Al ritmo de Alemania en la nueva UE

Por Marian L. Tupy

La ampliación de la Unión Europea se suponía que iba a ser maravillosa. Los países de Europa Central y Oriental (CEEC´s por sus siglas en inglés) iban a unirse a una feliz familia europea y a participar de sus riquezas y de su estabilidad política. Sin duda, los burócratas que negociaron la expansión de la UE seguramente se darán unos a otros golpes en la espalda cuando los 10 Estados entren "oficialmente" a la UE. Pero no se puede negar que el entusiasmo inicial y el ingenuo optimismo que acompañaron las negociaciones de ampliación en Europa Central y Oriental se están desvaneciendo. No sólo los ciudadanos de los nuevos países de la UE disfrutarán de un estatus de segunda clase en los mercados laborales de la UE y expuestos a una competencia injusta por parte de los sobre-subsidiados granjeros franceses, sino que también serán sujetos al chantaje de su tradicional némesis: Alemania.

El sacrificio implicado en el corazón de la ampliación de la UE era claro. Los CEEC´s ganarían acceso a los mercados de la UE y, a cambio, adoptarían 97,000 páginas de reglas europeas y regulaciones llamadas la "aqui communautaire". Muchas de esas reglas eran inapropiadas y absolutamente dañinas. La Comisión de la UE, por ejemplo, estimó el costo para Europa Central y Oriental de cumplir sólo con las regulaciones medioambientales en 120 mil millones de euros. Por el otro lado, a los CEEC´s se les prometió ayuda financiera de la UE para que cubran el costo de la accesión. Sin embargo, en el momento en el que los CEEC´s firmaron el tratado de accesión, la UE estaba experimentando una recesión económica y tuvo que cortar el tamaño de las transferencias financieras de occidente hacia oriente. En el presupuesto de la UE propuesto para 2004, por ejemplo, los nuevos miembros sólo recibirán un total de 1.800 millones de euros, muy poco para compensar el costo de accesión.

La mala noticia es que en tanto los CEEC´s sigan recibiendo ayuda financiera de la UE, deberán marchar de acuerdo con los deseos de Alemania, puesto que es el contribuyente alemán el que financia gran parte del gasto de la Unión. Ese hecho se les pasó a los negociadores, pero no a un hábil e inescrupuloso canciller alemán, Gerhard Schroeder, quien la semana pasada ató la continuación de la ayuda al nivel de recaudación tributaria de los CEEC´s. De nuevo, el sacrificio es simple. Luego de décadas de comunismo y la concomitante devastación económica, muchos países de los que van a entrar a la UE siguen sufriendo baja productividad y alta corrupción. Para compensar sus defectos, algunos de los CEEC´s han decidido disminuir impuestos como una forma de mejorar su clima de negocios. Eslovaquia, por ejemplo, introdujo un impuesto corporativo y a la renta de 19%. Las inversiones comenzaron a llegar y muchas firmas europeas, incluyendo las alemanas, están considerando irse para allá.

Eso no hace feliz a Gerhard Schroeder. En sus narices, la economía alemana comenzó a detenerse y, el año pasado, se contrajo. Lo mismo sucedió con la inversión privada, que se redujo en un 12.1% en los últimos tres años. La mayoría de los analistas coinciden en que Alemania está plagada de profundos problemas estructurales y de un sistema impositivo que acaba con los negocios. Desgraciadamente, Schroeder no puede hacer mucho para cambiar eso porque necesita de los ingresos por impuestos para pagar por un estado de bienestar inflado, y los cortes en el bienestar son casi imposibles de llevar a cabo por el tamaño y la fuerza de la oposición doméstica. Schroeder podría, claro, demostrar liderazgo político y usar su mayoría parlamentaria para imponer cambios en su país de la manera que Margaret Thatcher hizo en el Reino Unido. En cambio, él ha decidido extender la enfermedad económica alemana a los países que llegan a la UE.

De hecho, la UE en general y Schroeder en particular se han causado ellos mismos la situación actual. En una UE rápidamente en "armonización", la política fiscal se ha convertido en el único medio efectivo de competencia entre los estados miembros. Las políticas de reducción de impuestos, que todavía son una prerrogativa nacional, le permiten a los estados miembros compensar los crecientes costos de la legislación social europea y "quitarse" los inversionistas entre ellos. Como el acuerdo sobre tributación comunitaria no es probable que se dé pronto, Schroeder optó por extorsionar los paraísos fiscales europeos, como Eslovaquia, al advertirles que los bajos impuestos son incompatibles con unas transferencias financieras sostenidas desde el occidente.

Como explicó: "En el futuro tenemos que discutir críticamente el asunto [de bajos impuestos] con los nuevos miembros... Las políticas fiscales de esos países no son suficientes para financiar el desarrollo de infraestructura y entonces ellos [los CEEC´s] se concentran en co-financiarse con Bruselas".

En otras palabras, si los CEEC´s no aumentan sus impuestos, no recibirán los fondos estructurales y de cohesión que se les prometieron en el primer lugar. Con el absoluto cinismo de Schroeder a un lado, los CEEC´s tienen que considerar seriamente sus políticas de desarrollo. Existe una amplia evidencia que sugiere que un ambiente favorable a los negocios y bajos impuestos son mejores para lograr crecimiento económico que la ayuda financiera oficial. Entonces, si así son las cosas, los CEEC´s debiesen estar dispuestos a perder toda la ayuda de la UE, concentrándose en mantener sus impuestos bajos y en permanecer alertas- porque es seguro que los Schroeders de este mundo buscarán nuevas formas para socavarlos.

Traducido por Javier L. Garay Vargas para Cato Institute.