Reduciendo el tamaño del gobierno federal

Por Carlos M. Adrianzén Cabrera

Para quien está acostumbrado a resignarse respecto a lo fácil que resulta en nuestro medio consensuar sobre la existencia de un supuesto déficit de estado -esa peregrina visión que sostiene que todos nuestros males (atraso, pobreza, desempleo o baja inversión) deben ser resueltos a través de nuevas expropiaciones o tributos- descubrir que otros habitantes del planeta sufren del mismo mal no proporciona mayor alivio. Implica más bien un claro indicador de lo contagioso y difícil de curar de esta suerte de enfermedad; así como lo determinante que debe ser la actitud política requerida para revertirla.

Ésta es quizás la principal reflexión que nos deja la lectura del último libro de Chris Edwards, Downsizing the Federal Government (Reduciendo el tamaño del Gobierno Federal), publicado por el Cato Institute en marzo pasado. A lo largo de él, después de establecer la magnitud de una escala de gastos generalizados que, ceteris paribus, augura problemas serios para la economía norteamericana y la global, Edwards no plantea pócimas mágicas o instantáneas para desinflar un sistema fuera de control; bosqueja en cambio reformas concretas en el ámbito tributario, presupuestario y de las instituciones electorales para reducir el sesgo pro-gasto de todo el sistema federal.

En el ámbito tributario el autor destaca algo que usualmente –en nuestras discusiones anuales sobre alguna enésima reforma tributaria- obviamos o queremos obviar. Estructuras tributarias diferentes nos llevan a disímiles capacidades fiscales. Los impuestos difusos o indirectos, resultan muchas veces invisibles para los contribuyentes y le facilitan a los burócratas y políticos de turno gastar con mayor facilidad. Según Edwards es aconsejable la aplicación de un código tributario, que nos permita ponderar cuánto nos están extrayendo ayuda mucho en esta dirección. Por todo esto, la tributación debe resultar lo más simple y transparente que resulte posible. Sobre este punto cae de madura esta interrogante: ¿Cuánto cambiaría la productividad tributaria peruana –y cuánto se podrían reducir las tasas impositivas vigentes- si simplificando las cosas, aplicásemos lo que plantea Edwards y eliminásemos todo escalonamiento, exoneración o tratamiento especial?

Sobre esta reflexión, recordemos la frase de H. L. Mencken parafraseada por Edwards: “La democracia implica la teoría según la cual el común de la gente sabe lo que quiere y merece tenerlo por las buenas y por las duras1.

En materia presupuestaria, el libro reseñado dibuja una mezcla articulada y coherente de límites y recortes dentro de un claro esfuerzo por profundizar la transparencia en la asignación de los recursos. Todo ello, se concentra en la búsqueda de esquemas presupuestarios simples (blueprints simple and binding). Así se facilita tanto el cabildeo legal como las labores de contraloría.

Finalmente, el autor no pierde su tiempo planteando una reforma a la institucionalidad electoral al estilo de un iluminado tropical. Con una nueva ley de partidos a algo similar. Edwards plantea, dentro de las estructuras de los partidos políticos dominantes, demócratas y republicanos, sobre la base que la responsabilidad fiscal necesita estar basada en principios y ser meridianamente clara.

A lo largo del libro el autor destaca como el presupuesto federal norteamericano podría ser reducido por $300.000 millones de dólares, solamente aplicando la serie de recortes tributarios proyectados por la actual administración.

Edwards, quien es actualmente director de Estudios de Política Fiscal en el Cato, insiste en que el gobierno federal está dirigiendo a la economía norteamericana hacia una severa crisis financiera gracias a cuadros severos de indisciplina crónica (chronic overspending), abultados desequilibrios y los incrementos galopantes de los costos de los sistemas estatales de seguridad social y de salud pública (Medicare). Capítulo a capítulo el autor detalla dónde podrían reducirse los gastos enfocando institución por institución. Como una muestra meridiana de que el gobierno federal ha crecido fuera de control, Edwards documenta el flujo sostenido de escándalos registrados en múltiples agencias federales, pasando desde el Departamento de Energía hasta la Oficina de Asuntos Nativos (Bureau of Indian Affairs). Comparativamente, por ejemplo, la evidencia local de irrebatibles dispendios en PetroPerú (y sus remodelaciones), el Banco de la Nación (y sus incomprensibles pagos a terceros) o el caso del Banco Central de Reserva (con sus comisiones directorales), sugiere que las burocracias se parecen mucho más de lo que se sostiene usualmente.

Según el autor, en las última década el gobierno federal norteamericano ha crecido tanto que el congreso ha perdido toda capacidad de fiscalizar propiamente un sistema que gasta 2,3 trillones de dólares. De hecho, sostiene, existen actualmente más de una centena de programas de prioridad más que discutible o baja que podrían cortarse sin mayores consecuencias.

Las buenas noticias, sostiene Edwards, son que "los norteamericanos han probado que no necesitan de este gobierno inflado”. Sostiene además que la mayoría de los programas federales vigentes son inconstitucionales, innecesarios, activa o podrían ser propiamente administrados por los gobiernos de cada estado, las municipalidades, la comunidad o las empresas del sector privado. En nuestro país, las buenas noticias que sugiere el autor, persisten postergadas por la falta de toma de conciencia del peruano común, respecto a que las soluciones estatales son usualmente mucho peores que los problemas que se intentan resolver.

Este artículo es una reseña del libro de Downsizing the Federal Government (Cato Institute 2006) y fue publicado originalmente el 7 de julio de 2006 en la Revista de Economía y Derecho de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas.

1. En inglés: “Democracy is the theory that the comon people know what they want, and deserve to get it good and hard”.