“¿Cuándo reaccionarán los mercados ante la deuda?” es una pregunta errónea
Veronique de Rugy dice que la idea de que toda esta deuda no traerá consecuencias puede parecer tentadora, pero es, en el mejor de los casos, cuestionable.
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¿Es el historial de enormes déficits del gobierno federal una prueba de que puede seguir endeudándose? Algunas personas piensan que sí, y los legisladores ciertamente actúan como si así fuera.
La deuda federal en manos del público equivale ahora al tamaño de la economía anual —y sigue creciendo—. Sin embargo, los inversionistas continúan comprando valores del Tesoro. Ninguna venta de bonos del gobierno ha fracasado realmente, nadie se ha negado de repente a financiar el gasto de Washington y ningún momento inequívoco ha obligado al Congreso a cambiar de rumbo.
Esto lleva a algunas personas con las que me cruzo en mi vida académica a concluir que, a pesar de décadas de advertencias alarmistas, hemos logrado pasar de una relación deuda-PIB del 35% en 2007 al 100% actual sin consecuencias devastadoras. Lo que dan a entender es que podemos seguir así hasta llegar al 175% en 2056, que es la trayectoria prevista si el Congreso no reforma el Seguro Social y Medicare y si las tasas de interés suben solo moderadamente.
La idea de que toda esta deuda no traerá consecuencias puede parecer tentadora, pero es, en el mejor de los casos, cuestionable.
En primer lugar, los mercados ya han reaccionado. El repunte de la inflación de 2021–2022, el peor en cuatro décadas, fue el ajuste del nivel de precios ante una avalancha de gasto deficitario de 5 billones de dólares que los inversionistas no creían que los superávits fiscales futuros pudieran cubrir.
Ese temor provocó la inflación. Es difícil creer que no habrá otra reacción del mercado cuando el Congreso se comprometa a pedir prestado casi 16 veces más de lo que lo hizo durante la pandemia de COVID-19, más los pagos de intereses, sin ningún plan de pago.
Por cierto, las tasas de interés están muy por encima de lo que vimos entre 2009 y 2021 (cuando los partidarios de una política fiscal laxa pensaban que las tasas siempre se mantendrían bajas). Algunos de los aumentos recientes se deben a que la inversión en inteligencia artificial ha elevado la demanda de capital. Sin embargo, también influye una mayor prima de plazo. Con la inflación aún como un problema y sin austeridad fiscal a la vista, los inversionistas —que siguen preocupados de que la deuda futura se devalúe en lugar de ser realmente pagada— quieren una mayor compensación por mantener bonos del Tesoro a largo plazo.
Pero supongamos que Washington pueda mantener el rumbo sin provocar una reacción en el mercado de bonos. Supongamos que el Tío Sam puede endeudarse por 138 billones de dólares adicionales, incluyendo los pagos de intereses durante los próximos 30 años —la cifra proyectada por la Oficina de Presupuesto del Congreso— y que no habrá una reacción del mercado que eleve las tasas de interés o la inflación.
¿Cómo? En primer lugar, podría ser que los inversionistas esperen que el Congreso, a la larga, reforme los programas de prestaciones sociales mediante el aumento de impuestos, la reducción de beneficios o ambas cosas, de modo que no sea necesario aumentar el endeudamiento. Pero si los futuros congresos no cumplen, llegará la hora de la verdad.
En segundo lugar, podría ser que, a pesar de todos los riesgos de este escenario, los inversionistas siguieran valorando los bonos del Tesoro como los activos más seguros y fáciles de negociar. El mundo sigue necesitando dólares. Dados los problemas en los que se encuentran Europa, el Reino Unido y otros gobiernos, algo de esto podría ser cierto.
En tercer lugar, está la inteligencia artificial (IA), que podría impulsar el crecimiento económico. Un crecimiento más rápido de la productividad significará mayores ingresos y una base impositiva más amplia, lo que facilitará el manejo de la deuda. Pero incluso en este caso, no hay nada gratis. Es posible que la inversión en IA ya esté elevando las tasas de interés; un auge capaz de reducir sustancialmente los déficits tendría aún más probabilidades de hacerlo. Por lo tanto, a medida que la deuda del Tesoro existente venza, se refinanciaría a tasas vigentes más altas.
Por lo tanto, un crecimiento más rápido mejora la aritmética fiscal, pero que sea suficiente depende de qué tan rápido crezca la economía, qué tan altos se eleven los costos de endeudamiento y, en última instancia, de si Washington sigue registrando déficits primarios más grandes.
Incluso si asumimos el mejor de los escenarios, esta acumulación de deuda tiene un costo. Una crisis en el mercado de bonos no es el único peligro. El endeudamiento del gobierno compite con los prestatarios privados por los ahorros disponibles de la economía, lo cual es otra forma de terminar con tasas de interés más altas. También significa menos inversión privada de la que tendríamos de otra manera —en fábricas, software, vivienda y, sí, precisamente en las inversiones en IA con las que contamos para impulsar el crecimiento futuro.
Financiar el gasto público mediante impuestos elevados que generan distorsiones conlleva sus propios costos económicos. Y, como ha documentado mi colega Jack Salmon, una mayor deuda pública se asocia con un crecimiento más lento. Eso importa incluso en un mundo donde la IA nos hace más ricos.
Por último, la deuda pública desplaza otros gastos. Los pagos netos anuales de intereses nos cuestan ahora más que la defensa nacional, y la deuda más antigua y de menor costo se está refinanciando a las tasas más altas de hoy. Esos son dólares que no pueden respaldar los programas de prestaciones sociales ni ayudar durante la próxima emergencia, cuando la capacidad de endeudarse es lo más importante. La Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO) proyecta que los pagos de intereses se convertirán en el mayor gasto federal para 2040, consumiendo aproximadamente el 40% de los ingresos del gobierno para 2056.
No contaría con que los mercados se mantengan tranquilos. Pero incluso en el escenario más tranquilo, habrá menos inversión, un crecimiento salarial más lento y un presupuesto que se destina cada vez más a obligaciones del pasado. Sin medidas y tal vez sin una señal más clara para los congresos complacientes, el daño continuará, a veces de manera silenciosa, y el peligro aumentará.
Este artículo fue publicado originalmente en Creators Syndicate (Estados Unidos) el 1 de octubre de 2026.