Cuba: Análisis retrospectivo de la revolución comunista

Marian L. Tupy dice que la Cuba comunista no ha sido un experimento de justicia social que fracasó por falta de recursos, sino un sistema que no ha podido producir recursos y que estuvo diseñado para concentrar el poder.

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Por Marian L. Tupy

De una forma u otra, el experimento comunista de 67 años de Cuba está llegando a su fin. Ya sea por una invasión estadounidense, por la presión política y económica de Estados Unidos, por una revuelta interna o por una combinación de los tres factores, el monopolio del Partido Comunista de Cuba sobre el ejercicio del poder llegará a su fin. No se sabe con certeza qué lo reemplazará y, como lo demuestra la anarquía en Haití, las cosas siempre pueden empeorar.

Pero también pueden mejorar mucho. Con reformas adecuadas supervisadas por la diáspora cubana —altamente educada y acomodada—, el crecimiento económico de la isla podría asemejarse al de Chile, que implementó reformas económicas de libre mercado tras el derrocamiento del presidente marxista Salvador Allende en 1973, o al de Polonia, que inició su transición del comunismo al capitalismo con el Plan Balcerowicz en 1989. Ambos países fueron en su momento casos perdidos, pero ahora son ampliamente reconocidos como ejemplos de éxito regional. Si eso ocurre, vendrán de la mano otros beneficios deseables, como centros urbanos renovados, sistemas de alcantarillado que funcionen, mejores carreteras y hospitales más limpios.

Pero una de las lecciones que nos enseña incluso una transición bien ejecutada del comunismo al capitalismo es esta: el cambio lleva tiempo y es disruptivo. Un trabajador que pierde su empleo porque una empresa deficitaria ("deficitaria" es el término crucial aquí) deja de ser subvencionada por los contribuyentes no culpa al planificador central por diseñar una fábrica que produce cosas que nadie quiere comprar. Culpa al capitalista que reasigna el capital y los recursos humanos hacia empresas que pueden producir bienes y servicios que la gente, tanto en el país como en el extranjero, desea. Se destruyen empleos y se crean otros nuevos. Esa renovación constante es la esencia del capitalismo. Es, en parte, lo que hace ricos a los estadounidenses.

Luego está la ilusión monetaria, o la tendencia humana a enfocarse en los precios nominales. Las transiciones económicas suelen ir acompañadas de inflación. El peso cubano, al igual que las monedas de Europa del Este antes de la caída del Muro de Berlín, no se negocia libremente. Su valor lo fijan las autoridades, lo que lleva a una diferencia de hasta 24 veces entre los tipos de cambio (imaginarios) oficiales y los (reales) del mercado negro. Lo mismo puede decirse de los alimentos. El pan es muy barato, pero está racionado, por lo que alcanza precios mucho más altos en el mercado negro. Ese es un viejo truco comunista: mantener bajos los precios oficiales para presumir de cuánto puede permitirse la gente común en relación con los salarios, aunque, en la práctica, los productos a precio oficial sean difíciles de conseguir. Cuando el peso comience a flotar libremente, cabe esperar que su valor se desplome y que los precios de muchos productos se disparen.

Además, la privatización de empresas anteriormente nacionalizadas o construidas por el Estado puede ir acompañada de corrupción. Esto es especialmente cierto cuando la entidad encargada de la privatización —por lo general, algún tipo de junta designada por el gobierno— está integrada por miembros del antiguo régimen o tiene vínculos con ellos. Como ocurrió en Eslovaquia, Hungría y —el caso más notorio— Rusia, el conflicto de intereses puede tener varias consecuencias perjudiciales. En primer lugar, recompensa, en lugar de castigar, a los excomunistas. En segundo lugar, extiende la influencia de los excomunistas en la sociedad. En tercer lugar, conduce a una gestión incompetente y prolonga el ajuste económico. Por lo tanto, se debe tener mucho cuidado de enajenar los activos estatales de la manera más transparente posible (como una subasta a ciegas) y, preferiblemente, bajo supervisión internacional. Es importante destacar que la privatización debe estar abierta a empresarios extranjeros (incluidos los de la diáspora) que aporten conocimientos tácitos, como las mejores prácticas contables y de producción.

Estas cuestiones son importantes, porque los seres humanos padecen de memoria selectiva y nostalgia. Al regresar a Europa Central (antes "Oriental") de mi infancia, como lo hago de vez en cuando, me sorprende lo que la gente recuerda y lo que ha olvidado sobre la vida bajo el comunismo. Ya no quedan los recuerdos de las largas filas frente a las tiendas que vendían artículos a los que los clientes occidentales sofisticados ni siquiera les echarían un vistazo. Ya no quedan los recuerdos del soborno generalizado que engrasaba los engranajes del comercio: "¿Estás seguro de que ya no tienen este medicamento en particular?" Aquí tienes un poco de dinero "para que lo revises de nuevo". ¿Escasez? Nunca se oía hablar de eso. Por el contrario, a la gente le encanta recordar los precios (oficiales) y compararlos con los actuales. Rara vez se toman en cuenta los aumentos salariales. Se culpa al capitalismo de todos los males que aún aquejan a la sociedad, mientras que los mayores recuerdan con más cariño el socialismo y los jóvenes lo reimaginan de manera idealista.

Los demagogos de izquierda aprovechan estas peculiaridades de la psicología humana para rescatar de un siglo de desastres socialistas algunos "aspectos positivos" y minimizar los efectos beneficiosos de la libre empresa. Esto es particularmente cierto en el caso de Cuba —una pequeña nación insular que durante décadas ha resistido la presión del gigante estadounidense, ganándose así la admiración de los progresistas—. Por lo tanto, antes de que la Cuba del Che Guevara y los hermanos Castro desaparezca del horizonte de la memoria, es vital aclarar las cosas y separar la realidad del mito.

Comencemos con la promesa de la Revolución Cubana que llevó a los comunistas al poder en 1959.

El novelista Norman Mailer dijo que Castro era "el primer y más grande héroe que apareció en el mundo desde la Segunda Guerra Mundial". Susan Sontag escribió: "Desde mi visita de tres meses a Cuba en el verano de 1960, la Revolución Cubana me ha sido muy querida, y el Che, junto con Fidel, han sido héroes y modelos a seguir". El filósofo francés Jean-Paul Sartre calificó a Che Guevara como "el ser humano más completo de nuestra época". Su compañera, Simone de Beauvoir, escribió sobre su visita a Cuba: "Por primera vez en nuestras vidas, estábamos presenciando la felicidad que se había alcanzado mediante la violencia". El activista Malcolm X elogió las relaciones raciales en Cuba, mientras que el sociólogo C. Wright Mills, quien en su momento fue muy influyente, elogió a los revolucionarios por su humanidad.

Obviamente, las cosas resultaron ser muy diferentes.

Según el nuevo libro del periodista cubano-estadounidense Frank Zimmerman12 mitos sobre Cuba: Del relato al dato, el régimen comunista de Cuba es responsable de miles de muertos y de millones de personas obligadas al exilio. Desde el principio, Castro restableció la pena de muerte, ordenó ejecuciones por fusilamiento e internó a decenas de miles de personas en prisiones y campos de trabajo forzado. El Che Guevara dirigió personalmente ejecuciones sumarias en la fortaleza de La Cabaña. Entre 25.000 y 30.000 cubanos fueron enviados a campos de trabajo forzado por ser homosexuales, religiosos o ideológicamente "desviados". La escasez provocada por el Estado, el colapso económico y una economía de supervivencia impulsada por el turismo empujaron a muchos cubanos, incluidos menores de edad, a la prostitución durante el Período Especial en la década de 1990.

El régimen proclamó el fin del racismo por decreto en 1959, para luego traicionar sistemáticamente a los afrocubanos. Por ejemplo, la ley de "peligrosidad predelictiva", que permitía el encarcelamiento sin que se hubiera cometido un delito, se aplicó con mayor frecuencia a los jóvenes afrocubanos. Durante las protestas del 11 de julio de 2021, provocadas por el deterioro de las condiciones económicas agravadas por la pandemia de COVID-19, los cubanos negros destacaron entre los detenidos, golpeados y condenados. El racismo estructural no fue reemplazado por la igualdad, sino por una representación superficial y folclórica en los medios estatales. La diversidad solo se permite cuando aplaude al poder. En el momento en que los afrocubanos se organizan de manera autónoma o disienten, la represión no se hace esperar.

En 1958, el PIB per cápita de Cuba superó el equivalente a 24.000 dólares en moneda actual, lo que la situaba entre las economías más prósperas de América Latina. Para 2025, las cifras oficiales lo sitúan en aproximadamente 7.500 dólares, una cifra que Zimmerman considera demasiado alta. La pobreza nunca se eliminó. En cambio, se centralizó, se racionó y se utilizó como arma de control. Se desmanteló la empresa privada y se criminalizó la actividad económica independiente. Se estima que el conglomerado militar GAESA acapara el 37 por ciento del PIB. George Orwell, al reflexionar sobre la afirmación comunista de que "no se puede hacer una tortilla sin romper huevos", respondió una vez con su famosa frase: "Sí, pero ¿dónde está la tortilla?". Esa es una pregunta tan pertinente para Cuba como para cualquier otra zona de desastre socialista.

Y así, se puso en marcha la operación de rescate de la izquierda.

En 2016, Barack Obama le dijo a Raúl Castro: "Mira, han logrado grandes avances en la educación de los jóvenes. Todos los niños en Cuba reciben una educación básica. Eso es una mejora enorme respecto a cómo estaba antes. En cuanto a la atención médica: la esperanza de vida de los cubanos es equivalente a la de Estados Unidos a pesar de ser un país muy pobre, porque tienen acceso a la atención médica. Eso es un gran logro. Hay que felicitarlos" (Hay que reconocer que Obama también señaló que la "economía cubana no está funcionando"). En 2020, el senador de Vermont Bernie Sanders dijo: "Nos oponemos firmemente a la naturaleza autoritaria de Cuba. Pero, ya sabes, es injusto decir simplemente que todo es malo. Cuando Fidel Castro asumió el cargo, ¿saben qué hizo? Puso en marcha un programa masivo de alfabetización. ¿Es eso algo malo? Aunque lo haya hecho Fidel Castro".

Del mismo modo, Justin Trudeau opinó que "el señor Castro logró mejoras significativas en la educación y la atención médica de su nación insular". "Tienen un sistema de salud magnífico, tal vez el mejor del mundo", explicó Jimmy Carter. Figuras de menor relevancia, como Ted Turner y Michael Moore, hicieron observaciones similares. Finalmente, Nicholas Kristof opinó en las páginas del New York Times: "Cuba hace un trabajo impresionante en materia de salud del que Estados Unidos podría aprender… un bebé estadounidense tiene, según las estadísticas oficiales, casi un 50 por ciento más de probabilidades de morir que un bebé cubano. … Una de las principales fortalezas del sistema cubano es que garantiza el acceso universal. Cuba tiene el 'Medicare para todos' con el que muchos estadounidenses sueñan".

¿Qué dicen los hechos?

Antes de la revolución, Cuba ya tenía una tasa de alfabetización del 76 por ciento, una de las más altas de América Latina. La república precastrista contaba con universidades en funcionamiento, una prensa pluralista, partidos políticos que competían entre sí y educadoras como Ana Echegoyen Montalvo, quien lideró una campaña nacional de alfabetización de adultos a mediados de la década de 1950. Esa historia fue deliberadamente ocultada porque el régimen necesitaba la ficción de un pasado analfabeto para hacer más defendible su duro gobierno. La campaña de alfabetización de 1961 no enseñó a leer tanto como le hizo lavado de cerebro a la población. Para aprender la letra "F", los niños cubanos leían: "El rifle es de Fidel; la fe agudiza sus ideas; la isla deposita su fe en él". Cada letra estaba impregnada de ideología. Lo que los líderes occidentales elogiaron como emancipación fue, en la práctica, el primer intento del régimen de adoctrinamiento masivo.

La misma lógica regía la educación formal. Desde la escuela primaria en adelante, los niños se inscribían en la Organización de Pioneros José Martí, coreando a diario: "Pioneros por el comunismo: seremos como el Che". La admisión a la universidad dependía menos del mérito académico que de la confiabilidad ideológica, lo cual incluía la participación en la Unión de Jóvenes Comunistas, la asistencia a mítines políticos y la demostración de conformidad con la doctrina oficial. Chile, Uruguay y Costa Rica lograron resultados educativos comparables sin criminalizar la disidencia ni convertir las aulas en instrumentos de vigilancia.

Las cifras de mortalidad infantil, las comparaciones de esperanza de vida y los índices de médicos per cápita tampoco logran describir lo que realmente sucede cuando un cubano común se enferma. En la isla operan simultáneamente dos sistemas médicos. Uno atiende a los cuadros del partido, a los altos mandos militares y a los visitantes extranjeros con divisas fuertes, en instituciones de exhibición como el CIMEQ —un centro de investigación médica y quirúrgica bien abastecido, funcional y cuidadosamente fotografiado—. El otro lo soportan todos los demás: hospitales donde los quirófanos se quedan sin luz sin previo aviso; donde los antibióticos son un lujo; donde a los pacientes se les dice habitualmente que traigan sus propias jeringas, gasas, analgésicos y ropa de cama.

Según Zimmerman y otros escritores cubanos, el salario promedio cubano en 2025 era de aproximadamente 17 dólares al mes, lo cual no alcanza para comprar medicamentos básicos. Lo que el régimen presenta como salud universal se desvanece, a las puertas del hospital, en una economía informal de sobornos, favores y conexiones políticas. La atención se rige por la lealtad, no por la urgencia clínica. Los disidentes denuncian la denegación deliberada de tratamiento y los expedientes médicos comparten archivadores con los perfiles políticos.

El programa de exportación de personal médico de la isla —actualmente hay unos 25.000 médicos cubanos desplegados en 56 países— suele presentarse como prueba del éxito y la generosidad de la revolución. En la práctica, es la industria más lucrativa de la isla y, según el testimonio de observadores internacionales serios, un sistema de trabajo forzado. Los gobiernos anfitriones pagan al Estado cubano entre 10.000 y 12.000 dólares por médico al mes. Los propios médicos reciben entre el 2,5 y el 20 por ciento de esa suma, lo que significa que un médico en Venezuela podría quedarse con entre 250 y 300 dólares mientras La Habana recauda más de 10.000 dólares, y uno en Qatar se queda con aproximadamente 1.000 dólares de los 5.000 a 10.000 dólares pagados en su nombre. En 2018, este acuerdo generó aproximadamente 6.400 millones de dólares para el régimen, lo que representa la mayor fuente individual de ingresos extranjeros de Cuba. El Informe sobre la Trata de Personas del Departamento de Estado de Estados Unidos ha citado esa cifra como evidencia de trabajo forzado.

Si las libertades económicas y políticas sobreviven, las generaciones futuras no tendrán que hacer filas para obtener bienes básicos. No tendrán que memorizar el alfabeto de la propaganda ni sobornar al farmacéutico para conseguir una aspirina. Conocerán a Cuba de la misma manera en que la mayoría de la gente conoce gran parte de la historia: a través de los mitos seleccionados por los admiradores, la memoria selectiva de los nostálgicos y la imaginación romántica de los ideólogos que nunca tuvieron que vivir dentro del sistema que celebran. Es precisamente por eso que el historial de Cuba es importante. Las campañas de alfabetización fueron adoctrinamiento. Los hospitales de acceso universal eran una mentira, la realidad era un sistema de doble estándar. Los médicos eran, según cualquier definición legal seria, mano de obra coaccionada. Cuba no fue un experimento de justicia social que fracasó por falta de recursos. Fue un sistema que no podía producir recursos. También fue un sistema diseñado para concentrar el poder, y en eso tuvo un éxito total. Olvidar estos hechos sobre Cuba no es compasivo. Es la condición previa para repetirlo.

Este artículo fue publicado originalmente en The Dispatch (Estados Unidos) el 18 de junio de 2026.