Argentina: Un país y una villa

Martín Krause considera que el crecimiento de la Vila 31 durante los últimos años muestra el fracaso del Estado argentino en desempeñar funciones básicas y un preocupante crecimiento de la informalidad en la economía.

Por Martín Krause

En el curso de un acto oficial, la presidente Cristina Fernández de Kirchner comentó sobre aspectos de la vida argentina y su gestión de gobierno. Como prueba del crecimiento económico alcanzado durante estos años, señaló: "Sé que a muchos no les va a gustar, pero vi crecer la Villa 31 desde 1995. Yo me acuerdo de que era, en su origen, chaperío y cartón, prácticamente, y hoy su crecimiento revela también cómo ha crecido la Argentina".

Esa frase es tristemente cierta. La Villa 31 es un barrio precario e informal, asentado en terrenos muy cercanos al centro de la ciudad de Buenos Aires y pegado a uno de los barrios más caros. Durante los últimos años ha crecido en altura: sus originales casitas convertidas en edificios de 4 y 5 pisos.

Argentina también ha crecido, pero lo ha logrado hacer a pesar del gobierno. El crecimiento de la economía mundial y las reformas hacia economías de libre mercado llevadas adelante por China e India dieron un fuerte impulso a los precios de las materias primas y los productores argentinos respondieron con notable creatividad empresarial, generando una revolución agrícola como pocas veces se había visto. El tipo de cambio devaluado redujo la competencia a la industria nacional y esta creció hasta utilizar toda su capacidad instalada, pero sin inversiones adicionales para crecer más.

En Argentina, las oportunidades de crecimiento no han sido aprovechadas como en países vecinos debido a las distorsiones de precios, al pesado intervencionismo del estado, controles y prohibiciones, mientras que los ahorros e inversiones han sido espantados por la inseguridad jurídica y la violación de los derechos de propiedad.

Además, tenemos un gobierno que cree que la única función que le corresponde es la de redistribuir ingresos, a punto tal que descuida sus funciones tradicionales como la seguridad personal, la lucha contra el crimen y el mantenimiento de buenas relaciones internacionales.

Algo similar ha ocurrido en la Villa 31. Ha crecido a pesar de los gobiernos y surgió en una propiedad pública, demostrando la poca eficiencia de empresas estatales en proteger sus activos. Allí los habitantes no poseen títulos de propiedad sobre sus viviendas, no hay justicia para resolver disputas, ni tampoco servicios básicos. Ellos mismos se conectan a los cables eléctricos.

La Villa 31 ha crecido, pero es un monumento al crecimiento caótico de una sociedad sin respeto por las normas, sin calidad institucional, donde la informalidad provee más “orden” que la formalidad del sector público. Este “orden espontáneo” ha permitido su crecimiento, porque allí vive gente con espíritu emprendedor, pero la inseguridad jurídica deviene en precariedad, ya que pocos están dispuestos a dedicar tiempo y esfuerzo en algo sobre lo que no están seguros de poseer.

Lo mismo sucede fuera de la Villa. Emprendedores y productores argentinos aprovechan las oportunidades que ofrece el comercio internacional, pero nunca saben cuándo el gobierno cambiará las reglas. La Argentina es como uno de los edificios de la Villa 31: con estructuras débiles se teme que puedan derrumbarse, falta de derechos claros que desalientan la construcción sólida y cada uno se arregla como puede porque el orden informal no posee instituciones. Pero, en medio de todo eso, sus habitantes logran progresar y uno se pregunta lo que serían capaces de lograr con cimientos sólidos.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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