Democracia sin desarrollo

Por Roberto Salinas-León

La polémica del desafuero, el estancamiento de reformas estructurales, la parálisis política, el "libertinaje" de prensa, el veto sobre el presupuesto, la creciente gama de precandidatos presidenciales -todo esto, y mucho más, es reflejo de un sistema piramidal que, por el destino de las fuerzas políticas, ha sido puesto de cabeza. Una pirámide al revés, inestable, caótica, sin los nuevos cimientos requeridos para encontrar rumbo, para afianzar fundamento, para contar con el marco de referencia (la ingeniería constitucional) que permita crear la historia subsiguiente con cierto orden, con cierta predicibilidad.

Giovanni Sartori, uno de los grandes politólogos de nuestra época, verdadero poeta de la ciencia política, ha dedicado buena parte de sus profundos estudios sobre ingeniería constitucional al caso mexicano. Su diagnóstico más reciente sobre el tema es contundente y transparente: "México es un caso excepcional en América. Así como ha sido un caso único en el pasado sistema autoritario presidencialista, así también debe convertirse en una forma funcional única del presidencialismo democrático". Pero para cumplir con este objetivo, nos dice Sartori, se requieren ciertos cambios fundamentales en las reglas del juego, tanto a nivel político, como, posiblemente, a nivel constitucional.

De otra forma, se alimenta la percepción, según nuestra idea, de que la democracia es un obstáculo al desarrollo, que la parálisis política que vivimos no permite ni orden, ni estabilidad, ni crecimiento. Obviamente, es una percepción equivocada, pero en la medida que siga viva en el consenso general, las posibilidades de generar los cambios necesarios disminuyen -y con ello, la oportunidad de darle nueva forma a la estructura antipirámide que tenemos ahora. Sartori ha recomendado tres reformas políticas capitales. La hegemonía priísta, que se mantuvo a lo largo de siete décadas, ha disminuido (más no, ha desaparecido). El reto ante al alternancia es la "transición de un sistema hiperpresidencial hacia uno sólo formal bastante débil". Los poderes del presidencialismo han desaparecido. La figura cultural del machismo presidencialista persiste en el folklore común, pero no en las reglas del juego político post-priísta.

Primero, Sartori recomienda un nuevo sistema electoral que reemplace al sistema mixto que se tiene en la actualidad. En el pasado, "éste cumplió con sus funciones". Era parte de la pirámide política fundamental. Es, sobre todo, esencial contemplar la segunda vuelta electoral en caso de que un partido no obtenga mayoría. De otra forma, los futuros mandatarios están destinados ha gobernar sin gobernabilidad.

Segundo, dice Sartori, "es absolutamente necesario dejar atrás la imposibilidad de reelección para los miembros del Congreso". México es el único caso contemporáneo en las democracias modernas que no permite la reelección de los miembros del congreso. Es, como dice Sartori, "imposible tener un congreso autónomo e independiente sin la figura de la reelección". De otra forma, los incentivos de los legisladores están centrados más en como asegurar su futuro político, y no en responder a las necesidades de los votantes. Esto es particularmente obvio con el caso de las designaciones plurinominales. Sartori concluye que "para tener una democracia real y eficiente es necesario un congreso independiente y para ello se requiere la posibilidad de reelección".

La tercera reforma, según este análisis, es "redefinir el poder ejecutivo". La figura presidencial debe ser no autoritaria, pero sí "democráticamente fuerte con sólidos poderes legales y la fortaleza suficiente para ejecutarlos". La reforma judicial, y la independencia de los tres poderes políticos, es parte de la nueva estructura que requiere el país para dejar atrás la reconstrucción de la pirámide.

Salinas de Gortari decía, en la época de la "primera ola" de reformas estructurales, que la reforma económica es prioritaria a la reforma política. Hoy, parecería que el caso es exactamente al revés.