Redefinir el capitalismo

Carlos Rodríguez Braun dice que "el capitalismo no puede entenderse sino como el sistema de economía libre basado en la propiedad privada y los contratos voluntarios, en cuyo caso la única forma de 'mejorarlo' sería fortaleciendo el derecho de propiedad y la salvaguardia de los contratos. Pero nunca es eso lo que se plantea, seguramente por la clásica pereza intelectual que utiliza la expresión 'capitalismo' no para aludir a un sistema sino a la confusa realidad".

Por Carlos Rodríguez Braun

Es lo que piden (“Redefining capitalism”) Eric Beinhocker y Nick Hanauer en McKinsey Quarterly. Ellos se declaran partidarios del capitalismo pero creen, como tantos otros, que debe ser reformado para mejorarlo.

Constatemos de entrada que el capitalismo no puede entenderse sino como el sistema de economía libre basado en la propiedad privada y los contratos voluntarios, en cuyo caso la única forma de “mejorarlo” sería fortaleciendo el derecho de propiedad y la salvaguardia de los contratos. Pero nunca es eso lo que se plantea, seguramente por la clásica pereza intelectual que utiliza la expresión “capitalismo” no para aludir a un sistema sino a la confusa realidad: se dice “capitalismo” cuando se quiere decir “lo que hay”. Como sabe cualquiera que se limite a observar, la realidad está lejos de representar un sistema de reglas que proteja la propiedad y los contratos. Con lo cual, a saber qué cosa queremos “mejorar”.

Pero esta complejidad no perturba a nuestros autores, que repiten la vieja ficción de que el capitalismo (la realidad) es lo que la teoría neoclásica describe como tal, es decir, un mero artefacto asignativo puramente crematístico e sustancialmente eficiente, que cualquiera con una neurona atada a la espalda es capaz de demoler, descubriendo con insólita astucia que los mercados no son perfectos y que el dinero no da la felicidad (cabe sospechar que las alternativas a los mercados son aún peores y que la falta de dinero no garantiza per se dicha alguna).

Recordemos que estos autores no son comunistas que quieren acabar con el capitalismo, sino políticamente correctos que quieren “mejorarlo” porque han visto, linces, que resuelve problemas.
Por desgracia, como tantos otros, todo lo que se les ocurre para mejorar el capitalismo es socavar sus dos instituciones fundamentales, como si eso fuera inocuo o incluso saludable.

Con toda alegría se adentran en terreno de un enemigo al que difícilmente se vencerá o convencerá rindiéndose de entrada, y sosteniendo que hay que reorientar las empresas hacia la “solución de problemas sociales”, espolvoreando dogmas como que las “economías desreguladas son universalmente pobres”, lo que hará reír en Hong Kong y llorar en mi Buenos Aires querido.

Por fin, la gran solución para redefinir el capitalismo es, cómo no, la democracia, a la que describen de modo convencional y pueril como el mejor mecanismo para “maximizar la equidad y la legitimidad y que a grandes rasgos [esto me encanta] refleja las opiniones de la sociedad”, y para colmo de bienes “sortea los defectos y debilidades inherentes al capitalismo”. Vamos, como si los gobiernos que han arrinconado el capitalismo, hostigado la propiedad privada y atenazado los contratos con toda clase de costes, impuestos, tasas, deudas, controles, regulaciones, prohibiciones y multas no hubiesen sido impecablemente democráticos.

Este artículo fue publicado originalmente en Expansión (España) el 9 de marzo de 2015.