¿Cuál ausencia? ¿Cuál Venezuela?

Por Gustavo R. Coronel

Se que ya hay muchos Venezolanos, ya son miles, fuera de la patria. Se han ido, nos hemos ido, por las más variadas causas, pero la mayoría se ha ausentado por una de tres razones: (1) porque no desean vivir bajo un régimen político autoritario como el de Hugo Chávez; (2), porque no avizoran en Venezuela un futuro personal acorde con sus expectativas de realización como seres humanos; y, (3), porque ya no reconocen al país como la Venezuela en la cuál han vivido y han sido felices por muchos años. Una razón política, una razón económica y personal y una razón sentimental.

Por supuesto esta es una simplificación, porque las razones arriba mencionadas no son las únicas y, además, pueden mezclarse y frecuentemente lo hacen. En mi caso particular salí de Venezuela hace casi cuatro años por una combinación de todas las razones arriba nombradas. Mi edad avanzada, sin embargo, hace que unas razones sean más fuertes que otras. A los 73 años, en efecto, no tengo un futuro personal que vaya mas allá de las cada vez más estrechas limitaciones que me imponen las estadísticas sobre expectativa de vida, pero comprendo que miles de jóvenes y de adultos venezolanos se van de Venezuela buscando una sociedad donde puedan florecer como individuos, en donde puedan mejorar en su profesión, en su calidad de vida y tomar sus grandes decisiones personales en libertad. Yo les digo que esta es una razón totalmente válida y respeto profundamente a quienes se van de nuestro país por eso. Para otro gran segmento de quienes dejan a Venezuela la razón predominante es política. Vivir en una sociedad presa bajo las pezuñas de un régimen totalitario no puede ser una opción aceptable para quienes nacieron en libertad y se han acostumbrado a vivir en una tradición democrática, imperfecta ciertamente, pero donde siempre hubo respeto por la disidencia. Quienes se ausentan de Venezuela por esa razón también tienen todo mi respeto y admiración.

No importa cuál sea nuestra motivación predominante henos aquí, en tierra extraña, tratando de comenzar de nuevo, de insertarnos en una sociedad que tiene otras costumbres. Pero, esperen un momento, que la cosa no es tan difícil. Esta sociedad que hemos seleccionado (si es que hemos tenido la suerte de seleccionar) tiene muchos de los valores que nosotros siempre hemos acariciado y echado de menos en nuestro propio país: respeto por los demás, tolerancia, disciplina, limpieza, solidaridad, meritocracia, garantías para el ciudadano “pequeño”.

Nuestros compatriotas, sobretodo los jóvenes, saben que el mundo se ha puesto tan chiquito que ya no existe tal cosa como una sociedad realmente exótica o llena de costumbres o reglas desconocidas. De manera que quienes se ausenten de Venezuela buscando calidad de vida, respeto, libertad y democracia, encontrarán mucho de eso en Australia, Canadá, Chile, Costa Rica, España, Holanda o los Estados Unidos, solo para mencionar algunos de los países civilizados del planeta donde un ciudadano puede sentirse a gusto. No es tan difícil ni tan dramático vivir, hoy en día, en otro país. Quien viva en los Estados Unidos, por ejemplo, puede hacerlo de forma tal (si lo quisiera) que le parecería no haber salido de Venezuela. En ciertas comunidades norteamericanas hay colonias venezolanas que parecerían una urbanización de Caracas o Valencia. Allí se toma la bebida nacional, el whisky, y se comen arepas hechas con una harina que puede ser hecha en Colombia pero que se llama, demagógicamente, “La Venezolana”. Cuando se prende la televisión se puede sintonizar Globovisión o cualquiera otra estación venezolana. El Internet los mantiene pendientes de la última barrabasada de Hugo Chávez, de los runrunes de Nelson Bocaranda o de quien ganó la Serie del Caribe. Hay plátanos verdes para los tostones y hasta se consigue la cerveza “Polar” o el café “El Peñón (aunque ya esto último es más difícil). En navidad hay hojas de plátano para envolver las hallacas y todos los ingredientes del plato tradicional se consiguen, hasta a mejores precios y en mayor abundancia y calidad, que en los melancólicos estantes de los “supermercados” nuestros.

Sin embargo, vivir así derrota mucho del espíritu del ausentarse. Quienes nos hemos ausentado lo hemos hecho buscando vivir en una sociedad nueva. Uno no sale de Venezuela para seguir “viviendo en Venezuela”. Uno sale de Venezuela para buscar otras maneras de vivir. La salida de Venezuela, más que una salida física, es también una salida de ese microcosmos de costumbres y actitudes que llamamos Venezuela, el cuál muchos venezolanos se llevan consigo cuando se ausentan y se ponen todos los días de su vida, como ponerse un traje.

Hace algún tiempo leí una crónica de un venezolano ejemplar, hoy fallecido, Tomás Polanco Alcántara, sobre el ausentarse de Venezuela. Se manifestaba Don Tomás entristecido por quienes se iban del país y decía que él no se iría jamás porque en Venezuela estaban todos sus muertos y porque su familia había llegado allí hace centurias. Aunque respeté esta posición no la compartí, quizás porque soy geólogo y tengo, como resultado de mi formación, una visión diferente de lo que es la patria y el hogar. Muchos de quienes nos ausentamos de Venezuela compartimos la noción de que patria y hogar son conceptos que uno lleva en el corazón, sin estar sujetos a fronteras políticas convencionales y de naturaleza coyuntural. Cuando trabajaba para un Banco de Desarrollo Latinoamericano y viajaba por toda América Latina siempre me llamó la atención que un venezolano de Mérida, un colombiano de Bogotá, un boliviano de Cochabamba o La Paz y un ecuatoriano de Quito tuvieran más en común, se parecieran más entre sí que con sus compatriotas de Maracaibo, Barranquilla, Santa Cruz o Guayaquil, quienes, a su vez, parecían ser del mismo “país”. Ello me ha hecho bastante escéptico y desdeñoso de ese nacionalismo que raya en la xenofobia y del patriotismo convencional casi siempre falso y mezquino y me ha permitido conservar intacto mi afecto por la patria chica, un concepto mucho más amable. Amo los sitios y los recuerdos, los amigos y paisajes que rodearon mi infancia y mi adolescencia y los muchos años de feliz vida adulta en mi país, pero todo ello lo conservo en la mente y puedo recrearlo a voluntad, no importa donde me encuentre.

Confieso que con alguna frecuencia mi mente viaja de regreso a Venezuela, mi patria chica, pero siempre es un viaje idealizado. Llego al aeropuerto reluciente, pulcro, donde los familiares y amigos de los viajeros no se acumulan en la puerta de la aduana, peleando el espacio con los porteros, chóferes piratas y carteristas de oficio. Salgo y abordo un taxi que me lleva, en la frescura del aire acondicionado, hacia Caracas. En mi mente viajo por una autopista que está completa, no por la trocha de la realidad. Veo el Avila siempre verde y recortado limpiamente contra el azul del cielo. La brisa es fresca, como en la Caracas decembrina. Paseando por el boulevard de Sabana Grande, con sus tiendas y sus bien cuidadas aceras me entretengo viendo a los jugadores de ajedrez o entro a una buena librería a ver que hay de nuevo. Hasta puedo encontrarme, si lo deseo, con Alirio Díaz o Inocente Carreño y saludarlos. Me alegra ver hasta al cascarrabias de Domingo Alberto Rangel.

Como resultado de las bondades de mi nuevo hogar y de la posibilidad de viajar virtualmente que tiene todo ser humano, mi nostalgia por la Venezuela del presente no existe. Siento, por supuesto, alguna nostalgia por la Venezuela que ya no existe, pero esa nostalgia también la tendría si estuviera allá, con el agravante (si estuviera allá) de tener que contrastar a diario mis recuerdos amables de lo que fue con la desastrosa visión de lo que es.

De allí que cuando alguien me pregunta como soporto mi ausencia de Venezuela, me siento tentado a repreguntar: ¿Cuál ausencia? ¿Cuál Venezuela?