Argentina: Otra perspectiva de la redistribución

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Hace tiempo que en la Argentina se instaló la idea de la redistribución de ingresos, a contramano del espíritu alberdiano y de las mejores tradiciones del país que permitieron que, en tiempos que ahora son remotos, se ubicara a la vanguardia de las naciones civilizadas y concitara la admiración del mundo. Por esto es que la población se duplicaba cada 10 años y la gente venía a "hacerse la América".

En primer lugar, hay que precisar que la única causa de ingresos y salarios en términos reales estriba en las tasas de capitalización y los marcos institucionales que garantizan los derechos de propiedad. Esto es lo que diferencia el nivel de vida en Canadá respecto del de Uganda.

No es por decreto que se puede hacer más rica a las personas, si fuera así no habría nación pobre. Los salarios son más altos en Houston que en La Paz no porque en Estados Unidos los empresarios sean más generosos que en Bolivia: se debe a que, en el primer caso, las inversiones son de tal magnitud que obligan a elevar las ofertas.

Todos los días, al comprar en los supermercados, la gente distribuye ingresos a los bienes de consumo y a los factores de producción inherentes a cada producto, lo cual incluye la remuneración al trabajo.

Cuando los representantes del aparato estatal deciden "redistribuir ingresos" quiere decir que vuelven a distribuir por la vía de la fuerza lo que decidió hacer pacíficamente la gente a través esas compras. Producción y distribución son dos caras de la misma moneda y operan en paralelo todos los días y en cada transacción comercial. Lo que ocurre en estos tiempos con el campo ilustra nuestra preocupación.

Se pronuncian discursos de barricada en favor de las mal llamadas "retenciones" en cuyo contexto los burócratas proceden como si lo producido les perteneciera, acentuando el unitarismo macrocefálico para comprar más voluntades y bajo la tragicómica pretensión de dirigir millones de arreglos contractuales que a diario tienen lugar en el mercado.

Se repiten expresiones torvas y acomplejadas en cuanto a la supuesta defensa del productor pequeño cuyo sueño máximo es ser grande, pero resulta que, con este esquema, si logra su cometido, debe ser barrido de la escena, a menos que pertenezca a la casta de ciertos políticos y sus respectivas fuerzas de choque.

No queda claro la razón por la que el empresario de cualquier rubro que obtiene rentas atractivas en el mercado se dicen que son extraordinarias en un sentido condenatorio en lugar de celebrar el éxito... siempre que no las reciba algún ministro o amigo del poder. Y cuando algún juez da lugar a objeciones a este tributo, es investigado y amenazado.

Si no fuera dramático produciría intensa hilaridad la incontinencia verbal del oficialismo. Pretenden tomar por idiotas a los televidentes al montar peculiares montajes teatrales para las cámaras. Es un aplauso pago con monótonos cánticos a desgano que surgen de una clandestina y turbia complicidad, en el contexto de convocatorias agresivas e irresponsables cuyos resultados son por todos conocidos.

Este espectáculo excede lo soportable, pero, como decíamos al abrir esta nota, la idea contraproducente de la redistribución que tanto daño le hace a la gente relativamente más pobre, no es un invento ni es original de los gobernantes de turno, está presente en muchas cátedras universitarias, en no pocos medios de comunicación, en representantes de la Iglesia y en algunos de los voceros del campo.

Nuestros gobernantes no se enteraron de la caída del Muro de Berlín ni perciben que precios manejados se convierten en simples números que no sirven para la contabilidad, la evaluación de proyectos ni el cálculo económico. Se alían con lobbistas prebendarios que la juegan de empresarios y que aplauden cualquier sandez que venga desde el poder con tal de obtener alguna ventaja personal.

Mientras, el gasto público revela la alarmante adiposidad del enjambre estatal, la deuda pública crece y la expansión monetaria se oculta tras guarismos mentirosos. Es que los manotazos impositivos y el endeudamiento estatal no alcanzan para alimentar la voracidad gastronómica de nuestro agitado y pavoroso Leviatán que, en lugar de ocuparse de la seguridad y la justicia, la emprende como planificador de haciendas ajenas mientras cuida escrupulosamente la de sus acólitos.

Este artículo fue publicado originalmente en La Nación (Argentina) el 20 de julio de 2008.