Argentina: La hora del cambio

Lorenzo Bernaldo de Quirós dice que "La Argentina de 2015 es un caso de manual de los destrozos causados por el populismo. El Gabinete peronista aprovechó el espectacular aumento del precio de las materias primas y el margen financiero que le proporcionó la default de la deuda soberana de 2002 y de 2014 para financiar a su clientela con una política de gasto insostenible".

Por Lorenzo Bernaldo de Quirós

La victoria pírrica del oficialismo en la primera vuelta de las elecciones presidenciales argentinas se traducirá casi con toda seguridad en el triunfo Mauricio Macri, regidor de la capital federal, frente al candidato peronista, Daniel Scioli, actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, el próximo 22 de noviembre. Ello abre la esperanza a favor de un cambio del régimen económico y político construido por el kirchnerismo durante casi dos décadas y crea una oportunidad de oro para convertir Argentina en una democracia liberal. Sin duda, la tarea de Macri no será fácil. Ha de romper con medio siglo de populismo que ha transformado a la Argentina de un país con un PIB per cápita superior al de Alemania, Francia e Italia a comienzos del siglo XX a uno con rasgos tercermundistas.

La herencia económica de los Kirchner es dramática: el mayor gasto y déficit público en relación al PIB de la historia argentina; una de las inflaciones más altas del mundo, reprimida de manera artificial por los controles de precios y de salarios; un saldo comercial lamentable; un banco central exhausto de reservas y con un patrimonio neto negativo; una acusada caída de las exportaciones industriales, una sobrevaluación record del peso sólo rebasada por la de 1980... Ese ha sido el resultado de una pésima gestión macroeconómica sustentada en una agresiva política de expansión fiscal y monetaria acompañada de una creciente intervención estatal en los mercados y por el cierre de la economía al exterior. La única diferencia con el chavismo es de grado pero no de naturaleza.

La Argentina de 2015 es un caso de manual de los destrozos causados por el populismo. El Gabinete peronista aprovechó el espectacular aumento del precio de las materias primas y el margen financiero que le proporcionó la default de la deuda soberana de 2002 y de 2014 para financiar a su clientela con una política de gasto insostenible, se ha doblado en cuatro años, y mediante un aumento de la regulación para camuflar los costes de la mala gestión macro. En esto consistió la “década victoriosa” que esgrime Cristina Fernández de Kirchner como el gran éxito de su mandato y del de su difunto esposo. Ahora, una vez más, Argentina ha de enfrentarse a la dura realidad. El próximo gobierno deberá aplicar un severo programa de ajuste para evitar una nueva bancarrota del país y conjurar el riesgo de una vuelta a la hiperinflación.

De acuerdo con el Índice de Libertad Económica elaborado por la Heritage Foundation, Argentina se coloca en el puesto número 169 del ranking mundial en esa materia. De las 10 variables contempladas por esa institución para medir el grado de libertad económica en un país, la República austral ha descendido en 8 de ellas durante los últimos años. La caída resulta especialmente marcada en lo referente a la evolución del gasto público, a la libertad de inversión y de empresa y a la garantía de los derechos de propiedad. De las 29 economías del área Sur Americana, América Central y Caribe es junto a Venezuela la que goza de menor libertad. Frente al dinamismo explosivo de los países integrantes de la Alianza del Pacífico, Mercosur ha degenerado en un área proteccionista desgajada de los mercados mundiales.  

Por otra parte, el legado kirchnerita es el de un agravamiento del deterioro institucional que ha erosionado los cimientos institucionales de la República a lo largo de las últimas décadas y que la restauración de la democracia desde los ochenta no logró revertir. La configuración de una estructura estatal cleptocrática, impermeabilizada a los procedimientos de control propios de un Estado de Derecho alcanzó su apogeo en la Era de los Kirchner, sobre todo, de Cristina. En su mandato, de la mano de la Cámpora, la Presidenta inició un proceso de venezualización del país. Este no llegó a culminarse gracias a la pervivencia, si bien precaria, de una cierta tradición republicana.

Macri afronta un desafío extraordinario en todos los planos. La República austral no precisa sólo de un programa destinado a corregir sus insostenibles desequilibrios macro y microeconómicos, sino ha de reconstruir las instituciones propias de una democracia liberal. El sistema judicial está politizado de arriba abajo, la propiedad carece de protección, la seguridad jurídica es inexistente...El principal problema argentino es de orden institucional y, sin resolver éste, el mejor plan económico terminará por naufragar. Será neutralizado por un aparato a escala local, provincial y estatal de naturaleza extractiva y entrenado desde hace muchos años en esa lucrativa actividad. Argentina ocupa el puesto número 106 en el ranking de corrupción y de calidad institucional elaborado por Transparencia Internacional.

El próximo Presidente de la República Argentina plantea un programa de modernización del país gradual y no traumático. Este enfoque es comprensible por razones de cálculo electoral pero si Macri interioriza ese planteamiento sus posibilidades de fracaso son muy altas. El país austral no necesita unos retoques en el modelo populista fundado por Perón en los años cuarenta del siglo XX, sino un cambio de modelo. El estato-corporativismo argentino ha alcanzado un nivel máximo de degeneración en la Era de los Kirchner por lo que no existe otra salida que una terapia reformista radical destinada a desmantelarlo. De lo contrario, la nueva Presidencia será una reedición de la efímera de De la Rúa.