Planificación para la libertad

Planificación para la libertad
Autor: 
Ludwig von Mises

Ludwig von Mises (1881 - 1973) es reconocido como uno de los líderes de la Escuela Austriaca de economía y fue un prolífico escritor. Su trabajo influyó a Leonard Read, Henry Hazlitt, Israel Kirzner, George Reisman, F.A. Hayek y Murray Rothbard, entre otros. Nació en Lenberg, entonces parte del imperio Austrohúngaro.

Las obras de Mises y sus seminarios trataban sobre teoría económica, historia, epistemología, el Estado y la filosofía política. Sus contribuciones a la teoría económica incluyen importantes aclaraciones sobre la teoría cuantitativa del dinero, la teoría del ciclo comercial, la integración de la teoría monetaria con la teoría económica en general, y una demostración de que el socialismo inevitablemente fracasa porque no puede resolver el problema del cálculo económico. Mises fue el primer académico en reconocer que la economía es parte de la ciencia más amplia de la acción humana, una ciencia que Mises denominó "praxeología". Enseñó en la Universidad de Viena y luego en la Universidad de Nueva York. Su influyente trabajo acerca de las libertades económicas, sus causas y consecuencias, lo llevaron a resaltar las relaciones entre las libertades económicas y las demás libertades en una sociedad.

Edición utilizada:

Von Mises, Ludwig. Planificación Para La Libertad. Buenos Aires: Centro de Estudios Sobre la Libertad, 1986.

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Capítulo I. Planificación para la libertad

CAPÍTULO I

PLANIFICACIÓN PARA LA LIBERTAD

1. Planificación como sinónimo de socialismo

El término "planificación" se usa generalmente como sinónimo de socialismo, comunismo y control económico autoritario y totalitario. En determinadas ocasiones se denomina planificación sólo al modelo alemán de socialismo — Zwangswirtschaft—, mientras que al término socialismo propiamente dicho se lo reserva para el modelo ruso de socialización total y de funcionamiento burocrático de todas las fábricas, comercios y establecimientos agropecuarios. Sea como fuere, planificación, en este sentido, significa planificación integral por parte del gobierno, e imposición de sus planes por medio del poder de la policía. Planificación, en este sentido, significa que el gobierno ejerce un control total sobre la actividad económica. Es la antítesis de empresa libre, iniciativa privada, propiedad privada de los medios de producción, economía de mercado y sistema de precios. Planificación y capitalismo son absolutamente incompatibles. En un sistema de planificación, la producción es dirigida de acuerdo con las órdenes del gobierno y no de acuerdo con los planes de capitalistas y empresarios, ansiosos por obtener beneficios satisfaciendo de la mejor manera posible las necesidades de los consumidores.

Sin embargo, el término planificación también se usa con un segundo sentido. Lord Keynes, Sir William Beveridge, el profesor Hansen y muchas otras personalidades eminentes aseguran que no quieren sustituir la libertad por la esclavitud totalitaria. Sostienen que ellos planifican para una sociedad libre; recomiendan un tercer sistema que, según ellos, está tan lejos del socialismo como del capitalismo y que, como una tercera solución del problema de la organización económica de la sociedad, se encuentra a mitad de camino entre los dos sistemas; en su opinión, retiene las ventajas de ambos y evita las desventajas de cada uno.

2. Planificación como sinónimo de intervencionismo

Estos autoproclamados progresistas están ciertamente equivocados cuando afirman que sus proposiciones son nuevas y que nunca antes fueron expuestas. La idea de esta tercera y supuesta solución es realmente muy antigua, y los franceses la han bautizado desde hace mucho con un nombre adecuado: intervencionismo. Nadie puede tener dudas de que la historia asociará el concepto de seguridad social más estrechamente con la memoria de Bismarck —a quien nuestros padres no describieron precisamente como a un liberal— que con el New Deal norteamericano o con Sir William Beveridge. Todas las ideas esenciales del progresismo intervencionista de hoy fueron cuidadosamente expuestas por los "cerebros supremos" de la Alemania imperial, los profesores Schmoller y Wagner, quienes al mismo tiempo urgieron a su Kaiser a invadir y conquistar América. Lejos de mis intenciones está el condenar cualquier idea por el hecho de no ser nueva, pero en la medida en que estos progresistas tildan de pasados de moda a todos sus oponentes, es oportuno observar que sería más adecuado hablar del choque de dos ortodoxias: la ortodoxia de Bismarck versus la ortodoxia de Jefferson.

3. El significado del intervencionismo o economía mixta

Antes de comenzar una investigación del sistema intervencionista de una economía mixta, se deben aclarar dos cosas.

En primer lugar, si en una sociedad basada sobre la propiedad privada de los medios de producción algunos de éstos pertenecen al gobierno o a las municipalidades y son manejados por ellos, no se puede hablar de un sistema mixto que combina socialismo con propiedad privada. Mientras sólo estén en manos del estado algunas empresas, permanecerán las características de la economía de mercado que determinan la actividad económica. En este caso también las empresas públicas, como compradoras de materias primas, bienes semielaborados y trabajo, y como vendedoras de bienes y servicios, deben adaptarse al mecanismo de la economía de mercado. Están sujetas a la ley del mercado, deben empeñarse en obtener ganancias o al menos evitar las pérdidas. Cuando se intenta reducir o eliminar esta dependencia cubriendo las pérdidas de dichas empresas con subsidios provenientes de fondos públicos, el único resultado es un traslado de esta dependencia a algún otro sector. Esto se debe a que los recursos para los subsidios tienen que ser obtenidos en algún lugar. Pueden recaudarse a través de impuestos, pero el peso de éstos caerá sobre el público y no sobre el gobierno recaudador. El mercado y no el departamento de réditos, debe decidir sobre quién recae el gravamen y de qué manera este último afecta a la producción y el consumo. El mercado y su inevitable ley son supremos.

4. Dos modelos de socialismo

En segundo lugar, existen dos modelos diferentes para la concreción del socialismo. El primero —podemos llamarlo modelo ruso o marxista— es netamente burocrático. Todas las empresas económicas son dependencias del estado, al igual que la administración del ejército y la armada, o el sistema postal. Cada fábrica, tienda o granja mantiene la misma relación con la organización central superior que la mantenida por una oficina de correo con el Correo Central. Toda la nación es parte de un único ejército de trabajo de servicio compulsivo; el comandante de este ejército es el jefe de estado.

El segundo —podemos llamarlo modelo alemán o Zwangswirtschaft— difiere del primero en que, aparente y nominalmente, mantiene la propiedad privada de los medios de producción, al igual que el empresariado y el intercambio de mercado. Los denominados empresarios hacen las compras y las ventas, pagan a los trabajadores, contraen deudas y pagan intereses y amortizaciones, pero no son empresarios. En la Alemania nazi eran llamados gerentes comerciales o Betriebsführer. El gobierno les dice a estos aparentes empresarios qué y cómo producir, a qué precios y a quién comprarle, a qué precios y a quién venderle. El gobierno decreta qué salarios deben percibir los trabajadores y a quién y en qué condiciones los capitalistas deberían prestar su dinero. El intercambio de mercado no es más que un simulacro. Los precios, salarios y tasas de interés sólo son tales en apariencia, ya que son fijados por la autoridad. En realidad son sólo aspectos cuantitativos provenientes de las órdenes autoritarias, ya que éstas determinan las ganancias, el consumo y el nivel de vida de cada ciudadano. En lugar de ser los consumidores quienes dirigen la producción, es la autoridad quien la maneja. El órgano central que dirige la producción es la máxima autoridad; los ciudadanos no son otra cosa que sirvientes. Esto es socialismo, con la apariencia exterior de capitalismo. Algunos rótulos de la economía de mercado capitalista son conservados, pero en este caso significan algo completamente distinto de lo que significan en la economía de mercado libre.

Es necesario señalar este hecho para evitar una confusión entre intervencionismo y socialismo. El sistema de economía de mercado restringido o intervencionismo difiere del socialismo por el mero hecho de que sigue siendo economía de mercado. La autoridad distorsiona el mercado a través de la intervención de su poder coercitivo, pero no quiere eliminarlo completamente. Desea que la producción y el consumo se desarrollen a lo largo de líneas diferentes de aquellas prescriptas por el mercado, y alcanza su propósito introduciendo órdenes, mandatos y prohibiciones en el funcionamiento del mercado, para cuya observancia utiliza el poder de policía y su aparato coercitivo. Sin embargo, éstas son intervenciones aisladas. Sus autores aseguran que no planean insertar estas medidas en un sistema completamente integrado que regule todos los precios, salarios y tasas de interés, poniendo así en manos de las autoridades el control total de la producción y el consumo.

5. La única manera de elevar permanentemente los salarios para todos

La idea esencial de aquellos economistas verdaderamente liberales, a quienes hoy día se tilda de ortodoxos, reaccionarios y aristócratas de la economía, es la siguiente: el único medio para elevar el nivel de vida es acelerar el crecimiento del capital, de manera que éste crezca más rápidamente que la población. Lo único que el gobierno puede hacer para mejorar el bienestar material de las masas es establecer y preservar un orden institucional en el cual no existan obstáculos para la acumulación progresiva de nuevos capitales, ni para su utilización en el mejoramiento de las técnicas de producción. El único medio de elevar el bienestar de una nación es aumentando y mejorando la producción total de bienes. El único medio de elevar los salarios permanentemente para los trabajadores es aumentando la productividad del trabajo a través de una elevación de la cuota de capital invertido per cápita y mejorando los métodos de producción. Por esto, los liberales llegan a la conclusión de que la política económica más adecuada para servir a los intereses de todos los estratos de una nación es el libre comercio, tanto en los negocios internos como en las relaciones internacionales.

Los intervencionistas, por el contrario, creen que el gobierno tiene poder para mejorar el nivel de vida de las masas, en parte a expensas de los capitalistas y de los empresarios, y en parte sin costo adicional para éstos. Recomiendan la limitación de las utilidades y la igualación de las rentas y fortunas a través de la tributación confiscatoria, y la baja de la tasa de interés mediante una política de dinero fácil y expansión del crédito, y pretenden la elevación del nivel de vida de los trabajadores por medio de la observancia compulsiva de salarios mínimos. Defienden el gasto pródigo del gobierno pero, curiosamente, están al mismo tiempo a favor de precios bajos para las mercaderías y precios elevados para los productos agrícolas.

Los economistas liberales, es decir, los tildados de ortodoxos, no niegan que alguna de estas medidas pueda aumentar la cuota percibida por algunos grupos de la población a expensas de otros en el corto plazo, pero dicen con razón que, en el largo plazo, dichas medidas producirán, desde el punto de vista del gobierno y de los partidarios de sus políticas, efectos menos deseables que el estado previo de cosas que se quería mejorar. Por lo tanto, son contrarias a su propósito, aun si se las juzga desde el punto de vista de sus propios defensores.

6. El intervencionismo, la causa de la depresión

Mucha gente realmente cree que la política económica no debería tener ninguna influencia en las consecuencias de largo plazo. Citan una frase de Lord Keynes: "A largo plazo todos estamos muertos". No cuestiono la verdad de esta afirmación; considero incluso que es la única afirmación correcta de la escuela neobritánica de Cambridge. Pero las conclusiones extraídas de ella son completamente falsas. El diagnóstico exacto sobre los males económicos de nuestra época es el siguiente: hemos sobrevivido al corto plazo y estamos sufriendo las consecuencias del largo plazo de políticas que no consideraron debidamente tales consecuencias. Los intervencionistas han silenciado las voces de advertencia de los economistas; pero los hechos se han desarrollado precisamente como los desacreditados eruditos ortodoxos habían predicho. La depresión es consecuencia de la expansión del crédito. El desempleo masivo, que se prolonga año tras año, es el efecto inevitable de los intentos por mantener los salarios por encima del nivel que el mercado, sin traba alguna, habría fijado. Todos esos males, que los progresistas interpretan como una evidencia del fracaso del capitalismo, son el resultado necesario de la alegada interferencia social con el mercado. Es verdad que muchos autores que defienden estas medidas, y muchos estadistas y políticos que las ejecutaron, fueron guiados por buenas intenciones y quisieron más prosperidad para la gente, pero los medios elegidos para la obtención de los fines buscados fueron inapropiados. A pesar de lo buenas que las intenciones puedan ser, nunca pueden transformar en eficaces a medios que no lo son. Debe enfatizarse que estamos discutiendo medios y medidas y no fines. El problema no es si las políticas defendidas por los autoproclamados progresistas son recomendables o condenables, o no lo son, desde un punto de vista arbitrario y preconcebido. El problema esencial es determinar si tales políticas pueden realmente alcanzar los fines que todos anhelamos.

Está fuera de lugar el tornar confusa la discusión haciendo referencia a temas accidentales e irrelevantes. Es inútil desviar la atención del problema central difamando a los capitalistas y a los empresarios, glorificando las virtudes del hombre común. Precisamente porque el hombre común es merecedor de toda nuestra consideración, es necesario evitar las políticas que vayan en detrimento de su bienestar.

La economía de mercado libre es un sistema integrado de factores interrelacionados que se condicionan y determinan mutuamente. El aparato social de coerción y compulsión, es decir, el estado, tiene realmente fuerza para interferir en el mercado. El gobierno, o los organismos a los que éste ha dotado de poder para aplicar la presión violenta e impune, están en posición de decretar que ciertos fenómenos del mercado son ilegales, ya sea por leyes injustas o por apreciaciones equivocadas. Sin embargo, tales medidas no arrojan los resultados que el poder interventor quiere alcanzar. Las condiciones no sólo se vuelven más insatisfactorias, incluso para la autoridad interventora, sino que también desintegran el sistema de mercado en su conjunto, paralizan su funcionamiento y causan finalmente el caos.

Si el funcionamiento del sistema de mercado, aunque erróneamente, se considera insatisfactorio, debe procurarse sustituirlo por otro. Esto es lo que los socialistas pretenden; pero no es el socialismo el objeto de esta discusión. Fui invitado a tratar el tema del intervencionismo, es decir, el conjunto de medidas diseñadas para mejorar el funcionamiento del sistema de mercado, sin procurar su abolición total, y lo que sostengo es que tales medidas deben necesariamente arrojar resultados que, desde el punto de vista de sus partidarios, son menos deseables que el estado de cosas previo que querían mejorar.

7. Marx condenó el intervencionismo

Karl Marx no creía que la interferencia gubernamental o sindical pudiera alcanzar los fines beneficiosos esperados. Marx y sus consecuentes seguidores, utilizando un lenguaje franco, calificaron a esas medidas como disparate reformista, fraude capitalista e idiotez pequeñoburguesa. Llamaron reaccionarios a los partidarios de tales medidas. Clemenceau estaba en lo cierto cuando dijo: "uno es siempre reaccionario en la opinión de alguien".

Karl Marx afirmó que bajo un régimen capitalista, todos los bienes materiales, como también el trabajo, son mercaderías, y que el socialismo abolirá el carácter de mercadería asignado tanto a los bienes materiales como al trabajo. La noción de "carácter de mercadería" es privativa de la doctrina marxista y no fue usada anteriormente; significa, entonces, que los bienes y el trabajo se negocian en el mercado, y son vendidos y comprados sobre la base de su valor. Según Marx, el carácter de mercadería del trabajo está implícito en la existencia misma del sistema de salarios. Sólo puede desaparecer en el "grado más elevado" del comunismo como consecuencia de la abolición del sistema de salarios y del pago de éstos. Marx hubiera ridiculizado los esfuerzos para abolir el carácter de mercadería del trabajo a través de un tratado internacional o de medidas como el establecimiento de una Organización Internacional del Trabajo, legislaciones nacionales o asignaciones de dinero a distintos organismos nacionales. Menciono estas cosas sólo para mostrar que los progresistas están totalmente equivocados cuando ignoran que Marx reconoció que en el capitalismo el trabajo tiene carácter de mercadería y este error, en su lucha contra los economistas, los induce a tildarlos de reaccionarios.

8. Los salarios mínimos traen desempleo

Lo que estos viejos economistas ortodoxos decían era lo siguiente: un aumento permanente de los salarios para todos los que desean trabajar sólo es posible si la cuota de capital invertido per cápita aumenta, juntamente con la productividad del trabajo. La gente no se beneficiará con la fijación de salarios mínimos a un nivel más alto que el determinado por el mercado libre. No interesa que este entrometimiento en la fijación de salarios sea hecho por un decreto gubernamental o por presión y compulsión de los sindicatos. En cualquier caso, a la larga el resultado es pernicioso para el bienestar de la población.

En un mercado de trabajo libre, los salarios son fijados por la interacción de la oferta y la demanda en un nivel en el que todos los que deseen trabajar pueden encontrar trabajo. En este mercado, el desempleo es sólo temporario y nunca afecta más que a una pequeña parte de la población. Prevalece una continua tendencia hacia la desaparición del desempleo; pero si los salarios son aumentados por sobre el nivel citado anteriormente, por interferencia del gobierno o de los sindicatos, esto cambia. Mientras sólo una parte de la fuerza laboral esté agrupada en sindicatos, el aumento de salarios forzado por éstos no conduce al desempleo, sino a un aumento de la oferta de trabajo en aquellas ramas de actividades donde no hay sindicatos eficientes, o donde directamente no existen. Los trabajadores que pierden sus empleos como consecuencia de la política sindical, entran en el mercado de las actividades libres, causando en ellas la baja de los salarios. El aumento de salarios para trabajadores agrupados en sindicatos trae como consecuencia una baja de aquéllos para los que no lo están; pero si la fijación de salarios por encima del nivel potencial del mercado es general, los trabajadores que pierdan sus empleos no podrán encontrar trabajo en otras actividades; permanecerán desocupados. El desempleo surge como un fenómeno de masas que se prolonga año tras año.

Estas fueron las enseñanzas de los economistas ortodoxos; nadie tuvo éxito en refutarlas, por lo que resultó mucho más fácil desprestigiar a sus autores. Cientos de tratados, monografías y panfletos los desacreditaron; novelistas, escritores y políticos se sumaron al coro.

Pero la verdad encuentra su camino. Funciona y produce efectos, aunque las plataformas políticas y los libros de texto rehúsen reconocerla como verdad. Los hechos han probado la exactitud de las predicciones de los economistas ortodoxos. El mundo enfrenta el tremendo problema del desempleo masivo.

Es inútil hablar de empleo y desempleo sin hacer referencia a un nivel de salarios. La evolución capitalista marca una tendencia hacia el crecimiento constante de los salarios reales. Este resultado es consecuencia de la acumulación progresiva de capital, a través de la cual se mejoran las técnicas de producción. Tan pronto como la acumulación de capital adicional se detenga, esta tendencia se estancará. Si el consumo de capital sustituye al aumento del capital disponible, los salarios reales caerán temporariamente hasta que sean removidos los obstáculos que impiden el crecimiento del capital. Tales obstáculos son la mala inversión, es decir, el derroche de capital característico de la expansión del crédito y del auge ficticio que ésta produce, la confiscación de fortunas y beneficios, las guerras y las revoluciones. Es un hecho desafortunado el que estos obstáculos hagan descender momentáneamente el nivel de vida de las masas. Pero estas desgracias no pueden ser solucionadas con simples deseos. Para ponerles fin no hay otro medio que el recomendado por los economistas ortodoxos: una sana política monetaria, disminución de los gastos públicos, cooperación internacional para salvaguardar una paz duradera y libertad económica.

9. Las políticas tradicionales de los sindicatos son perjudiciales para el trabajador

Los remedios sugeridos por los doctrinarios no ortodoxos son inútiles. Su aplicación empeora las cosas en vez de mejorarlas.

Existen hombres bien intencionados que exhortan a los líderes sindicales a hacer un uso moderado de su poder, pero estas exhortaciones son inútiles, porque sus autores no se dan cuenta de que los males que quieren evitar no se deben a la falta de moderación de las políticas sindicales. Son el resultado necesario de toda la filosofía económica subyacente en la actividad sindical referente a los salarios. No es mi tarea averiguar qué efectos beneficiosos podrían producir los sindicatos en otros campos, como en educación, capacitación profesional, etc. Sólo me ocupo de sus políticas salariales. El objetivo esencial de estas políticas es impedir que el desocupado encuentre trabajo con un salario más bajo que el fijado por los sindicatos. Esta política divide todo el potencial de la fuerza de trabajo en dos grupos: los ocupados, que ganan salarios mayores que los que habrían obtenido en un mercado de trabajo libre, y los desocupados; que no ganan nada. En los primeros años de la década del treinta, los salarios de este país[3 ] cayeron por debajo del costo de vida. Los salarios nominales se incrementaban cada hora, en medio de una propagación catastrófica del desempleo. Para algunos trabajadores la depresión significó un aumento de su nivel de vida, mientras que los desocupados, muy numerosos, eran las víctimas. La repetición de estos hechos sólo puede evitarse descartando totalmente la idea de que la coerción y compulsión sindicales pueden beneficiar a los trabajadores. Lo que se necesita no son meras advertencias; se debe convencer a los trabajadores de que la política sindical tradicional en nada ayuda a los intereses de todos, sino que sólo beneficia a un grupo de ellos. Mientras que en los convenios individuales los desocupados pueden hacerse oír, en los convenios colectivos son excluidos. Los jefes sindicales no se interesan por la suerte de los no afiliados, y menos aun por la de aquellos que por primera vez desean entrar en la industria.

Los salarios impuestos por los sindicatos se fijan en un nivel en el cual una parte considerable de la fuerza de trabajo permanece desocupada. La desocupación masiva no prueba el fracaso del capitalismo, sino el fracaso de los métodos sindicales tradicionales para fijar compulsivamente los salarios.

Las mismas consideraciones se aplican a la determinación de salarios por organismos gubernamentales o por arbitraje. Si la decisión del gobierno o del árbitro fija salarios que estén en el nivel del mercado, la decisión es superflua; si determina salarios más elevados produce desempleo masivo.

La panacea de moda sugerida, es decir, el pródigo gasto público, no es menos perjudicial. Si el gobierno se provee de los fondos que requiere recaudando impuestos o pidiendo prestado al público, suprime por un lado tantos empleos como crea por otro. Si el gasto del gobierno se financia con préstamos otorgados por bancos comerciales, esto traerá como consecuencia la expansión del crédito, o sea la inflación. Los precios de todos los bienes y servicios aumentarán, haga lo que haga el gobierno para evitarlo.

Si durante el período inflacionario el aumento de los precios de los bienes excede el incremento de los salarios nominales, la tasa de desempleo caerá, pero este hecho ocurrirá como consecuencia de que los salarios reales están cayendo. Lord Keynes recomendaba la expansión del crédito porque creía que los asalariados se conformarían con el resultado; creía que "una baja gradual y automática de los salarios reales, como resultado de un aumento en los precios", no sería tan fuertemente resistida por los trabajadores como un intento de disminuir los salarios nominales. Sin embargo, es muy improbable que esto suceda; la opinión pública está perfectamente al tanto de los cambios que se producen en su poder adquisitivo y observa con gran interés los movimientos del índice de precios de las mercaderías y del costo de vida.

La esencia de todas las discusiones referidas a los salarios consiste en los salarios reales y no en los salarios nominales. No existe ninguna posibilidad de engañar a los sindicatos con esas artimañas.

Pero, aunque lo sostenido por Lord Keynes fuera correcto, nada bueno podría surgir de ese engaño. Los grandes conflictos de ideas deben ser resueltos con métodos directos y honestos, no mediante artificios y subterfugios. Lo que se necesita no es cegar a los trabajadores, sino convencerlos. Ellos mismos deben darse cuenta de que los métodos sindicales tradicionales no sirven a sus intereses. Ellos mismos deben abandonar voluntariamente las políticas que perjudican tanto a ellos como a otros.

10. La función social de las pérdidas y de las ganancias

Lo que no comprenden aquellos que pretenden planificar para la libertad, es que el Mercado, con sus precios, es el mecanismo conductor del sistema de libre empresa. Los precios flexibles de las mercaderías, de los salarios y de las tasas de interés sirven de instrumento para adaptar la producción a las condiciones y necesidades cambiantes de los consumidores y para eliminar técnicas productivas obsoletas. Si estos ajustes no son producidos por la interacción de las fuerzas que operan en el mercado, deben ser llevados a cabo por el gobierno. Esto significa un control gubernamental total, el Zwangswirtschaft nazi, ya que no existen caminos intermedios. Los intentos por mantener la rigidez en los precios de las mercaderías, aumentar los salarios y bajar las tasas de interés ad libitum, sólo paralizan al sistema. Crean un estado de cosas que no satisface a nadie. Estos intentos finalizarán con un retorno a la libertad o se completarán con la implantación de un socialismo puro y sin disfraz.

La desigualdad de ingresos y fortunas es esencial para el sistema capitalista. Para los "progresistas", las ganancias son objetables. Su misma existencia es para ellos una prueba de que los salarios pueden ser aumentados sin perjudicar a nadie más que a los parásitos. Hablan de las ganancias sin ocuparse de su corolario; las pérdidas. Las ganancias y las pérdidas son instrumentos por medio de los cuales los consumidores mantienen bajo control las actividades empresarias. Una empresa rentable tiende a expandirse, y una que no lo es, tiende a achicarse. La eliminación de las ganancias provoca rigidez en la producción y suprime la soberanía de los consumidores. Esto no se debe a que los empresarios sean desconsiderados, codiciosos o carentes de la virtud del sacrificio personal, virtud que los planificadores atribuyen a otras personas; si las ganancias estuvieran ausentes, los empresarios no sabrían cuáles son los deseos de los consumidores, y en caso de poder adivinarlos, no tendrían los medios necesarios para ajustar y expandir sus fábricas adecuadamente. Las ganancias y las pérdidas quitan de las manos de los ineficientes los factores materiales de producción y los transfieren a manos de los más eficientes. La función social de las ganancias y de las pérdidas consiste en hacer más influyente en la conducción de los negocios al hombre que tiene más éxito en la producción de los bienes que la gente demanda.

Es incorrecto, por lo tanto, dar a las ganancias el carácter de parámetro para medir el mérito personal. Desde luego que el Sr. X sería igualmente feliz con diez millones que con cien millones. Desde un punto de vista metafísico, es verdaderamente inexplicable por qué el Sr. X gana dos millones al año, mientras que un juez de la Corte Suprema de Justicia o los mejores filósofos y poetas del país ganan mucho menos. Pero ése no es problema del Sr. X, sino de los consumidores. ¿Estarían los consumidores mejor provistos y a un menor costo si la ley impidiera que los empresarios más eficientes expandieran el ámbito de sus actividades? La respuesta es claramente negativa. Si las tasas impositivas actuales hubieran estado vigentes desde principios de siglo, muchos de los que hoy son millonarios vivirían en condiciones más modestas; todas las actividades industriales nuevas que brindan a las masas nuevos artículos funcionarían, si es que lo hicieran, a una escala mucho más baja y sus productos estarían fuera del alcance del hombre común.

El sistema de mercado hace que todos los hombres, en su calidad de productores, sean responsables ante el consumidor. Esta dependencia es directa cuando se trata de empresarios, capitalistas, granjeros y profesionales, e indirecta en el caso de los asalariados. El sistema económico de división del trabajo, en el que todos satisfacen sus necesidades sirviendo a otras personas, no puede funcionar si no existe un elemento que dirija los esfuerzos de los productores hacia los deseos de aquellos para quienes producen. Si no se le permite al mercado conducir el aparato económico en su totalidad, el gobierno debe hacerlo, con los lamentables resultados conocidos.

11. La economía de mercado libre es la que mejor sirve al hombre común

Los planes socialistas son absolutamente erróneos e irrealizables. Este es otro tema. Sin embargo, los escritores socialistas al menos ven claramente que la simple parálisis del sistema de mercado libre no conduce a nada excepto al caos. Cuando apoyan actos tales como el sabotaje y la destrucción lo hacen porque creen que el caos producido preparará el terreno para el advenimiento del socialismo. Pero aquellos que fingen querer preservar la libertad mientras anhelan fijar precios, salarios y tasas de interés a un nivel; diferente al del mercado se engañan a si mismos. No existe ninguna alternativa para la esclavitud totalitaria que no sea la libertad. No existe ninguna planificación para la libertad, que no sea el dejar funcionar libremente al mercado. No existe ningún medio para obtener el pleno empleo, el aumento de salarios y un alto nivel de vida para el hombre común, que no sea la iniciativa privada y la empresa libre.

NOTAS AL PIE DE PÁGINA

[3]

N. de la R.: Se refiere a los EE.UU.