250 años de un texto radical
Ian Vásquez conmemora los 250 años de la publicación de La riqueza de las naciones, la célebre obra de Adam Smith que continúa siendo relevante.
Por Ian Vásquez
Hace 250 años, en una semana como esta, se publicó un libro cuyas ideas radicales transformaron el mundo y siguen siendo relevantes.
Ese libro fue La riqueza de las naciones, por Adam Smith, máximo referente de la Ilustración escocesa. Salió el mismo año en que revolucionarios americanos declararon la independencia estadounidense y fue leído por el peruano Juan Pablo Vizcardo y Guzmán y el venezolano Francisco de Miranda, precursores de la independencia hispanoamericana, tanto como por importantes líderes independentistas que les siguieron.
En la medida en que las ideas de Smith sobre la economía y el Estado fueron adoptadas en subsiguientes generaciones, el mundo experimentó una explosión de riqueza nunca vista y que hasta la fecha ha sacado al 90% de la humanidad de la pobreza.
Smith escribió: “No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de donde esperamos nuestra comida, sino de su interés propio. No nos dirigimos a su humanidad, sino a su amor propio, y jamás les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas”.
La idea contraintuitiva de Smith es que, al perseguir el interés propio, se consigue mejorar el bienestar público. No hacía falta que el rey dirigiera las actividades de cada quien para obtener ese fin. Era como si existiera una “mano invisible” que coordinaba la sociedad para producir la prosperidad.
Para Smith, el interés propio no era lo mismo que el egoísmo. No hay nada malo en mejorar la condición de uno mismo o de su familia siempre y cuando no se recurra a la fuerza para hacerlo. Para vender pan o carne, hay que persuadir a los clientes. Smith creía en el intercambio voluntario y rechazaba la coerción.
En el fondo, lo que proponía Smith era un sistema ético en que se respetaran los derechos iguales de los demás. Él era enemigo de los privilegios otorgados por las autoridades, ya sea en forma de subsidios, monopolios oficiales u otras protecciones. Advertía contra ese problema: “Las personas de un mismo oficio rara vez se reúnen, ni siquiera para divertirse o recrearse, sin que la conversación termine en una conspiración contra el público o en alguna maquinación para elevar los precios”.
Según Smith, la ley debe aplicar de manera igual a todos. Por eso promovía con tanta firmeza la economía de mercado con su característica fundamental, la competencia.
Smith aplicó sus ideas también en el ámbito internacional. Dijo que “la máxima de todo prudente padre de familia es no intentar jamás hacer en casa lo que le costará más hacer que comprar” y agregó que “lo que es prudencia en la conducta de cualquier familia privada apenas puede ser locura en la de un gran reino”. Si otro país vende algo de mejor calidad a menor precio, no tiene sentido prohibir la venta o penalizarla; eso empobrece. El comercio libre enriquece.
El libro de Smith criticaba el sistema mercantilista que imperaba en Gran Bretaña y que sostenía que los países se vuelven ricos debido al proteccionismo y a vender más de lo que compran. “Nada, sin embargo, puede ser más absurdo que toda esta doctrina de la balanza comercial”, declaró Smith. Un déficit comercial en sí no tiene nada de malo. Yo tengo tal déficit con el supermercado, pero de ninguna manera me perjudica. Los déficits tampoco tienen por qué perjudicar a las naciones, que en realidad son el conjunto de firmas e individuos en el mercado.
Smith también era radical porque “el sencillo y obvio sistema de libertad natural” en el que creía le llevó a oponerse a la esclavitud y al imperialismo europeo. No fue utópico sino un observador agudo de la humanidad, lo cual explica por qué mantiene su validez la clave de la prosperidad que él identificó: “la paz, impuestos moderados y una tolerable administración de justicia”.
Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 10 de marzo de 2026.