¿Cambio de régimen?

Por Steve H. Hanke

En los meses antes de las reuniones del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial en abril, el FMI parecía estar en su anochecer. Desde que la lira turca colapsó en el 2000 ha habido una escasez de crisis financieras (para que el FMI las “administre”) y de países a los cuales abundar con préstamos baratos. También, los prestamistas del FMI de crisis anteriores—incluyendo a Rusia, Argentina y Brasil—han pagado sus préstamos antes de tiempo. La cartera de préstamos del FMI sufrirá pérdidas por operación de $600 millones a lo largo de los próximos tres años.

Pero las organizaciones gubernamentales nunca son castigadas por producir pérdidas por operación. Ni siquiera mueren mientras duermen. Ellas se asignan a sí mismas nuevas funciones y florecen. Solo basta con observar al FMI. Fue establecido como parte del Acuerdo de Bretton Woods en 1944 y era principalmente responsable de extender crédito a corto plazo y subsidiado a países experimentando problemas de déficit en su balanza de pagos bajo el sistema de tipo de cambio fijo de la posguerra. En 1971, cuando el Presidente Richard Nixon acabó con el sistema del oro, el predijo el colapso del Acuerdo de Bretton Woods—y, presumiblemente, la desaparición del propósito original del FMI. Pero desde ese entonces el FMI ha usado cada supuesta crisis para expandir su envergadura y su escala.

Las crisis petroleras de los 1970s permitieron que la institución se reinvente. Aquellos golpes requirieron de más préstamos del FMI para facilitar—si, los ajustes de las balanzas de pagos. Y hubieron más préstamos: En términos reales los préstamos del FMI aumentaron por más de un 100% entre 1970 y 1975 y aumentaron por un 58% entre 1975 y 1982.

Con la elección de Ronald Reagan en 1980 parecía que el oportunismo exacerbado por las crisis del FMI finalmente sería controlado. Pero con el comienzo de la crisis de la deuda en México más préstamos del FMI fueron requeridos para “prevenir crisis de deuda y fallas de bancos”. Aquel razonamiento fue utilizado nada más y nada menos que por el Presidente Reagan, quien personalmente trató de convencer a 400 de 435 congresistas para obtener la aprobación de un aumento en la cuota estadounidense (contribución capital) para el FMI. Los préstamos del FMI aumentaron nuevamente, aumentando por un 27% en términos reales durante el primer gobierno de Reagan.

Y luego vinieron los 1990s, una década de crecimiento económico explosivo para el FMI. Las crisis monetarias en México, Rusia, Turquía, Brasil, Argentina y Asia expandieron la hoja de balance del FMI y su poder y garantizaron empleo completo para sus burócratas.

Sin embargo, para fines del 2005 el FMI parecía estar en problemas nuevamente. EE.UU., quien es el mayor accionista del FMI, estaba quejándose de que el director del FMI, Rodrigo De Rato, no estaba denominando a China como un manipulador de moneda. La administración de Bush comenzó una operación de rumores, implicando que De Rato, un anterior ministro de finanzas de España, no reunía “las cualidades necesarias” para la principal posición del FMI. Además, la administración de Bush comenzó una campaña diplomática para colocar a otros países industrializados en contra del régimen de tipo de cambio “fijo” de China.

Esta estrategia funcionó. El 21 de abril los ministros de finanzas de los G-7 y los gobernadores de los bancos centrales emitieron un comunicado. Por primera vez, el Grupo de los Siete señalaron a China y a su régimen de tipo de cambio para criticarlo. De acuerdo a los países G-7, China debe dejar a atrás su arreglo de tipo de cambio “fijo” y permitir que el yuan flote. Aunque el sistema “fijo” de yuan/dólar ha contribuido considerablemente al desempeño económico estelar de China por más de una década, el Grupo dice que el tipo de cambio de China está contribuyendo a unos desequilibrios globales serios. Para ayudar a encontrar una solución a este supuesto problema, el FMI recibió un nuevo mandato: comenzar negociaciones inmediatas entre dos países con los desequilibrios comerciales más grandes (léase: EE.UU. y China) con el propósito de reducir los desequilibrios (léase: aumentar el valor del yuan chino de 12 centavos a una suma mucho mayor).

Estos sorprendentes sucesos no hubieran sorprendido al historiador inglés C. Northcote Parkinson. Su clásico de 1957, La ley de Parkinson, concluye que cuando el trabajo para el cual una burocracia fue organizada cambia o desaparece, los burócratas hacendosos encontrarán nuevos trabajos que hacer.

Entrometerse en la economía exitosa de China y complacer al mayor accionista del FMI seguramente es una tarea ardua. Pero si De Rato no puede mantener alejados a los entrometidos, uno debería por lo menos esperar que China se defienda. China no debería olvidarse de cómo el FMI agravó la crisis monetaria asiática hace nueve años al demandar que el rupiah indonés flote. Y flotó—hacia abajo. Beijing tampoco debería olvidarse la explicación del anterior Secretario de Estado estadounidense, Lawrence Eagleburger, del resultante cambio de régimen en Indonesia: “Nosotros [el gobierno estadounidense] fuimos considerablemente astutos en haber apoyado al FMI mientras que este derribaba a Suharto”.

Este artículo fue originalmente publicado en Forbes el 5 de junio del 2006.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.