Colapso de Doha: Todos tienen algo de culpa

Por Sallie James

Era de esperar la habitual búsqueda de culpables mientras los miembros de la Organización Mundial del Comercio (OMC) se dan apretones de mano luego del fracaso de la perennemente reñida Ronda de Doha.

Los miembros y observadores comerciales se embarcaron en una montaña rusa de inminente éxito e inminente fracaso varias veces durante la reunión del nueve días en Ginebra que fue convocada a manera de último esfuerzo para finalizar la ronda. Pero con algo de esperanza por llegar a un acuerdo el 25 de julio y mientras que 30 ministros estaban de acuerdo en reducir una amplia lista de aranceles y subsidios agrícolas y manufactureros, el golpe final lo dieron siete países, importantes para el comercio mundial, al no lograr ponerse de acuerdo en protecciones especiales para un número limitado de productos agrícolas.

Al principio, parecía como si EE.UU. era el principal obstáculo para lograr el acuerdo. Washington había ofrecido reducir los subsidios agrícolas, los cuales distorsionan el comercio, del presente máximo anual de aproximadamente $48 mil millones a $15 mil millones (más tarde esto se redujo a $14,5 mil millones), pero otros miembros descartaron aquella oferta por considerarla insuficiente debido a los soportes de precio y las preasignaciones para los subsidios de $9 mil millones programados para los próximos años. Además, la oferta vino con una condición: la promesa por parte de otros miembros de la OMC de que no se tomarían acciones legales si aquellos subsidios hacían daño a otros países.

Como suele suceder, la oferta de EE.UU. fue la última movida de cualquiera de las partes involucradas en acaparar los titulares . Luego de esa oferta, las conversaciones se degeneraron gracias a una postura del Ministro de Comercio de la India —Kamal Nath— que no ayudó sobre la habilidad de su país de proteger a sus agricultores de las oleadas de importación. Además, China demostró intransigencia, al expresar su creencia de que ya había reducido suficientemente sus aranceles cuando se unió a la OMC.

Eran de esperarse las pugnas a través de comunicados de prensa mientras que los distintos países trataban de lavarse las manos frente al fracaso de la ronda de negociaciones y buscaban ganar capital político en casa por mantener una “postura firme” basada en una equivocada noción del interés nacional.

A pesar de que los consumidores que se hubieran beneficiado de impuestos más bajos para alimentos, textiles y automóviles importados han sido perjudicados, algunos intereses especiales, sin duda, están aliviados. Los agricultores en los países ricos, quienes celosamente cuidan sus subsidios a pesar de la evidencia contundente del daño económico que causan en casa y en el extranjero, se deleitarán al ver que sus protecciones se mantienen intactas para el futuro previsible. Los fabricantes de automóviles, también, pueden acomodarse detrás de las barreras arancelarias que añaden miles de dólares al costo de un auto.

Los proveedores de servicios y otros exportadores en EE.UU. han perdido su mejor y más inmediata oportunidad para expandirse hacia el extranjero, especialmente en países en desarrollo de rápido crecimiento. Los agricultores en estos países en desarrollo, muchos de los cuales son muy pobres, también sufrirán del fracaso de esta ronda.

El peligro ahora consiste en que la OMC se convierta solamente en un lugar de reuniones y en un guardia de tratados, o, peor todavía, una cuasi corte internacional que se arriesga a fastidiar a sus miembros hasta que estos se retiren de la organización. Un cuerpo de litigios sin la constante promesa de más reducciones negociadas de las barreras al comercio y de los subsidios, expondrían a la OMC a más debilitamiento.

Mientras que dada la realidad actual de un comercio globalizado y dependiente de las cadenas internacionales de oferta, no es muy probable que regresemos a una guerra de comercio como la de la década de los 30, una ronda de Doha exitosa si hubiese cementado el progreso que se logró desde esos días oscuros.

Por supuesto, un acuerdo siempre fue difícil de lograr considerando el ambiente opuesto a la apertura comercial en el congreso estadounidense —un ambiente que probablemente no mejorará con las elecciones nacionales de noviembre. En las elecciones legislativas del 2006 muchos miembros pro-comercio fueron reemplazados por miembros que declaraban abiertamente su escepticismo frente a la apertura comercial, debido a una economía en desaceleración y el malestar muy publicitado que invade a la nación; esa tendencia parece continuar. Como un testimonio acerca del poder del lobby agrícola estadounidense, el congreso no parecía estar de acuerdo con el tipo de acuerdo que se suponía que debía lograrse en Ginebra.

Pero habría sido agradable lograr un acuerdo, si tan solo fuese para enviar el mensaje —figúrense— de que los ministros de Comercio entienden el valor inherente del comercio.

Este artículo fue publicado originalmente en Radio Free Europe/Radio Liberty (Europa) el 31 de julio de 2008.