Alimentación transgénica

Alberto Benegas Lynch (h) cree que "La ingeniería genética ha producido una llamativa revolución al posibilitar mejoras extraordinarias en la calidad de vida en muy diversos planos".

Por Alberto Benegas Lynch (h)

La ingeniería genética ha producido una llamativa revolución al posibilitar mejoras extraordinarias en la calidad de vida en muy diversos planos. Desde luego, al igual que cualquier instrumento, se la puede utilizar para el bien o para el mal lo cual traslada el asunto al campo axiológico. En el caso que consideramos, nos estamos refiriendo a notables aumentos en la productividad, a plantas resistentes a plagas y  pestes que, por ende, no requieren el uso de plaguicidas y pesticidas químicos, a la posibilidad de incrementar el valor nutriente, a la capacidad de incorporar ingredientes que fortalezcan la salud (incluyendo la disminución de alergias) y mejoren el medio ambiente y el enriquecimiento de los suelos.

Estos descubrimientos son señalados, entre otras instituciones, por la American Medical Association (AMA) de EE.UU. y se encuentran consignados en libros como el compilado por Nicholas Kalaizandonakes titulado The Environment and the Economic Impact of Agbiotech:  A Global Prespective y en declaraciones de entidades que habitualmente no simpatizan con emprendimientos privados tal como al FAO de las Naciones Unidas que, sin embargo, se ha pronunciado a favor de estas innovaciones tecnológicas.

No se nos escapa las reacciones adversas a estos adelantos científicos propugnadas por movimientos socialistas de diversos matices que la emprenden contra empresas que han sido pioneras y han abierto cauces fértiles en distintas direcciones como Monsanto y DuPont. Estas condenas y otras observaciones y críticas de fuentes más responsables son fácilmente contrarrestadas por argumentaciones basadas en datos fidedignos que son expuestos en numerosas publicaciones especializadas. Pero lo que resulta más relevante y determinante es cuando se emplean auditorías privadas en competencia y se despolitiza este muy delicado control. Si el seguimiento está en manos de una agencia política y se produce una intoxicación el resultado más extremo es que se prescinde de los servicios de un burócrata y se lo reemplaza por otro y todo sigue igual. Sin embargo, si los contralores están en manos de agencias privadas en competencia, cualquier suceso contrario a la salud o al medio ambiente que resulte de productos avalados por una entidad privada afecta la vida misma de esa institución y derrumba su marca en el mercado. Es por ello que los incentivos para prestar un buen servicio resultan de un peso decisivo y determinante. La “cinta azul de la calidad” u otros distintivos y marcas (como, por ejemplo, productos diferenciados como el “golden rice” que provee de más vitamina A) sustentadas por empresas de auditoria, consultoras o lo que demande el público es lo que garantiza la mejor situación posible para los destinatarios y su entorno.

Toda obra humana es falible, de lo que se trata es de minimizar costos y riesgos para lo cual los antedichos incentivos son de una importancia crucial. En el caso de los experimentos con nuevas tecnologías y métodos de producción —en este caso de alimentos— resulta vital la garantía de la mejor calidad posible.

De más está decir que lo que aquí dejamos consignado no es incompatible con que simultáneamente se trabajen otros procedimientos como los alimentos orgánicos en los que se excluyen todo tipo de agroquímicos y transgenéticos, para lo que se recurre a fertilizantes producto de la composta o abono orgánico que es el resultado de residuos animales y vegetales. Otro lado de la biblioteca argumenta que este procedimiento natural es lo que mejor cuida la salud y el medio ambiente al tiempo que ahorra energía.

En todo caso, lo importante es no adoptar posturas fundamentalistas en el sentido de llegar a conclusiones cerradas y terminadas en esta ni en ninguna otra materia, puesto que las corroboraciones siempre tienen el carácter de la provisionalidad y están abiertas a refutaciones. Como queda dicho, lo importante es que los controles de calidad estén en manos idóneas para lo que es indispensable que el mercado sea abierto y competitivo al efecto de maximizar los incentivos y alinearlos con los intereses de los consumidores y de todos los que se encuentren involucrados con los efectos directos e indirectos de la alimentación. En una sociedad libre, los fanatismos y las mentes cerradas no deben imponer sus perspectivas a los demás, de ese modo el proceso evolutivo va mostrando las mejores soluciones a través de la prueba y el error en el contexto de la protección más eficaz de la población. En última instancia, el mercado —es decir, los consumidores— dictaminará acerca de las preferencias a través de los precios sin que ello signifique que necesariamente se pronuncie por un solo procedimiento sino que puede mantener varios a la vez.

Claro que la producción orgánica no puede mantenerse simplemente bajo la pretendida argumentación de que lo natural es lo mejor puesto que eso eliminaría la protección contra el frío, los rayos, la lluvia, las enfermedades y tantos otros avatares contra los cuales han combatido los fenomenales adelantos que se han puesto al servicio del hombre.

Según Guy Sorman, los ataques a la alimentación transgénica son fruto de “la nostalgia de la agricultura tradicional” que se niega a incorporar adelantos tecnológicos de gran provecho para el ser humano y el medio ambiente. Sostiene que es también el resultado de la envidia a procedimientos que se traducen en precios mucho más bajos y productividades mucho más altas en el contexto de las innovaciones de empresas capitalistas a las que  descarriados movimientos ecologistas le tienen especial fastidio puesto que su eje central estriba en la eliminación de la propiedad en base a figuras tales como “los derechos difusos” y la “subjetividad plural”. Y la tendencia a disminuir el adecuado resguardo a la propiedad hace que irrumpa “la tragedia de los comunes” que contradice los incentivos a que cada uno cuide de lo suyo a riesgo de que se desvalorice su activo. Esto desde luego no solo comprende a los activistas sino a muchas personas de buena voluntad que no siempre basan sus conclusiones en argumentaciones sólidas.

De todos modos, tal como hemos apuntado, la resolución de los conflictos —cuando los hubiere— deben estar en manos de los dictámenes de la opinión pública en base a los asesoramientos que estime pertinente y la representación que considere conveniente, y que solo debe recurrirse a al fuerza en caso de fraude y, en general, la lesión de derechos. No se trata de enojarse sino de demostrar mejor calidad en competencia.

Por último, resulta en una flagrante contradicción el mostrar preocupación por las hambrunas en distintos lares y simultáneamente oponerse a mayores y mejores producciones al estilo de lo que viene bregando el Club de Roma y otras organizaciones internacionales sobre las cuales autores como Julian Simon y Thomas Sowell han demostrado las graves falencias en que incurren.

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de América (EE.UU.) el 4 de noviembre de 2010.