Chile: Bienvenidos a la Nueva Mediocridad

Hernán Büchi dice que "Sería bueno apreciar la relevancia de haber retrocedido a la categoría de países que no progresan. Lo que diferenció a Chile en los últimos 30 años es que logró avanzar más rápido que el montón y por ello pasó a ser el país de mayor ingreso per cápita de la región, triplicando su ingreso real en ese período y, como consecuencia, generando una enorme transformación social especialmente para los más pobres".

Por Hernán Büchi

En Londres y a propósito del Chile Day de esta semana, el prestigioso diario Financial Times califica lo que los chilenos percibimos, pero nos cuesta aceptar: que nuestras perspectivas futuras de progreso son, a lo más, mediocres. Nos llamó "the new mediocre". El ministro Arenas responde que quienes emitieron esas opiniones desconocen la realidad. Desgraciadamente parece ser él quien no está aquilatando los efectos de los cambios en las políticas públicas que persigue la Nueva Mayoría.

Casi en simultáneo se sucedieron las reuniones anuales del FMI y el Banco Mundial. En las conversaciones privadas sobre Chile entre participantes del mercado financiero mundial existían tres tipos de reacciones: quienes conocen bien Chile se mostraban incrédulos del tono y contenido de las propuestas que se discuten en el país y veían con profunda preocupación su impacto.

En el otro extremo estaban los que no tenían conocimiento ni interés en Chile ni veían razón para cambiar de actitud. El resto, que solo quería informarse del país, asentía cuando escuchaba los pronósticos de crecimiento del 2% al 3%, entendiendo que ese es el camino elegido por el montón, o sea, que pertenecemos a la mediocridad imperante.

Sería bueno apreciar la relevancia de haber retrocedido a la categoría de países que no progresan. Lo que diferenció a Chile en los últimos 30 años es que logró avanzar más rápido que el montón y por ello pasó a ser el país de mayor ingreso per cápita de la región, triplicando su ingreso real en ese período y, como consecuencia, generando una enorme transformación social especialmente para los más pobres.

Un estudio del 2013 del Banco Mundial muestra que entre 1992 y 2009 fuimos el país con mayor movilidad social del continente.

En educación —con tan mal pronóstico dado lo que el Gobierno trata de imponer, ajeno a los intereses de padres y estudiantes— se vivió una verdadera revolución. El 70% de quienes hoy son parte de la educación superior tienen padres que apenas alcanzaron la educación media, y muchos ni eso. Los jóvenes del 30% más pobre multiplicaron más de seis veces su participación en ese nivel educativo, logrando una tasa superior a la que tenía el segundo quintil más rico a comienzos de los 90.

Con las propuestas en que insiste la Nueva Mayoría y que nos garantizan pasar a ser miembros de la Nueva Mediocridad, ningún avance parecido se puede avizorar.

La promesa de aumento de presupuesto y aporte a los colegios con la que se pretende compensar las reformas dogmáticas que nada tienen que ver con más calidad, será solo eso, una promesa incumplible —sin importar que se suban aún más los impuestos—, si no recuperamos un crecimiento del 5% o mayor y sostenido.

Recordemos que el precio del cobre no nos puede ayudar más de lo que lo hizo, provocando el espejismo de mejora de bienestar del primer gobierno de Bachelet. La productividad estancada como en su primer período y sin el golpe de fortuna que tuvo antes, hace la tarea muy compleja.

El Gobierno parece no comprenderlo o simplemente el exceso de ideologismo ofusca a los que hoy se imponen en el conglomerado político y pretenden ir por todo, en aras de una utopía propia y probadamente fracasada. Este tipo de actitudes parecían imposibles en Chile, pero próximo a cumplirse los 25 años de la caída del Muro de Berlín, símbolo del fracaso de esa intransigencia, unos pocos nos están forzando a volver a saborearlo.

En medio de la incertidumbre de impuestos que se duplican (17% a 35%), del uso creciente y arbitrario de las acusaciones penales hoy encarnado en la mediática figura del SII, augurando la estatización de un sistema educativo con pérdida de libertad para padres y alumnos, con cambios al sistema electoral que pronostican una democracia menos estable y con la actitud totalitaria de que "la Constitución se reforma o se reforma" —por mencionar solo algunos de los cambios que se han puesto en juego en los últimos siete meses—, es sorprendente que pensemos estar entre los mediocres y no ser parte de los enfermos terminales como Venezuela y Argentina.

Dados estos arrebatos reformistas, no habernos desbarrancado ya solo lo explican la historia de esfuerzo y logros de los últimos 30 años, la competitividad alcanzada por nuestras empresas en el período, la solidez de nuestras finanzas públicas y el enorme avance en el capital humano que ha experimentado el país, en gran medida por la misma educación que pretenden demoler.

Las cifras económicas de hoy son elocuentes. Difícilmente se alcanzará el 2% de crecimiento este año y hay que suponer cambios positivos en el entorno del Gobierno para pensar en un 3% o más para el 2015. La velocidad actual de crecimiento es 0,8%.

Si bien la inversión parece estabilizada, aunque en un nivel muy disminuido, el consumo, que tiene un impacto mucho mayor, se desaceleró fuertemente. Ello, con una inflación en 12 meses apenas por debajo del 5% y muy por encima de la meta propuesta.

Sin embargo, el verdadero problema está en las perspectivas de mediano plazo. De una estimación de crecimiento cercano al 5% hace poco, hoy hay que hacer malabarismo para mostrar 4% y lo más razonable es que sin aumento en la productividad el 3% será una cifra optimista. Ello significa que en 5 años el ingreso per cápita será casi 15% menor al que pudo haber sido y que el fisco recaudará US$ 8 mil millones menos en el mismo lapso.

Así nos encasillamos de lleno en lo que logran los mediocres, siempre y cuando la dinámica política de este nuevo escenario no nos haga caer aún más de categoría.

Este artículo fue publicado originalmente en El Mercurio (Chile) el 19 de octubre de 2014.