Usemos la persuasión, no la coerción para lograr la inmunidad al COVID-19

Jeffrey A. Singer dice que siendo un doctor entusiasta de la vacunación en contra el COVID-19, considera que es importante utilizar la persuasión en lugar de la fuerza al momento de intentar lograr la inmunidad de rebaño mediante una campaña de vacunación masiva.

Por Jeffrey A. Singer

Mientras que el alcalde de la ciudad de Nueva York Bill de Blasio y el gobernador Andrew Cuomo luchan en torno a las estrategias para vacunar contra el COVID-19, los casos nuevos, las hospitalizaciones y las muertes se acumulan. Mientras más rápido vacunemos a la gente, más rápido se acabará la pandemia y todas las disrupciones de la vida normal que están asociadas con ella. Pero es perturbador que muchos de los trabajadores de salud de Nueva York son reacios a vacunarse. 

Para abordar este problema de vacunación sub-óptima, la asamblea del estado de Nueva York está considerando A11179, una ley que “obligaría la vacunación para todos los individuos o grupos de individuos que, como muestran los datos clínicos, está demostrado que es seguro que reciban dicha vacuna”.

Como doctor, promuevo de manera entusiasta la vacunación en contra del COVID-19. He recibido la vacuna y alentaré a otros a que lo hagan. Pero utilizaré la persuasión, no la fuerza. 

Ninguna persona debería ser obligada a que le inyecten algo en su cuerpo. Pero otros miembros de la comunidad también tienen el derecho de tener la libertad de no ser sometidos a una agresión. Una amenaza a su salud por parte de una persona que porta una enfermedad altamente infecciosa puede ser una forma de agresión. El reto yace en lograr un equilibrio entre los derechos del individuo y los derechos del público en general a que ambos sean libres de agresión. 

Algunos argumentan de que la vacunación masiva obligatoria es un acto de auto-defensa colectiva que, por ende, es compatible con una sociedad libre. A menos que la gente sea vacunada a la fuerza, ellos pondrán en peligro la vida y salud de transeúntes inocentes, dice el argumento. 

Por otro lado, no todos los vacunados en contra del microbio desarrollan inmunidad. A la inversa, algunas personas no vacunadas nunca se infectan. Algunas personas tienen inmunidad pre-existente o “natural” en contra de ciertos virus y otros microorganismos. Hay evidencia emergente de que este también podría ser el caso con el COVID-19. 

En una sociedad libre, ninguna persona debería iniciar fuerza en contra de otra, y debería utilizar la fuerza solamente en realización o auto-defensa. Inyectar sustancias a la fuerza en el cuerpo de otra persona no puede ser justificado como un acto de auto-defensa porque no hay manera de determinar si la persona alguna vez será responsable de transmitir la enfermedad. 

Si alguien evita vacunarse basándose an alguna creencia —correcta o equivocada— de que la vacuna es dañina, entonces la vacunación a la fuerza en este contexto es un caso de agresión. Para que no lo sea requiere la certeza de que esas creencias están equivocadas, lo cual en este caso no es posible. ¿Cómo puede estar seguro de que una persona no tendrá una reacción adversa a la vacuna? ¿Cómo puede ser justificada una inmunización forzada como auto-defensa cuando nunca se puede comprobar que la persona no vacunada hubiese sido responsable de perjudicar a otra persona?

Luego está la inmunidad de rebaño, la cual surge cuando suficientes personas desarrollan inmunidad al virus de tal manera que lo bloquean e impiden que se transmita fácilmente de una persona a otra. La inmunidad de rebaño permite que muchas personas no vacunadas eviten la enfermedad al beneficiarse gratuitamente de la población inmunizada. 

Los economistas dicen que beneficiarse gratuitamente de otros es algo inevitable en la vida. Siempre y cuando la persona que beneficia gratuitamente a otros todavía obtenga el valor deseado y no sea perjudicada, esto no debería importar. 

La resistencia civil a la vacunación obligatoria también podría promover reportes de efectos secundarios falsos y fortalecer las teorías de conspiración, erosionando todavía más la confianza en las instituciones. Esto podría condenar otros esfuerzos de mitigación y hacer que menos personas estén dispuestas a vacunarse. 

Las sociedades libres algunas veces son desordenadas. Para vivir en una de ellas, debemos estar dispuestos a tolerar personas que toman malas decisiones siempre y cuando estas no violen directamente los derechos de otros. 

Poner en cuarentena a las personas infectadas con el virus del COVID-19 y que están objetivamente poniendo en riesgo la salud y vida de otros es un acto de auto-defensa. Pero en dicho caso, el uso de la fuerza en contra del portador de la enfermedad está basado en la evidencia de que la persona está enferma y podría contagiar a otros. 

Cualquier programa de inmunización masiva que utiliza la fuerza en lugar de la persuasión hará, al final de cuentas, más daño que bien para el bienestar de un pueblo libre.

Este artículo fue publicado originalmente en Cato At Liberty (EE.UU.) el 18 de enero.