Acabemos con el impuesto a las empresas

Por Richard W. Rahn

En su discurso en el ministerio de Finanzas en Viena, Austria, la muy respetada profesora de economía y primera mujer que preside la Sociedad Mont Pelerin, Victoria Curzon Price, pidió la eliminación del impuesto a las empresas.

Allí, en todo el centro de la Europa socialista, la audiencia compuesta por economistas, expertos en políticas públicas y funcionarios financieros de varios gobiernos parecían todos apoyar la idea. Es que el impuesto a las empresas es muy destructivo, distorsiona la toma de decisiones, grava el mismo ingreso más de una vez, es exageradamente complicado y aporta cada día un porcentaje menor de las rentas públicas de casi todos los países.

En Estados Unidos, por ejemplo, el impuesto corporativo cayó de 4,2% del producto interno bruto en 1967 a apenas 1,2% en 2003, a pesar de cambios mínimos en las tasas.

Los buenos economistas saben desde hace mucho tiempo que el impuesto a las empresas causa más problemas de los que resuelve. Muchas naciones que buscan mayor crecimiento económico y mayor empleo han reducido drásticamente las tasas de impuesto a las empresas. Irlanda las redujo de 43% a 12,5%, atrayendo así inversiones de todo el mundo y convirtiéndose no sólo en una de las economías de mayor crecimiento sino también en una de las economías más ricas de Europa.

Las naciones de Europa Oriental con economías de mercado y rápido crecimiento del empleo han estado reduciendo sus impuestos a las empresas. El impuesto corporativo en Eslovaquia, Lituania y Polonia es de 19%, 16% en Hungría, 15% en Eslovenia y Latvia, mientras que Bulgaria acaba de anunciar que lo bajará a 15% el año próximo. Montenegro anunció que lo va a rebajar a 9%, mientras que en Estonia la tasa será cero sobre ganancias reinvertidas.

El resultado de tal competencia es que hasta Francia (34%) y Alemania (38%) se han visto obligados a instrumentar pequeñas rebajas, lo cual deja a Estados Unidos con una tasa promedio de 40% (incluyendo los impuestos estatales) y sólo por delante de Japón, cuya tasa es de 42%.

Estos números explican por qué las empresas que hacen negocios alrededor del mundo prefieren no tener su base legal en Estados Unidos, lo cual las haría poco competitivas. El candidato John Kerry propuso durante su campaña castigar a las empresas que mudan sus centros de operaciones al exterior. La solución es más bien eliminar el impuesto a las empresas y convertirse así en el lugar ideal para la fundación de nuevas compañías.

Al eliminarse los impuestos a las empresas aumentarán sus ganancias, lo cual fomentará el empleo, mejores salarios y nuevas inversiones en instalaciones y equipos, lo mismo que el pago de mayores dividendos. Esto aumentará el precio de sus acciones y el gobierno recibirá mayores ingresos sobre las ganancias de capital y sobre salarios más altos. Esa fue la experiencia de Irlanda al reducir los impuestos a las empresas, ya que el crecimiento adicional en puestos de trabajo y ganancias terminó aportando una mayor recaudación total.

El presidente Bush ha prometido una amplia reforma impositiva. El primer paso debe ser la eliminación del impuesto corporativo, lo cual simplificará fundamentalmente el reglamento, haciendo más competitivas nuestras empresas, reforzará el dólar y creará nuevos empleos.

Todavía quedan algunos izquierdistas sin mucha cabeza que siguen creyendo que se puede aplicar impuestos a las empresas sin que por ello paguen los trabajadores, los clientes y los accionistas. Gritarán que eliminar el impuesto corporativo beneficia a los ricos, pero la reforma impositiva es algo demasiado importante para permitir que la ignorancia prevalezca.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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