De destapes, dedazos y otras rarezas

Manuel Suárez-Mier describe el sistema de control centralizado del poder político que imperaba en el México del PRI entre 1924 y 1994.

Por Manuel Suárez-Mier

Todos los países tienen sistemas peculiares para pasar las riendas del poder, como acabamos de observar en México en lo que muchos llamaron una regresión a dos ceremonias privativas del nuestro, el dedazo mediante el cual el Presidente en turno elige a su sucesor, y el destape, la forma en que se anuncia ese acontecimiento.

Como también se ha dicho, la diferencia con el México del siglo pasado es que el elegido por el partido del Presidente en funciones no tiene asegurada la victoria, como ocurrió ininterrumpidamente entre 1928 y 1994, pues hoy enfrentan comicios competitivos, con candidatos con recursos comparables conforme a las leyes en vigor.

El Partido Revolucionario Institucional (PRI) cuyo mero nombre es parte de nuestro folclor surrealista, lo creó el Presidente Plutarco Elías Calles (1924-28) como el medio para evitar que la trasmisión del poder político tuviera por fuerza que hacerse con un baño de sangre, como ocurrió regularmente desde la consumación de la independencia en 1821, y fue inspirado en el sistema fascista de la Italia de Benito Mussolini.

El sistema consistía en llevar todos los hilos del poder político a la Presidencia, lo que obviamente cancelaba la autonomía de los poderes legislativo y judicial, al poner en manos del ejecutivo la facultad de elegir todos los jueces en todos los niveles, y “palomear” las listas de candidatos a diputados y senadores, sin opción a reelegirse

Este arreglo también cancelaba la ficción de ser una federación de estados autónomos, pues seguimos siendo la misma nación centralista que existió en los tres siglos que formamos parte del imperio español y también en los 400 años previos, cuando el imperio azteca subyugó a los pueblos aledaños de Mesoamérica.

Por supuesto que el control centralizado del poder se extendía a las “fuerzas vivas” representadas por las masas campesina, entonces mayoritarias, los sindicatos obreros y hasta las clases medias de profesionales e intelectuales, en sendas federaciones que pertenecían al PRI y mediante las cuales el gobierno las controlaba.

En este modelo quedaba por organizar a la llamada “iniciativa privada”, lo que se consiguió mediante la adopción de leyes que obligaban a las empresas a pertenecer a agrupaciones empresariales por sectores de actividad económica, y de allí las muchas cámaras y confederaciones que congregan piramidalmente al sector privado.

Dos sectores que requerían de especial cuidado en este esquema de control eran el sistema financiero y los medios de comunicación. El primero, se organizó bajo el mando de una secretaría de Hacienda poderosa y una Comisión Nacional Bancaria y un banco central creados por el Presidente Calles en 1924 y 1925, respectivamente.

Para someter a los medios de comunicación se creó un monopolio gubernamental para fabricar e importar papel periódico (PIPSA), y las estaciones de radio y a partir de los 1950s, las de televisión, fueron concesiones controladas de cerca por la secretaría de Gobernación, por lo que casi siempre servían lealmente al régimen.

La seguridad nacional y el control de la delincuencia se operaban por una poderosa entidad en Gobernación que tenía amplios poderes, incluyendo el mando de las policías y las fuerzas armadas, y que practicaba un espionaje muy efectivo de grupos y personas que pudieran causarle problemas al gobierno. 

Este sistema, que funcionó razonablemente para lo que fue diseñado, entró en crisis en 1994 por una serie de circunstancias imprevistas y fue completamente desmontado al llegar a la Presidencia Vicente Fox, que nunca lo entendió. 

¿Representa el “destape” de José Antonio Meade como candidato del PRI el retorno a ese México del pasado? No, como lo discutiremos en entregas futuras.  

Este artículo fue publicado originalmente en Asuntos Capitales (México) el 4 de diciembre de 2017.