Chile: La derecha avergonzada

Hernán Büchi dice que "la derecha debe comportarse de una manera distinta a la tradicional: debe dejar de avergonzarse de sus ideas y principios para reivindicarlos y aplicarlos".

Por Hernán Büchi

Después de la celebración del Bicentenario, el gobierno del Presidente Sebastián Piñera tiene la oportunidad de hacer una gestión exitosa. Pero a ratos pareciera que existe la tentación en algunos al interior del gobierno de verse lejanos a la derecha, y se empeñan en ello, ya sea utilizando símbolos extraños a esa sensibilidad o, lo que es más serio, tomando medidas ajenas a su ideario.

Vemos que se proponen alzas de impuestos, se detienen inversiones por privilegiar la protección del medioambiente o no se vetan beneficios a los trabajadores que atentan contra la libertad de las personas. Quienes impulsan esas decisiones se están comportando exactamente como lo ha hecho tradicionalmente la derecha en Chile: como una derecha avergonzada.

La izquierda ha sido muy hábil para imponer comunicacionalmente sus creencias. En el pasado, pareció adelantarse a la derecha en dotar de contenido intelectual a sus propuestas. Esta, en cambio, sobre todo en Chile, seguía más bien sus intuiciones, correctas, pero sin mucho sustento en teorías conocidas a nivel masivo. Pero hacia la segunda mitad del siglo XX, el fracaso práctico de las ideas de la izquierda abrió espacio a un repunte de la derecha, la cual se paró con más prestancia en las lides intelectuales.

No es necesario seguir siendo una derecha avergonzada. No hay que ocultar que más impuestos no traen bienestar, sino que significan que un peso bien administrado en el sector privado pasa a ser peor administrado en el Estado. Hay que decirlo fuerte. Ni esconder que una fronda creciente de beneficios irrenunciables no favorece a los trabajadores, sino que los perjudica a ellos y a los consumidores. Hay que gritarlo a los cuatro vientos. Tampoco ignorar que los actos terroristas cometidos por mapuches siguen siendo terrorismo, aunque no les guste a los organismos internacionales. Hay que proclamarlo a viva voz. Ni soslayar que las energías renovables no convencionales, por glamorosas que aparezcan, no pueden resolver más que el 10% de las necesidades del país de aquí a muchos años; por eso hay que aprobar centrales hidroeléctricas y térmicas. Hay que decirlo con claridad para no engañar más a la gente.

Ojalá la derecha se dé cuenta de que puede gobernar mirando de frente y volviendo a sus fundamentos: el respeto al derecho de propiedad; la libertad de emprender; el énfasis en los deberes y no sólo en los derechos. Si lo hace y es exitosa, provocará también un cambio en la izquierda, como en cierta medida ya lo ha hecho, y ésta valorará más la libertad económica. La izquierda podrá así perseguir su agenda progresista y tratar de convencer a las mayorías de que es posible tener posiciones distintas en la agenda valórica, pero sin pretender imponerlas a través del Estado a quienes no piensan como ella.

La derecha debe comportarse de una manera distinta a la tradicional: debe dejar de avergonzarse de sus ideas y principios para reivindicarlos y aplicarlos. El escaso éxito político que ha tenido en los últimos 100 años en Chile no se debe a que sus ideas sean peores o menos atractivas que las de la izquierda, sino a que ha estado avergonzada de proclamarlas. Cambiar eso sí que sería un aporte del gobierno de Sebastián Piñera al Chile del Bicentenario.

Este artículo fue publicado originalmente en La Tercera (Chile) el 3 de octubre de 2010.