Alan Greenspan in memoriam
Lorenzo Bernaldo de Quirós considera que el fallecimiento de Alan Greenspan a los 100 años marca el cierre definitivo de una de las eras más influyentes y, al mismo tiempo, conceptualmente más contradictorias de la historia económica contemporánea.
Por Lorenzo Bernaldo de Quirós
El fallecimiento de Alan Greenspan a los 100 años marca el cierre definitivo de una de las eras más influyentes y, al mismo tiempo, conceptualmente más contradictorias de la historia económica contemporánea. Quien fuera el decimotercer presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos dirigió la política monetaria bajo el mandato de cuatro presidentes distintos, ganándose apodos solemnes como el "Maestro" o el "Oráculo". Su muerte invita a realizar un balance riguroso de una gestión cuyas fisuras terminaron pagándose caras. La narrativa convencional suele errar el tiro al diagnosticar el mayor fallo de su larga trayectoria en la Fed. Este no fue una fe ciega en la autorregulación del mercado, sino una sutil y fatal paradoja práctica: sucumbir a la tentación del fine-tuning o ajuste fino de la economía, cayendo en una contradicción con los propios fundamentos teóricos que abrazó a lo largo de su vida.
Para comprender la paradoja de un hombre que dedicó casi dos décadas a dirigir el banco central más poderoso del planeta es indispensable rastrear sus orígenes intelectuales. En su juventud, Greenspan fue un miembro destacado del círculo íntimo de la filósofa y escritora Ayn Rand, la creadora del Objetivismo y una firme partidaria del capitalismo de libre empresa. Bajo su influencia, el joven Greenspan llegó a publicar ensayos defendiendo con fervor el patrón oro y denunciando que la mera existencia de un banco central era una amenaza oculta contra los ahorros de los ciudadanos y la libertad individual. Argumentaba entonces que la manipulación estatal del crédito distorsionaba los incentivos, generaba malas inversiones y creaba burbujas artificiales al desconectar el tipo de interés de la tasa real de ahorro de la sociedad.
La reconciliación de este ferviente libertario con la jefatura de la Reserva Federal se dio a través de un pragmatismo institucionalizado que, a la postre, desarmó su propia coherencia. Durante la primera mitad de su estancia al frente de la Fed, esa política pareció dar frutos históricos al pilotar la economía estadounidense a través de tormentas consecutivas. Apenas dos meses después de asumir el cargo en 1987, se enfrentó al "Lunes Negro", el peor descalabro de Wall Street en un solo día, donde su inyección inmediata de liquidez evitó el contagio a la economía real. Esta acción volvió a instrumentarse durante la crisis asiática de 1997, el colapso del fondo Long-Term Capital Management en 1998 y el shock creado a raíz de los atentados de 2001.
Su gran acierto conceptual ocurrió a mediados de la década de 1990, al entender antes que nadie que la revolución tecnológica estaba disparando la productividad de una forma que los modelos tradicionales no lograban medir. Mientras la vieja guardia de la Fed exigía subir los tipos para frenar una inflación inminente, Greenspan mantuvo los mantuvo bajos contribuyendo al despliegue de un largo ciclo expansivo de la economía norteamericana sin la emergencia de presiones inflacionarias.
Sin embargo, las mismas herramientas que forjaron su leyenda terminaron por oscurecer su legado. La propensión de Greenspan a recortar drásticamente los tipos de interés ante cualquier síntoma de debilidad en los mercados –una red de seguridad que Wall Street bautizó coloquialmente como el "Greenspan put"– terminó distorsionando la percepción del riesgo entre los inversores. Al inundar el sistema con dinero barato tras el estallido de la burbuja de las empresas punto.com en el año 2000, Greenspan no actuó como un defensor del libre mercado, sino como un intervencionista obsesionado con suavizar el ciclo económico de forma artificial mediante el ajuste fino. Al hacerlo, eliminó la función depurativa de las crisis, impidiendo la necesaria "destrucción creativa" y rescatando implícitamente a los agentes económicos y financieros de sus propias malas decisiones.
Aquí radica el error más estructural de su gestión, que no fue de mera pasividad regulatoria, sino de disonancia arquitectónica. Bajo su mando, la Reserva Federal ignoró las advertencias sobre la proliferación de las hipotecas subprime y la ingeniería financiera de los derivados complejos porque Greenspan pretendía mantener una postura de laissez-faire en la supervisión de los balances, mientras simultáneamente ejercía un intervencionismo agresivo fijando el precio del dinero en niveles artificialmente bajos. Intentar micro gestionar el precio del activo más importante de la economía (el capital) y, al mismo tiempo, esperar que los participantes del mercado actúen con la disciplina y el sentido del riesgo propios de un sistema libre, es una contradicción insostenible.
El colapso de este diseño híbrido desató la Gran Recesión de 2008. En su histórica comparecencia ante el Congreso en octubre de ese año, un Greenspan consternado admitió haber encontrado un "fallo" en su modelo mental al asumir que el propio interés de las organizaciones bastaría para protegerlas. Lo que realmente colapsó no fue el capitalismo de libre mercado, sino el experimento de un antiguo objetivista que creyó que podía dirigir la economía mediante el sutil timón de los tipos de interés sin destruir los mecanismos de responsabilidad individual que su antigua mentora plasmaba en sus novelas. Alan Greenspan se marcha dejando la memoria de un técnico brillante, cuyo mayor tropiezo fue sucumbir en la práctica a las herramientas del intervencionismo que en su juventud prometió combatir.
Este artículo fue publicado originalmente en El Economista (España) el 25 de junio de 2026.