Al final, Yeltsin se decidió por la libertad

Por Andrei Illarionov

Boris Yeltsin vivió y murió como un hombre libre.

Las cosas más importantes que hizo en su vida las logró por si mismo, desde el banya (un tipo de sauna ruso) que construyó cuando era joven y con sus propias manos para su abuelo, hasta el hecho de haber renunciado a su puesto en el Kremlin el último día del siglo XX. Esta clase de independencia es característica de una persona libre.

Yeltsin era un disidente. Criado por una familia que había sufrido la represión Estalinista, vivió su vida entera en desafío de ella. En 1986, contra todas las reglas y tradiciones de los gigantes del partido, él solo se lanzó a las calles a realizar campaña en los autobuses y los almacenes, sin acompañamiento o algarabía. En el verano de 1991 pidió que el piloto del avión que lo traía desde Kazajstán aterrizara en un aeropuerto distinto, eludiendo así su captura de la de los que le acompañaban por los agentes de la KGB, los cuales les esperaban en el lugar de aterrizaje planeado. El 19 de agosto de ese año, en contra del consejo de sus asistentes y consejeros, fue a la Casa Blanca, a pesar de la incertidumbre y la posibilidad real de que podría ser asesinado.

La disidencia es característica de una persona libre.

Yeltsin respondía por sus hechos. Ya sea por sus grandes realizaciones —la victoria sobre el comunismo, la disolución pacífica del imperio, la liberación de la economía y la introducción de una constitución democrática— como también por sus errores más graves —la Orden 1400 con la cual disolvió el parlamento en 1993, la primera guerra en Chechenia y la falsificación de las elecciones del Estado Duma en 1996. Él no se ocultó detrás de alguien ni intentó librarse de la culpa. No solamente hablaba acerca de asumir la responsabilidad —él lo hacia. No solamente de sus propios errores, pero también por los de otros. No intentó ocultar momentos de incompetencia, excusarse por sus debilidades o recurrir a la maldad de culpar a otros. Asumió toda la responsabilidad por si solo. Ya sea por aquellos que perdieron sus vidas defendiendo a la Casa Blanca, como por la hiperinflación y el declive económico y los horrores de la guerra, él asumió la responsabilidad por otros y pagó por ello con la caída de su propio respaldo y popularidad.

Poder asumir responsabilidad y seguir adelante, con ese peso encima, es señal de una persona libre.

Yeltsin cometió errores y, en armonía con su carácter, fueron enormes. Pero resultó ser el peculiar político ruso que no tuvo miedo de admitir sus errores y que, cuando era posible, los arreglaba. De la demolición de la casa de Ipatiyev en Yekaterinburg en donde ejecutaron al Zar Nicolás II y a su familia vino la erección de un monumento en el mismo lugar. Él comenzó la primera guerra en Chechenia y la llevó a un final. Mientras que el dejaba el poder, se disculpaba con el pueblo ruso.

La capacidad de aceptar la responsabilidad de errores propios es muestra de la verdadera fuerza y esta clase de fuerza puede pertenecer solamente a una persona libre.

A pesar de sus fuertes instintos políticos, Yeltsin podía ser notablemente ingenuo. Podía creer sinceramente en la invulnerabilidad del rublo en la misma víspera de la devaluación de 1998, por ejemplo. Pero sin importar que tan burlones, tenaces y sin fundamento se volviesen los ataques de la prensa, él nunca los persiguió con una palabra de represión política o intentó restringir las actividades de los periodistas.

La libertad del discurso es solamente entendida y valorada por una persona verdaderamente libre. La idea de la libertad del discurso era central para Yeltsin.

Yeltsin amó y se aferró al poder. Es difícil imaginar a cualquier otra persona que haya luchado tanto por obtener el poder y luego por retenerlo. Para él, era un instrumento peculiar y valioso. Su valor estaba en lo que podría lograrse con este, y no solo para sí mismo. Él no se convirtió en un esclavo del poder. Él fue más grande que el poder.

Yeltsin necesitaba del poder para utilizarlo por Rusia. Era como si no hubiera nada que él no estaba dispuesto a hacer por el país. En su lucha por la libertad y la prosperidad del país, realizó grandes hazañas y cometió errores trágicos. Se aferró al poder y después se lo devolvió a Rusia. Sacó al país del comunismo, fuera del imperio y su pasado —y lo encaminó hacia el futuro. Lo empujó hacia adelante, hacia la civilización, hacia la apertura y la libertad.

Cada persona crea en su propia imagen y es imposible para una persona que no es libre crear una sociedad libre. Rusia es libre porque Yeltsin y aquellos alrededor de él en 1991 ya eran libres.

Para sus rusos queridos, el resultado era siempre algo maravilloso o algo catastrófico. Quizás él no tenía la educación, visión o experiencia necesarias. Pero está claro ahora que este muchacho de un pequeño pueblo en los Urales demostró más consistencia, patriotismo y decencia humana que cualquier graduado de una universidad de ciudad grande.

Ningún esclavo puede ser un patriota. Un esclavo pertenece al dinero, a los activos, a las corporaciones, a los amigos o al mismo poder. Un patriota pertenece solamente a su país. El patriotismo está en el carácter de una persona libre.

Yeltsin pasó su presidencia entera buscando un sucesor —no para defender los intereses suyos, pero los del país. Antes de la crisis económica 1998, buscó entre sus economistas jóvenes. Todos, desde Yegor Gaidar hasta Sergei Kiriyenko, fracasaron en pasar la prueba. Después del desplome, su enfoque se dirigió hacia los miembros jóvenes de los servicios de seguridad, todos fallaron la prueba rápidamente. Vladimir Putin, la octava figura que fue examinada, parecía el mejor de entre todos. La decisión fue hecha y a Putin se le dio todo: poder, recursos, ayuda emocional, etcétera. Sobretodo, se le dio una orden importante y sincera: “Cuida a Rusia”.

Pero las dudas del principio eventualmente se convirtieron en preguntas y estas últimamente se convirtieron en objeciones. Yeltsin reaccionó a la dolorosa traición no de él, sino de Rusia. Pero ya no había nada que él podía hacer para detener la marcha hacia atrás. Sus preocupaciones privadas y sus súplicas públicas fueron detenidas rápidamente. Se había convertido en su peor error.

Todo lo que se había hecho en esos años, en el curso de una lucha inmensa que cobró tantas víctimas, fue perdido. Todo lo creado por Yeltsin en el nombre de libertad rusa ha sido sistemáticamente y metódicamente destruido.

¿Qué podía hacer él una vez que el tremendo error había sido cometido? En un momento en que nadie era culpable aparte del mismo Yeltsin y en que él ya no tenía el poder, salud, tiempo o aún la oportunidad de hablar abiertamente y de intentar revertir el error. ¿Qué podía hacer él? ¿Podía solamente sentarse y escuchar, tolerar y resignarse a lo que sucedía? ¿Podía haberse reconciliado a si mismo con aquello y, por su acuerdo silencioso, sancionar la destrucción de la Rusia libre que él había creado? Eso habría significado haber luchado por la libertad toda su vida y, al final de todo, ayudar al enterrarla. No era una opción. Yeltsin rechazó jugar ese juego. Atrapado en un callejón sin salida, Yeltsin encontró una salida —la salida para una persona libre.

Yeltsin tomó la decisión más importante de su vida misma. Su corazón no podía resistir el dolor de la Rusia de hoy.

Entonces se fue.

Como en señal de protesta.

Como muestra de rechazo.

Como muestra de que no aceptaría lo que le sucedía al país.

Nunca le entregó su libertad a persona alguna. Permaneció libre. Por siempre. Un hombre libre de una Rusia libre.

Este artículo apareció en el periódico Moscú Times abril 28 de 2007.