Argentina: Crisis, ni imprevisible ni gratuita

Por Roberto Cachanosky

Aunque algunos lo nieguen o no lo quieran ver, la propia dinámica del modelo económico instaurado por el kirchnerismo incluía el germen de su autodestrucción.

A partir del conflicto con el campo, varios economistas, analistas políticos y periodistas sostienen que esta crisis es innecesaria o gratuita.

Por otro lado, algunos colegas sostienen que los fundamentos de la economía están bien y que el superávit fiscal y de cuenta corriente del balance de pagos aleja cualquier problema. Agregan, además, que si a estos datos se les suma la excelente situación internacional de los precios de los productos que exportan los argentinos, no habría razones para temer una crisis profunda.

Con todo el respeto intelectual que me merecen estas opiniones, mi visión es que esta crisis no era evitable ni gratuita, sino esperable e inevitable, y que lejos de tener fundamentos buenos en lo económico, estamos metidos en un problema de envergadura.

Veamos primero el tema del superávit fiscal. La foto indica que los ingresos siguen siendo mayores que los egresos a pesar de la fuerte suba de éstos últimos. La película no muestra la misma situación que la foto, pero aún mirando la foto solamente, no debe olvidarse que buena parte de este superávit fiscal (del cual no coincido que realmente exista como se sostiene) está basado en impuestos altamente distorsivos. Los derechos de exportación, aún sin la reforma de marzo, constituyen una parte importante de los ingresos fiscales. Por otro lado, si uno mira la película, lo que se hizo en el 2002 fue dolarizar parte de los ingresos impositivos con los derechos de exportación mientras el grueso de los gastos estaban en pesos. En ese contexto la cosa funcionaba de maravillas para el gobierno. Pero la creciente inflación para sostener alto el tipo de cambio erosionó el tipo de cambio real y este tributo ya no rinde lo que rendía antes. Por eso el impuestazo al campo. Digamos que la misma dinámica del modelo tenía el germen de la autodestrucción. Si para sostener alto el tipo de cambio tengo que cobrar el impuesto inflacionario, en algún momento el tipo de cambio real se va a deteriorar y la inflación a descontrolar.

Otro de los motivos del mencionado superávit fiscal tiene que ver con el impuesto a las ganancias. Al no permitirse el ajuste por inflación, el Estado está cobrando impuestos sobre utilidades inexistentes.

En tercer lugar, el impuesto al cheque es impresentable por dónde se lo mire porque para pagar impuestos hay que pagar el impuesto al cheque. ¡Una verdadera locura! La carga tributaria en Argentina ha llegado a niveles insospechados, y si se la ajusta por la calidad del gasto público que ofrece el Estado por los impuestos que cobra, entonces tiende a infinito. En rigor resulta difícil sostener que los números fiscales están bien siendo que el Estado cobra impuestos altísimos y no otorga casi nada a cambio de los mismos en bienes públicos como seguridad, educación, defensa, etc.

Cobrar impuestos para disciplinar a gobernadores e intendentes o subsidiar precios artificiales de tarifas públicas y combustibles no es lo que yo denominaría una situación fiscal sólida. En primer lugar porque al abaratar artificialmente las tarifas de los servicios públicos, la demanda crece y la necesidad de subsidiarla aumenta, esto es, requiere de más subsidios al punto que vienen duplicándose cada año. La dinámica del esquema requiere de gasto creciente e impuestos crecientes. Insisto, no me parece sólido este esquema. En segundo lugar porque genera fuertes ineficiencias en el sistema económico afectando la productividad y la tasa de crecimiento. Curiosamente hoy el gobierno usa la misma receta que solía recomendar el FMI cuando se firmaba un stand by. La sugerencia era achicar el déficit y para ello, en vez de pedir un ajuste del gasto, el FMI se conformaba con aumentos de tarifas e impuestos. Para el FMI y los Kirchner es indiferente ajustar por el lado de los gastos o de los ingresos. Curiosa coincidencia.

En lo que hace a la cuenta corriente del balance de pago, el dato clave es el saldo de balance comercial que, por los números del primer cuatrimestre, muestra un saldo decreciente por fuerte aumento de las importaciones. Una causa es el deterioro del tipo de cambio real y la otra por las crecientes importaciones de combustibles para cubrir la crisis energética. Por el lado de las exportaciones han jugado a favor más los precios internacionales que las cantidades. De todas maneras, hace rato que se demostró que el mercantilismo, teoría que ve como buenas las exportaciones y malas las importaciones, es una filosofía basada en la creencia que el intercambio comercial creciente es negativo para las naciones.

El modelo mercantilista aplicado por el kirchnerismo, bajo la nueva denominación de modelo de sustitución de importaciones, no solo es viejo sino que es ineficiente. ¿Por qué? Porque al reducir el volumen de comercio, disminuye las necesidades de inversión y, por lo tanto, limita fuertemente las posibilidades de crecimiento. Lo único que se ha conseguido desde de la devaluación hasta ahora es que se reactivara la economía vía la utilización de la capacidad instalada pero con el costo de una inflación creciente. ¿Cómo puede verse como solido a un sector externo que no se integra al mundo y que no admite ingresos de capitales porque tiraría para abajo el tipo de cambio? Si hasta el ex Ministro de Economía Loustau dijo que si ingresaran todas las divisas de las exportaciones de soja sería un problema para el tipo de cambio competitivo, ¿cómo puede verse como sólido un sector externo que solo cierra con fuga de capitales?

Pero volviendo a la inflación, es otro de los puntos a considerar cuando se habla de que los fundamentals están bien. Con una inflación que ronda el 30% anual y expectativas inflacionarias del orden del 36% anual, se hace difícil afirmar que todo está bajo control. Si a esto se le agrega la fuerte distorsión de precios relativos (combustibles, energía, transporte públicos, etc.) es fácil imaginar el costo político que implica corregir la acumulación de distorsiones en este contexto inflacionario. La caída del ingreso real puede llegar a ser brutal, con la consiguiente recesión.

Es cierto que el conflicto con el campo ha escalado hasta niveles insospechados. Ahora bien, ¿era impensable una situación así? Considerando que el matrimonio presidencial no está capacitado para gobernar y que dedica su tiempo a revolver el pasado, a pelearse con cuanto cristiano hay por la tierra y a subordinar todo a debates de tribuna política, sin una pizca de propuestas de estadistas, no debe sorprender que la crisis del campo haya llegado hasta donde llegó. Es la lógica consecuencia de una forma de hacer política. Denunciar, inventar enemigos y conspiraciones, creer que los votos dan derecho a actuar como un autócrata y amenazar son esquemas que funcionan durante un tiempo hasta que alguien dice basta.

¿Por qué sorprenderse de que los Kirchner hayan llegado hasta dónde llegaron con el campo si no aceptan la más mínima disidencia o punto de vista diferente? Si a Daniel Scioli, gobernador de Buenos Aires, lo maltrataron por hablar de las tarifas de los servicios públicos. A la diputada María del Carmen Alarcón la echaron por oponerse a la política ganadera. A Shell dejaron que los piqueteros adictos al gobierno le tomaran una estación de servicios por aumentar el precio de los combustibles. Roberto Lavagna, Ministro de Economía, fue al Coloquio de Idea para que le pidieran la renuncia. Si por todos estos casos menores ya se mostraba un comportamiento intolerante y autoritario, ¿cómo no iba a pasar lo que pasó con el campo? Por eso, esta crisis con el campo no es gratuita, es la consecuencia lógica de un gobierno intolerante que no acepta que otro tenga una opinión diferente.

En síntesis, mi punto de vista es que lejos de tener fundamentos económicos sólidos, estamos arriba de un tembladeral. No debe confundirse consistencia con la existencia de recursos transitorios para financiar las inconsistencias. Tener recursos para financiarlas no significa tener una economía sólida. Solo significa postergar la resolución de los problemas y agrandarlos generando un conflicto futuro mayor.

En lo político, el gobierno ha establecido el clima de temor. Los empresarios tienen miedo de hablar, los gobernadores e intendentes tienen miedo de hablar. Muchos medios tenían miedo de hablar. La estrategia es, si hablas te vas a encontrar con los piqueteros en la puerta de tu casa, la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) te va a hacer una visita o te voy a denunciar públicamente desde el atril. El problema es que de golpe apareció un sector que dijo: voy a hablar y no me vas a amedrentar. Es ahí donde se produce la crisis. ¿Gratuita? No. Previsible porque algún día iba a pasar frente a tanta intolerancia y agresiones gratuitas.

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