la democracia en la región se ha transformado en una serie de componendas políticas para la compra de votos, ofreciendo privilegios a grupos sindicales, profesionales, empresariales, desempleados, etc. Entonces, la oposición se dedica a ofrecer mayores prebendas a quienes se quedaron fuera de la piñata.

Eso ha sido una mina de oro para los políticos y para los más hábiles en conseguir privilegios, pero la inevitable consecuencia es miseria para las masas y el creciente desprestigio de la democracia.

A mediados del siglo XX prevalecían las dictaduras militares en la región. Todos soñábamos con una democracia parecida a la de EEUU que nos permitiría salir del subdesarrollo. Pero el modelo más imitado por nuestros políticos democráticos fue el corporativismo del PRI mexicano, copiado por partidos como Acción Democrática en Venezuela y el APRA peruano, mientras que el peronismo y la democracia cristiana chilena aspiraban a convertirse también en partido único. Unos y otros despreciaban el capitalismo y el libre mercado. Así perdimos décadas sustituyendo importaciones, nacionalizando industrias, mendingando ayuda al FMI y a los países ricos, prostituyendo tanto la moneda como la educación pública, concentrando el poder económico y político en las mismas manos, mientras culpábamos a terceros de nuestros fracasos.

Chávez y Kirchner reflejan el “perfeccionamiento” de esas políticas populistas y demagógicas. Bolivia, Ecuador, Perú y Brasil avanzan, más lentamente, por el mismo camino. La pobreza de la región ha retrocedido décadas. Sólo están hoy mejor Chile –donde los Chicago Boys del general Pinochet establecieron las bases del crecimiento económico sostenible–, México –que logró sacar al PRI y se ha beneficiado del NAFTA– y El Salvador que ha disfrutado de mejores gobiernos. Mientras tanto, el presidente Alvaro Uribe logra verdaderos milagros en Colombia, a pesar del terrible daño que hace la guerra contra las drogas impulsada por Washington, por la creación artificial de multimillonarias mafias asesinas.

La guerra contra las drogas es una de las instancias donde el gobierno de EEUU ha dado la espalda a su Constitución y a su tradición liberal. El gobierno no existe para meter preso a alguien por hacerse daño a sí mismo, sino cuando hace daño o irrepeta los derechos de otro. Obviamente que los drogadictos necesitan atención médica en vez de cárcel, mientras que los narcotraficantes se dedican a tan despreciable comercio porque los gobiernos, con malas leyes, han disparado sus ingresos.

En conclusión, los latinoamericanos tienen que darse cuenta que el problema es el gobierno. Con la gente que estamos eligiendo nos hundimos más y los problemas no se arreglan con más leyes y más regulaciones sino con más libertad. Nada de esto es un secreto, sino que está al alcance de quien quiera leer la Declaración de Independencia y la Constitución de EEUU.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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