Condenando a los pobres a seguirlo siendo

por Walter Williams

Walter Williams es profesor de economía en la Universidad George Mason y académico asociado del Cato Institute.

Cuando tenía 10 años, armé una caja de limpiabotas para comenzar a ganar dinero después del colegio y durante los fines de semana. El dueño de una fábrica de sombreros me pidió que entregara paquetes. Poco después estaba barriendo la fábrica también. Durante dos años ese fue mi trabajo después de clases.

Por Walter E. Williams

Cuando tenía 10 años, armé una caja de limpiabotas para comenzar a ganar dinero después del colegio y durante los fines de semana. El dueño de una fábrica de sombreros me pidió que entregara paquetes. Poco después estaba barriendo la fábrica también. Durante dos años ese fue mi trabajo después de clases.

Luego fui caddie en un campo de golf, lavaba platos en un restaurante, paleaba nieve para el ferrocarril, hacía paquetes en Sears y trabajaba para el correo en las Navidades.

Tuve también trabajos que apenas duraban un par de días, como recoger fresas y ayudar a pintar casas. Todos esos trabajos los hice en bachillerato y mi experiencia no era nada rara en este país. Todos mis compañeros de clases y amigos que querían trabajar, lograban hacerlo.

En esa época vivía en un barrio pobre de Filadelfia. Abandonada por mi padre, mi madre trabajaba en servicio doméstico y mis pequeños ingresos ayudaban con los gastos. La tragedia es que los muchachos que hoy viven en el mismo barrio no tienen la misma oportunidad de conocer el mundo del trabajo como yo pude hacerlo.

Un salario mínimo de 5,15 dólares la hora hace imposible emplear a un muchacho de 12 o 14 años. Además, ahora hay leyes en contra del trabajo de los niños. Y ni hablar de las frecuentes demandas que convierten en acto de lunático contratar a un jovencito de 12 años para que quite la nieve frente a un local comercial.

El lector dirá que todas estas leyes son para proteger a la infancia. Si eso es lo que usted piensa, lo invito a que dé un vistazo por el complejo de viviendas Richard Allen en Filadelfia para que vea cómo todas estas leyes protegen hoy en día a los muchachos, comparado con la "falta de protección" que yo sufrí en los años 40 y 50. Vea lo que hacen después de clases y en los fines de semana. Después de constatarlo, piense si no sería preferible que estuvieran entregando paquetes de Sears y barriendo fábricas, en lugar de vagar por las calles, mostrando un comportamiento antisocial y autodestructivo.

Las pocas monedas que se gana un muchacho después de la escuela no son ni lejanamente tan importantes como la experiencia que acumula, el aprendizaje de hábitos de respeto hacia el supervisor y disciplina en el horario.

Además, esa temprana experiencia les permite a los jóvenes cometer errores cuando estos no resultan demasiado costosos. Ese ya no es el caso cuando dependen del sueldo para alimentar a su propia familia. También ganan confianza en sí mismos y fe en lo que pueden hacer, al lograr cierta independencia financiera.

Todo esto es importante para los jóvenes, pero resulta esencial para aquellos que forman parte de familias con problemas, los que viven en barrios miserables y asisten a espantosas escuelas públicas. Si van a aprender algo que los convierta en empleados capaces de aportar a las empresas donde trabajan, eso no lo van a aprender en su hogar, en el barrio ni en la escuela. El gobierno ha eliminado ese primer travesaño en la escalera económica.

La cultura de la dádiva ha reemplazado la cultura del trabajo y de la dignidad personal. Si todavía hubiesen trabajos disponibles a dos o tres dólares la hora en mi viejo barrio, muchos jóvenes no los tomarían. A lo contrario de lo que a mí me enseñaron, a los jóvenes pobres de hoy les enseñan que tales sueldos miserables están por debajo de lo que se merecen.

Nunca olvidaré las palabras de mi padrastro: "Walter, cualquier trabajo, cualquier salario es mejor que pedir limosna o robar". Las dádivas del gobierno ni el narcotráfico existían entonces para corromper a la juventud.

Walter Williams es profesor de economía en la Universidad George Mason y académico asociado del Cato Institute.