Terremoto político en Argentina

Mary Anastasia O'Grady considera que "La recuperación de Argentina no será fácil. Sin embargo, con la destitución electoral del autoritarismo de los Kirchner, el país ya tiene mucho para celebrar".

Por Mary Anastasia O'Grady

En medio de una inflación de dos dígitos y una economía estancada, los argentinos le dieron la victoria el domingo en la segunda vuelta electoral al jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, de 56 años, de la coalición Cambiemos.

Con 81% de los votos escrutados hasta el cierre de esta edición, Macri lideraba con 52,7% frente a 47,3% del candidato del Frente para la Victoria, Daniel Scioli, el favorito de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Scioli, de 58 años, el gobernador peronista de la provincia de Buenos Aires, la región más acaudalada y populosa de Argentina, debería haber ganado fácilmente. Pero su asociación con Fernández de Kirchner fue un lastre que no pudo superar. Después de 12 años de la economía socialista de los Kirchner, ocho bajo la mandataria y cuatro bajo la presidencia de su difunto esposo Néstor, los argentinos quieren un cambio.

Las diatribas poco civiles de Fernández de Kirchner contra sus opositores políticos, y una pérdida sustancial de la independencia judicial y de la libertad de prensa bajo el kirchnerismo también contribuyó a la derrota de Scioli.

El gran ganador de estas elecciones es el pluralismo político. Los Kirchner ingresaron a la política nacional en 2003, durante un periodo de grandes dificultades económicas. Con el tiempo, trataron de reproducir la estrategia usada por el hombre fuerte de Venezuela Hugo Chávez para destruir los controles institucionales sobre el poder presidencial y para instalar un Estado de unipartidario de forma indefinida. La elección significa que la nación ha logrado rechazar este acaparamiento de poder autoritario.

Pero Fernández de Kirchner también le deja a Macri un desorden fiscal y monetario durante un periodo de debilidad económica global y durante una recesión en Brasil, el principal socio comercial de Argentina. El presidente electo tendrá la oportunidad de crear un conjunto coherente de políticas que inspiren confianza, y entre más pronto lo haga, mejor.

La recuperación tiene que empezar con la estabilización del peso, que actualmente tiene una tasa de 9,4 por dólar, pero que se negocia en el mercado negro a 15:1. Macri ha prometido que como presidente levantará todos los controles de capital y dejará que el precio de la divisa se ubique en línea con el valor del mercado. Pero para lograr estabilidad también tendrá que restaurar las reglas de la economía de mercado y eso significa poner fin a la práctica de imprimir dinero para financiar al gobierno. Los grandes déficits fiscales —de 6% a 7% del Producto Interno Bruto este año— no son sostenibles.

Durante su campaña, Scioli trató de asustar a los argentinos al decirles que el “ajuste” del peso reduciría el poder de compra de sus ingresos. Esta táctica no funcionó, tal vez porque el país sabe muy bien que el país no tiene los dólares que necesitaría para apuntalar el peso. El próximo gobierno enfrentará esa realidad.

La buena noticia para Macri es que gran parte de la economía ya está operando a la tasa del mercado negro, y muchos precios de bienes de consumo ya han sido ajustados. Esto explicaría por qué las estimaciones no oficiales colocan la inflación anual en alrededor de 25%, muy por encima de la cifra oficial de 10%. En otras palabras, los trabajadores argentinos ya han perdido poder adquisitivo.

Un reconocimiento oficial de la devaluación del peso combinado con una liberalización impositiva y regulatoria creíble podrían incluso dar lugar a ingresos de capital conforme los activos argentinos se vuelven más atractivos. Los ingresos por exportaciones probablemente también aumentarán si Macri mantiene su promesa de liberar a los agricultores y ganaderos de los duros impuestos y cuotas a las exportaciones, y así restaurar su incentivo a producir.

Cerrar el déficit fiscal no será fácil, porque los Kirchner hicieron mucho para destruir la confianza de los inversionistas y aumentar la dependencia del público del Estado. La estrangulación regulatoria y la expropiación provocó una salida de capital de mercados clave como el energético, de transporte y de servicios públicos. Hoy, Argentina es un importador neto de petróleo y gas natural pese a sus ricas reservas. Asimismo, el gobierno otorga grandes subsidios al transporte y la energía.

Una mayor inversión que lleve a suministros energéticos más confiables y más competencia puede resolver este problema pero no de la noche a la mañana. Sin dudas, cualquier reducción gradual de los subsidios tiene que estar acompañada de una desregularización instantánea y amplia para que vuelva la confianza de las empresas.

Argentina no podrá acceder a los mercados de capitales internacionales hasta que resuelva su larga disputa con los acreedores que poseen deuda impaga de la cesación de pagos de 2001. Macri ha prometido un enfoque pragmático, pero tendrá que promover su propuesta ante el Congreso argentino, el cual no controlará.

El presidente electo ha dicho que denunciaría a Venezuela ante la Organización de Estados Americanos por su violación de la carta democrática de 2001. También ha prometido anular el “memorándum de entendimiento” firmado entre Irán y el gobierno de Kirchner sobre la investigación del atentado terrorista de 1994 contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) debido a que viola la ley internacional. De ser así, la política exterior cambiará para mejorar.

La recuperación de Argentina no será fácil. Sin embargo, con la destitución electoral del autoritarismo de los Kirchner, el país ya tiene mucho para celebrar.

Una versión de este artículo fue publicada originalmente en The Wall Street Jourmal (EE.UU.) el 22 de noviembre de 2015.