Se bebe agua, no ideologías

Por Gabriela Calderón de Burgos

Interagua, la compañía privada a cargo del tratamiento y distribución del agua en la ciudad de Guayaquil, es constantemente atacada en la prensa ecuatoriana. Pero muchos de estos ataques parecen estar basados más en ideología que en la realidad.

Se ha dicho que el costo del agua en Guayaquil ha subido; que el agua no ha sido tratada adecuadamente; y que cientos de trabajadores se han quedado desempleados. Otros han argumentado—desde las alturas de un pedestal moral—que aquellos que apoyan la privatización de la provisión del agua, al hacerlo, desconocen uno de los derechos humanos más básicos.

Pero la realidad es que hoy más guayaquileños tienen acceso a agua potable y los más pobres la obtienen a menor precio. La empresa que nos está prestando este servicio no genera pérdidas para el municipio, como era el caso antes, sino que genera ganancias para sí misma. Puede que sea inmoral lucrarse de una de las necesidades más básicas de la gente, pero los pobres necesitan soluciones prácticas que rindan mejores resultados en menos tiempo.

Interagua no es perfecta. La cantidad de cloro que actualmente se le aplica al agua podría ser mayor, pero sin embargo no está por debajo de la cantidad que se acordó en el contrato que Interagua firmó con ECAPAG en el 2001 ni tampoco por debajo de la cantidad sugerida por la Organización Panamericana de la Salud, la cual ha establecido que el agua es apta para consumo humano con 0.20 miligramos de cloro por litro. Por lo tanto, Interagua está cumpliendo con la norma internacional de cantidad de cloro y con la cantidad requerida en su contrato.

Los datos comprueban que Interagua es definitivamente mejor que lo que teníamos antes. Entre 1982 y el 2000, el porcentaje de guayaquileños con acceso a la red de agua potable aumentó por solo un 1.6% y el porcentaje de aquellos con acceso a alcantarillado se redujo por casi un 10%. Interagua comenzó a operar en el 2001 y para el 2003 ya había aumentado el acceso a la red de agua por un 8% y la cobertura del alcantarillado por un 9%.

Para aquellos que dependían de los tanqueros, el metro cúbico de agua ahora es 10 veces más barato. Esto sucede porque ECAPAG, ahora la agencia encargada de supervisar a Interagua, ha establecido un sistema de tarifas en el cual los consumidores son divididos en cinco grupos de acuerdo a su ingreso y de los cuales los tres grupos más ricos subsidian el consumo de los dos grupos más pobres.

Interagua no engañó ni despidió arbitrariamente a los anteriores trabajadores de ECAPAG. De hecho, recontrató a 800 de los 1,400 que trabajaban para ECAPAG y los 600 que perdieron su trabajo en gran parte lo hicieron luego de haber pactado generosos paquetes de jubilación y programas de entrenamiento.

La compañía ha continuado mejorando sus procesos de producción y su atención al cliente. La superior eficiencia del personal de Interagua—se necesita menos de la mitad de trabajadores por cada 1,000 conexiones de agua nuevas que en la compañía pública de Quito, EMAAP-Q—también ha resultado en menores costos de producción. Tratando de mantener contentos a sus clientes, Interagua de hecho visita a los que reciben cuentas muy altas para ayudar a identificar fugas internas y provee descuentos discrecionales luego de que el problema se ha solucionado. El número de clientes atendidos por Interagua aumentó por un 80% entre el 2003 y el 2004 y las quejas de los clientes, debido a cuentas excesivamente altas, se redujeron por un 20% durante el mismo periodo.

No es de buena gente que Interagua está ofreciendo mejor agua a un mejor precio para los guayaquileños más pobres. Ni tampoco es de desesperados que los más pobres como los de la Isla Trinitaria inmediatamente escogen a Interagua por sobre los tanqueros. Los primeros lo hacen para ganar plata y los otros para obtener agua de mejor calidad y más barata. Mientras que Interagua genera ganancias para sus dueños, expande la red de agua potable y el acceso al alcantarillado, los guayaquileños más pobres están adquiriendo un servicio básico a un precio menor.

Puede que sea inmoral, pero cuando uno tiene sed, no importa quien purificó o distribuyó el agua. Por más bondadosos que queramos ser, las guerras ideológicas no le quitan la sed a nadie.