Biotecnología: La batalla de Valle Verde

Por Ronald Bailey

Este polvoriento pueblito, en las afueras de Cancún, se convirtió en el más reciente campo de batalla de la guerra global sobre los productos agrícolas genéticamente modificados. La causa fue la distribución de dos toneladas de alimentos a los 300 habitantes de Valle Verde por parte de varias ONG que apoyan el libre comercio y las más modernas técnicas agrícolas.

La distribución de alimentos fue organizada por el Comité para un Mañana Constructivo, el Congreso de Igualdad Racial y el Competitive Enterprise Institute. Estas ONG distribuyeron paquetes de harina de maíz, aceite, frijoles y grandes cajas de cereales Kellogg’s. Algunos de esos alimentos contienen ingredientes genéticamente mejorados, como maíz transgénico.

Además de ser una obra de caridad, los organizadores del evento querían demostrarle a la prensa internacional que cubría la conferencia de la OMC en Cancún que la gente pobre no le teme a los alimentos genéticamente modificados. Y el contingente de activistas que trató de asustar a los habitantes del pueblo para que no aceptaran esos alimentos más bien logró una mayor cobertura de los medios. Además, fracasaron.

Los activistas de Amigos de la Tierra circularon folletos en el pueblo antes de la llegada de los alimentos. Un activista brasileño, con el mayor descaro, les repetía una y otra vez a las mujeres del pueblo que esos alimentos están “contaminados”, son “tóxicos” y “los niños se enfermarán”.

Claro que esos activistas saben bien que están mintiendo porque cientos de millones de personas en Estados Unidos, Canadá, Argentina y otros países llevan casi una década consumiendo esos mismos alimentos sin ningún efecto negativo. Una cosa es defender apasionadamente una causa y otra diferente es mentir descaradamente. Es despreciable promover una agenda política asustando a mujeres y a niños pobres con poca educación.

El líder aparente de los activistas era el mexicano Raúl Brenes, quien trató de impedir la distribución de alimentos gritando que se trataba de productos de Monsanto, una gran empresa transnacional que “quiere controlar los alimentos en el mundo”. Cuando le pregunté a los organizadores, me informaron que jamás han recibido financiamiento de Monsanto ni de ninguna otra empresa de biotecnología.

Una de las grandes banderolas desplegadas por los activistas decía: “Comida transgénica mata la gente”. Una mujer circulaba entre la gente gritando: “Comida para cochinos”, mientras otra repartía carteles a colores sobre los daños a la salud, las alergias y la resistencia a los antibióticos que causan los alimentos transgénicos.

Cuando le pregunté a una humilde señora a mi lado qué pensaba, me dijo: “esos son unos extranjeros locos”. Luego se alejó para formar parte de una ordenada cola de la gente del pueblo que sonriendo procedía a recibir los paquetes de alimentos. Los activistas perdieron su tiempo; no lograron asustar a nadie.

Ambos lados dicen estar preocupados por los pobres, pero en Valle Verde, los de un lado trajeron alimentos, mientras que los del otro sólo gritaban consignas y posaban para los fotógrafos, quienes parecían más interesados en la alegría de los pobladores por los alimentos recibidos.

La guerra de la biotecnología se decidirá en las mentes y corazones de la gente común y corriente, como los pobladores de Valle Verde. Y en ese pueblito, los defensores del libre comercio y de la modernización de la agricultura ganaron la batalla.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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