Consensos y consensos

Por Roberto Salinas-León

Se ha vuelto popular proponer ideas económicas que guarden una sana distancia con el llamado “consenso de Washington,” considerado el recetario por excelencia del “modelo neo-liberal.” Esta tendencia es más producto de mantener una tesis políticamente correcta que de una reflexión de cómo atacar la problemática del empleo, y del crecimiento.

Así, entonces, nos encontramos—entre un consenso y otro, pero sin la oportunidad mínima de consolidar los consensos mínimos sobre las reformas económicas estructurales, o sobre los principios fundamentales necesarios para alcanzar mayor prosperidad. El cuello de botella en las discusiones siempre recae sobre si una política económica es considerada parte de la receta del “consenso de Washington”—independientemente de sus meritos, sus desventajas, o sus consecuencias no intencionadas.

Esta frase, y sus connotaciones inevitables, se derivan de los diversos programas de ajuste, y reforma estructural, que se trataron de implementar en la región latinoamericana en la década de los 90s. En algunos casos, no hay duda que se han dado avances: después varios, y violentos, episodios con crisis inflacionarias, la mayoría de los países en la región, incluyendo el nuestro, han alcanzado la estabilidad de precios. Asimismo, se ha logrado un avance considerable en la disciplina fiscal, y si bien persisten ideas sobre el financiamiento del aparato estatal por vía del déficit fiscal, ciertamente se ha abandonado la postura de incurrir en fuerte expansionismo fiscal como mecanismo de desarrollo.

En otros rubros, como las privatizaciones, los resultados han sido mixtos—aunque el diagnóstico popular suele quedarse corto. Vaya, la practica general fue vender activos al mejor precio posible, buscando maximizar ganancias fiscales, en vez de lograr una mayor eficiencia productiva o una economía más competitiva. Transformar un monopolio público en uno privado, bajo cualquier “modelo,” implica trasladar el costo de la ganancia fiscal al que, en estos arreglos, siempre es el gran perdedor: el consumidor.

Ciertamente, habría que replantear el vocabulario económico del debate actual. Las discusiones semánticas acerca del “model neo-liberal” o del “consenso de Washington” son políticamente rentables, tal como ha sido la oposición a la “globalización,” pero inútiles del punto de vista conceptual. México, Argentina, Venezuela, Brasil, y hasta la misma Cuba, han fallado—sea en política monetaria, esquemas cambiarios, empleo, nivel de vida, o en el ritmo de crecimiento. Pero, en el fondo, estudiar las causas de los errores económicos debe abandonar las rutas fáciles, los nuevos modelos al instante, o las recetas de cajón. Al final del día, en las palabras del economista chileno Vittorio Corbo, existen tres prioridades para las economías latinoamericanas: competencia, competencia, competencia. Si bien la forma de articular este imperativo económico es simpática, el aterrizaje de alcanzar una sociedad más abierta, en la mayoría) de sus sectores, es una tarea capital, y extraordinariamente complicada—ciertamente, mucho más allá de un decálogo, una receta, algún modelito a la medida, o una brevísima contribución editorial.

En las palabras de Guillermo Calvo, los ajustes ya pasaron, han sido dolorosos pero muy poderosos. El reto es desarrollar instituciones y mecanismos de contrapeso que logren afianzar un clima de inversión atractivo, confiable. El obstáculo fundamental es político—es la falta de determinación de consensos, de liderazgo. La nueva moda de los modelos, y su efecto simplón, es quizá otro obstáculo.