Andreas Soter

Macario Schettino reseña el ensayo de James Lindsay acerca de cómo los movimientos que luchan por su concepción de la justicia social tienen mucho en común con lo que tradicionalmente ha sido considerado religión.

Por Macario Schettino

James Lindsay publicó en Areo un gran texto titulado “Religión Postmodernista y la Fe de la Justicia Social” (puede encontrarlo fácilmente en Internet). En ese largo escrito, Lindsay (uno de los tres investigadores que pusieron en evidencia los “estudios del agravio” hace unos meses) expone por qué los Luchadores de la Justicia Social (Social Justice Warriors) pueden entenderse como una religión. Con esa etiqueta se engloba, de forma despectiva, a quienes afirman que luchan por la justicia social, especialmente en temas de identidad (equidad, inclusión, diversidad). Lindsay sostiene que se trata de un grupo definido por una ideología moral inflexible, y procede a identificar los paralelismos con las religiones a lo largo de medio centenar de páginas. 

“La estructura del núcleo mitológico de la Justicia Social…(es) la Matriz de Dominación en la que el poder y el privilegio operan para dominar, oprimir, marginalizar y silenciar identidades relativamente oprimidas”, dice Lindsay, y continúa, “de esta forma, el carácter de víctima se convierte en sagrado y eleva el nivel de la propia divinidad, con lo que la víctima obtiene un tipo de santidad”. “Los hípsters… son un perfecto ejemplo de divinidad posmoderna, que se expresa a menudo a través de lo que ellos llaman ironía, entendida en el sentido posmoderno”. “La Justicia Social mide la divinidad en ‘despertar’, estar al tanto de, preocupado y activista al servicio de las varias injusticias de la Matriz de Dominación”.

Gracias a Lindsay, entiendo mejor la virulencia de las respuestas que provocó mi serie de tres artículos exponiendo mi lectura del más reciente libro de Robert Plomin, precisamente en el tenor de las identidades. Entre otras cosas, fui calificado de racista. Imagino que en estos días me habrían (des)calificado de “canalla neo-racista”, siguiendo al líder.

Porque leyendo a James Lindsay me di cuenta de que el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) efectivamente es religioso, pero no de un único grupo. AMLO es el salvador para cuatro diferentes religiones, y por eso el nombre de esta colaboración. “Soter” significa salvador, en griego, y fue un sobrenombre muy común para gobernantes del periodo Helenístico (los últimos tres siglos antes de Cristo). Dos de esas religiones lo han acompañado desde siempre, y otras dos se sumaron en los últimos años, colaborando a su victoria (y, por lo mismo, sumándose a la nómina). 

La primera religión que sigue a AMLO es la del Nacionalismo Revolucionario, que no es otra cosa que la recuperación cardenista de la estructura social de los Habsburgo, propia del catolicismo del siglo XVI. La segunda, la religión laica, cuyo creador fue Marx, y que en América Latina se mezcló mucho con cierto tipo de catolicismo.

Pero en los últimos años, le decía, se sumaron otros dos grupos religiosos. El primero de ellos está conformado por las iglesias evangélicas, que fueron determinantes en los triunfos de Donald Trump y Jair Bolsonaro, otros dos populistas iliberales. No recuerdo que haya estudios acerca de la importancia política de estos grupos en México, pero hay que prestarles atención.

Finalmente, está la religión de los progresistas, los luchadores de la justicia social, que en 2012 apenas empezaron a notarse alrededor de los “132”, pero que ya organizados se convirtieron en fuente de argumentos y presencia mediática a favor de López Obrador. Ahora muchos ya se han incorporado a su gobierno, o al de Ciudad de México, pero otros continúan la defensa ideológica en diversas trincheras. 

Cuatro grupos religiosos diferentes, unidos por un único salvador: nacionalistas revolucionarios, socialistas, evangélicos y luchadores por la justicia social. Es posible que López Obrador no tenga capacidades administrativas, pero carisma religioso le sobra. Por eso la homilía diaria, por eso la denuncia constante del demonio, del Enemigo. Le basta y sobra.

Este artículo fue publicado originalmente en El Financiero (México) el 18 de diciembre de 2019.