Blair en un dilema

Por Patrick Basham

Tony Blair debería desear ser George Bush. Mientras las dos administraciones lideran una guerra en contra del terrorismo, los terroristas en Londres son mucho más difíciles de eliminar porque son una hierba que está creciendo en tierra inglesa.

La religión con la tasa de crecimiento más alta en EE.UU. es el Islam pero aquí los números no son una preocupación de seguridad ya que el compromiso con el Islam no ha abrumado un apego fuerte a EE.UU. Anoten una victoria más para el “melting pot” cultural. En cambio, el Reino Unido adoptó el multiculturalismo subsidiado por el gobierno y está pagando un precio muy alto por ello.

Las leyes de asilo inglesas proveen un refugio seguro a aquellos perseguidos por sus creencias en otros lugares. Para Londres lo malo de servir como un oasis político es que muchos clérigos musulmanes radicales se refugiaron en las mezquitas de la ciudad, de ahí viene el apodo “Londonistan”. Financiado por el estado de bienestar social inglés, estos clérigos profesan un jihadismo violento a un grupo de hombres jóvenes y musulmanes de segunda generación que están alienados tanto de la sociedad común como del establecimiento musulmán inglés.

Hoy Blair está atrapado entre una piedra fundamentalista y un lugar fascista difícil. ¿Cómo puede él actuar sin irritar a los musulmanes fanáticos o a los racistas blancos, o a ambos?

Siete de cada diez ingleses quieren que su gobierno excluya o deporte del Reino Unido a aquellos musulmanes nacidos en el exterior que incitan odio, de acuerdo a una encuesta realizada por ICAM para el periódico the Guardian. Blair es perspicaz y obedece a la opinión pública, pero el está atado por el apego inglés a los cuerpos políticos supranacionales. Los jueces han interpretado la Convención de Refugiados de la ONU de tal manera que le negó al gobierno inglés el derecho de negar admisión, o revocar el estatus de refugiado a aquellos que conspiran en contra de su país anfitrión.

Tampoco Blair compensará esto mediante la Unión Europea. La Convención Europea sobre los Derechos Humanos, incorporada a la ley inglesa hace siete años, confiere a las personas el derecho de no ser regresados a los países en donde pueden enfrentarse con persecución. Por lo tanto, Blair se encuentra en la posición ridícula de suplicarle a una mezcla de regímenes autoritarios para garantizar la seguridad de aquellas personas peligrosas que el Reino Unido desea deportar.

Los clérigos radicales son predicadores altamente efectivos para su causa. Antes de los primeros ataques en Londres, los servicios de inteligencia británicos estimaron que uno por ciento de los 1.6 millones de musulmanes ingleses o apoyaban o estaban involucrados en el terrorismo. ¿De verdad pueden haber 16,000 musulmanes potencialmente terroristas en el Reino Unido? No, pero un número significante de ellos están preparados para actuar en contra de su propio país. El gobierno inglés dice que 3,000 musulmanes han regresado de los campos de entrenamiento de al Qaeda.

Una nueva encuesta de los musulmanes ingleses para el periódico londinense Daily Telegraph encontró que un seis por ciento—100,000 personas—creen que los ataques terroristas en Londres eran completamente justificados. Uno de cada cuatro musulmanes, mientras que no condonan los ataques de Londres, simpatizan con los sentimientos y motivos de aquellos que los ejecutaron. Además, cerca de uno de cada cinco musulmanes ingleses siente poca o ninguna lealtad hacia el Reino Unido, y un tercio de los musulmanes ingleses creen que la sociedad occidental es decadente e inmoral y que los musulmanes deberían tratar de acabarla.

Este segmento de una población principalmente pacífica y productiva no ha escapado la atención de aquellos actores políticos que han transferido su antipatía tradicional para con los negros hacia la comunidad, en gran parte no asimilada, de musulmanes. El Partido Nacional Inglés (BNP por sus siglas en inglés) de la extrema derecha está tratando de aprovecharse de la amenaza terrorista crecida en casa para pedir controles de inmigración y distribuir literatura utilizando una foto del bus bombardeado de Londres con la descripción, “Tal vez es hora de prestarle atención al BNP”.

La derecha xenofóbica de hoy es más que una incomodidad porque está pescando en una laguna cada vez más llena de agravios. Antes del 7 de julio los blancos de la clase trabajadora que vivían en las partes de Londres altamente pobladas por musulmanes, y en ciudades tales como Bradford, Leeds, y Luton, se quejaron de que, en sus calles por lo menos, uno ve muchas más mujeres cubiertas en burqas que policías ingleses. Un penetrante apartheid cultural anima a una mayoría de los blancos encuestados a creer que los musulmanes son más leales a los musulmanes de fuera del Reino Unido que a sus propios compatriotas ingleses.

Algunos grupos de la derecha extrema hasta han unido sus fuerzas con unos futbolistas bien organizados en una campaña coordinada para ejecutar una venganza física en la comunidad musulmana. La policía inglesa ha registrado más de 1,200 incidentes sospechados de ser anti-musulmanes en las últimas tres semanas. Hace dos semanas, por ejemplo, una tienda de un musulmán en un suburbio de Leeds fue prendida en fuego y la policía evacuó las mezquitas más grandes de Londres luego de una amenaza de bomba.

Desde el 7 de julio, la respuesta del gobierno de Blair ha sido sorprendentemente mesurada. Pero tanto la policía como la oposición derechista de Blair, han apoyado firmemente la opinión pública, la cual va en la dirección de sacrificar adicionales libertades por la ilusión de cierta seguridad.

Entre los londinenses, el miedo y la frustración están comenzando a reemplazar el estoicismo como la respuesta más común a su nueva realidad. Los que llaman al programa de radio British Talk reflejan un creciente sentimiento populista que es tanto anti-libertades civiles como anti-inmigración. Si, en los próximos días, las acciones de Blair parecen ser insuficientes en contra del terrorismo doméstico, la legendaria y firme moderación de sus compatriotas podría convertirse en un feo, y autoritario gruñido.

Este artículo fue publicado originalmente en el Spectator.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.