Crisis de Irak es una gran prueba para Europa

Por Doug Bandow

El canciller alemán, Gerhard Schroeder, afirma que Alemania "no tomará parte en ninguna intervención militar contra Irak", aunque no está claro si su gobierno se opondrá a la guerra cuando el Consejo de Seguridad de la ONU vote. Francia también ofrece una firme ambigüedad, amenazando, pero no prometiendo, un veto.

Y aún así Washington permanece escéptico de que sus críticos hablen en serio, y el secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, ha indicado que él espera que París ceda—como siempre lo ha hecho. Se ha señalado que Schroeder ganó la reelección al oponerse a los planes de guerra de la administración Bush, pero luego prometió enviar tropas alemanas a Turquía para pilotear los aviones AWACS enviados por la OTAN. Incluso la negativa de la OTAN de aprobar la petición estadounidense de asistencia es vista como temporal.

A lo largo de los años, Washington ha aprendido que puede intimidar a cualquier país en la sumisión en casi cualquier asunto, pero el inminente enfrentamiento con Irak le brinda otra oportunidad a Europa. Sin embargo, el simple criticismo, ya sea de manifestantes furiosos o diplomáticos frustrados, no disuadirá al presidente George Bush de ordenar un ataque a Irak. Se necesitan pasos concretos.

Primero, Francia debe hacer algo más que fanfarronear. Únicamente al vetar una resolución de guerra de la ONU podría Francia esperar detener los planes de guerra de la administración Bush. Y únicamente al hacer un compromiso y apegarse al mismo podrá París alentar a China y Rusia a que se le unan. Un veto por parte de dos o tres miembros permanentes del Consejo de Seguridad, apoyado por los votos negativos de Alemania y quizás otros estados, demostraría una falta de apoyo internacional moderada.

Segundo, Schroeder debe probar que su oposición a Washington es algo más que un acto politiquero barato. Estados Unidos no necesita de la aprobación alemana si, de todos modos, Alemania permite el uso norteamericano irrestricto de su espacio aéreo, le permite a Washington el cambio de fuerzas desde las bases en Alemania, e incluso brinda pilotos para los aviones AWACS que asistirían en la guerra. Si el canciller cree que la política de Washington hacia Irak es equivocada, incluso peligrosa, debe decir no—y votar en contra de cualquier resolución del Consejo de Seguridad, prohibir todo uso de tropas alemanas y negarle a Washington el uso del espacio aéreo y bases alemanas.

Tercero, Francia y Alemania deben alentar a otros países para que se les unan. Una protesta por parte de varios estados europeos tiene más peso que el criticismo de uno o dos. Una oposición que incluya a Pakistán y Siria—que al igual que Alemania son miembros temporales del Consejo de Seguridad—así como de India, Indonesia y quizás Japón sería aún más impresionante.

Cuarto, Berlín y París deberían alentar a Jordania, Arabia Saudita y Turquía, donde el nuevo gobierno enfrenta a un público que se opone a la guerra en un margen de uno a nueve, a resistirse firmemente a cualquier guerra.

Quinto, el partido Laborista de Gran Bretaña debe decirle no a la guerra por su propia cuenta. El primer ministro, Tony Blair, está apoyando las políticas de la administración Bush, pero ésta no será la guerra de Tony Blair.

Sexto, otros aliados estadounidenses deberían preocuparse por sus propios intereses. Por ejemplo, Australia ha apoyado firmemente a la administración Bush, sin embargo, una guerra contra Irak generaría mayores resentimientos musulmanes y alentaría el uso y la transferencia de cualquier tipo de armas de destrucción masiva que Bagdad posea, incrementando la posibilidad de un ataque más devastador del que sufrió Bali.

Corea del Sur y Japón entendiblemente están más enfocados en las perspectivas de que Corea del Norte reinicie su programa nuclear, pero la guerra en Irak hace que un conflicto en Corea sea más probable. Aunque Bush ha manifestado sus intenciones en la península coreana, nadie debería creer en su palabra. Una vez que la conquista de Irak se haya completado, habrá más demandas dentro de la administración para tomar acciones militares contra Corea del Norte, y para entonces la oposición de Seúl y Tokio será demasiada poca, demasiada tarde.

Finalmente, los demás gobiernos deben advertirle a Washington que ellos no le sacarán de apuros después de la guerra. La administración Bush está contando con que las naciones europeas proveerán muchas de las decenas de miles de tropas que serán necesarias para mantener alguna pretensión de orden entre los baatistas, kurdos, chiítas y los emigrantes que regresan. Berlín, París y los otros le deberían decir a Washington que ésta será no sólo una guerra estadounidense sino también una paz estadounidense.

Si Berlín y París se retractan luego de haber manifestado públicamente en términos tan fuertes su oposición a la guerra, estarán confirmando el menosprecio con el que se les ve en Washington. Y las administraciones estadounidenses continuarán ignorándolos en las crisis exteriores.

La credibilidad de los europeos y los otros críticos de Washington está en juego. Ceder alimentará la convicción de Washington de que puede imponer su voluntad sin ninguna atadura. El proceso de Irak será repetido, pero con Irán o Corea del Norte como el próximo objetivo. O con un plan para un "cambio de régimen" coercitivo en Arabia Saudita o Venezuela. O tal vez uno para desarmar a Pakistán a la fuerza.

Será difícil detener el impulso de Washington hacia la guerra. Únicamente la oposición extranjera unida ofrece la posibilidad de lograrlo.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.