Colaboracionistas

Macario Schettino dice que la clase que llamamos “intelectuales” suele ubicarse en un piso superior y vienen a ser como la clerecía moderna.

Por Macario Schettino

Anteriormente comentamos acerca de las personas que tienen habilidad para el lenguaje, y por esa razón se convierten en lo que llamamos “intelectuales”. Utilizando como referencia a Robert Nozick, recordamos que ese grupo tiene aversión a quienes producen riqueza y empleos, e incluso a quienes trabajan con números y ciencia. Este grupo no tiene nada en riesgo, nadie les reclama sus profecías fallidas. Es una vida relativamente sencilla: hablar, criticar a los que trabajan, y nunca perder. Paga bien, en dinero y en reconocimiento, mientras dura.

Además, suelen ubicarse en un piso superior, moralmente hablando, porque consideran ser parte del grupo que hace la historia. Es la clerecía, que dio nombre a parte de la Edad Media, pero también al trabajo de papeleo en el mundo anglosajón.

La creencia en que la historia tiene una dirección, y un sujeto, es un subproducto de los mitos que hemos construido para poder vivir en grupos grandes. Hace 15 mil años inventamos una dimensión alternativa en la que podían habitar los antepasados fallecidos, a quienes luego convertimos en dioses, luego los fuimos eliminando, y desde hace 500 años intentamos, en Occidente, vivir sin ellos.

Pero eso implica reconocer que no hay ni un destino de la historia ni, mucho menos, un sujeto que la encarna. Que lo único que hay es la vida diaria, y un proceso azaroso, sin dirección prestablecida. Es demasiada incertidumbre para el primate, que insiste en saber para qué está vivo. No hay un para qué, de forma que lo inventamos: para mayor gloria de dios, para el dios que es la naturaleza, para la dominación de la clase social, de la raza, del género…

La clerecía se ha desplazado, entonces, de defender un solo dios, a defender una interpretación del mismo, a convertirlo en la naturaleza, a encarnarlo en una clase social, y ahora en un grupo identitario. En todos los casos, sin embargo, hablamos de lo mismo. Quienes tienen habilidad para manejar las palabras y no se ponen en riesgo, creen en la teleología de un cierto grupo social, y desde ahí pontifican para ilustrarnos acerca del funcionamiento de la sociedad.

De ahí surge la superioridad moral. De la creencia en que hay un grupo, el que sea, que es el verdadero “sujeto de la historia”. Quienes pertenecen a él, por nacimiento o decisión, son esos pocos elegidos que se distinguen de la multitud de los llamados.

Aunque los clérigos siempre impulsan al sujeto de la historia que los agrupa, es sólo ocasionalmente que sus plegarias son escuchadas por las mayorías. En esos momentos, surgen los déspotas que aprovechan el río revuelto para obtener el poder: de Calvino a Robespierre, de Mussolini a Trump, de Lenin a Castro, líderes irresponsables, autoritarios, utilizan a la clerecía para polarizar y con ello hacerse del poder. Por el poder mismo, recuerde que no hay nada más. Ellos sí lo saben, aunque hagan uso del discurso clerical para engañar.

Si se acepta que no hay fin último de la historia, ni un sujeto privilegiado, entonces la mejor forma de organizar la sociedad es alrededor de la libertad: derechos, democracia, mercado (en ese orden, en mi opinión). Pero eso exige, decíamos, aceptar que no hay fines ni sujetos, sólo hoy. Eso es muy difícil para la mayoría de las personas y, en momentos de incertidumbre, se hace imposible. Y es ahí cuando surgen los megalómanos desalmados (narcisistas, maquiavélicos y sociópatas). Los clérigos se entusiasman, los arropan, los ayudan a llegar al poder… y son luego desechados.

No importa si son técnicos de primer nivel, presidentes de la Corte, ministros o simples opinadores. Su función, y su fin, es el mismo. El de todos los colaboracionistas.

Este artículo fue publicado originalmente en El Financiero (México) el 19 de abril de 2021.