¿Políticas económicas escalofriantes?

Por Richard W. Rahn

¿Por qué algunas economías crecen mientras otras no? El crecimiento económico ha preocupado a muchos economistas en los últimos dos siglos. Afortunadamente sabemos de largo cuales políticas fomentan el crecimiento económico y cuales no.

Desgraciadamente todavía existe mucha ignorancia económica en los medios y en la clase política, haciendo afirmaciones de que tales y tales políticas generarán crecimiento cuando de hecho, van a generar lo contrario.

Para entender que es lo que realmente genera crecimiento económico empecemos con lo básico. El crecimiento ocurre cuando la inversión productiva de capital se incrementa (esto es, nuevas y mejoras fabricas y maquinarias, incluyendo computadoras y sistemas de información); el monto y la calidad de mano de obra se incrementa; y cuando las innovaciones o políticas reducen los costos. Estudios tradicionales acerca de la economía estadounidense muestran en líneas generales un incremento en la inversión de capital equivalente a un 0.75 por ciento del crecimiento anual, un incremento en la productividad de la mano de obra equivalente a un monto similar en el crecimiento anual, mientras que reducción en el costo real (innovación y productividad) equivale a un 1.5 por ciento anual, dando una tasa promedio total de 3 por ciento anual.

Uno de los más respetados economistas del mundo es el Profesor Arnold Harberger, quien ha dedicado gran parte de su larga y productiva vida estudiando los factores que afectan el crecimiento económico y aconsejando a gobiernos. En un ensayo presentado el 15 de agosto ante la Mont Pelerin Society, el Dr. Harberger argumenta que dada la historia económica “es motivo de regocijo cuando un país maneja una tasa de crecimiento anual de 3 a 4 por ciento en términos reales”. EE.UU. ha manejado estas cifras durante el último cuarto de siglo. Las reformas de Reagan desencadenaron un espectacular crecimiento promedio superior a 4 por ciento en los últimos 7 años de su presidencia. En la mitad de los años 90, otra vez tuvimos un crecimiento mayor al 4 por ciento y otra vez en los últimos dos años.

El Dr. Harberger argumenta que el movimiento hacia un comercio más libre ha tenido un impacto medible y notablemente positivo no solo en EE.UU. sino también en el crecimiento de la economía mundial. La liberalización del comercio reduce los costos reales de la materia prima, de los componentes y de los productos finales y, por lo tanto, incrementa el bienestar económico. Cuando el comercio es liberalizado, produce un brinco en el crecimiento económico, pero no afecta la tasa continua de crecimiento a menos que halla otra reducción en las barreras al comercio. Sin embargo, incluso una única reducción en las barreras comerciales continua teniendo un impacto positivo porque, aunque el crecimiento económico pueda ser constante, es ahora medido desde un nivel de ingreso permanentemente superior, permitiendo a todos estar mejor.

Los críticos de un comercio más libre apuntan a los costos de trabajos perdidos en fábricas especificas, y es cierto que los trabajadores de esa fabrica que pierden sus empleos están peor temporalmente, pero todos los que consumen esos productos más baratos están mucho mejor—y hay muchos más consumidores que productores de cualquier bien. Trate de imaginar un mundo donde no hay Wal-Marts o Home Depots, donde solo hay tiendas pequeñas vendiendo solo productos domésticos—ese es el mundo de 50 años atrás, en 1954. Algunos norteamericanos podían costear aires acondicionados y lavadora de platos. Los televisores en blanco y negro eran muy caros y poco confiables.

El norteamericano promedio ahora tiene casas 50 por ciento más grandes que medio siglo atrás, con múltiples baños, televisores a color y otros electrodomésticos que no existían, junto con carros más seguros y mejores. El incremento en la productividad y la liberalización en el comercio no ha generado la pérdida de empleos y reducciones salariales que los críticos predijeron. Empleos y salarios reales mayores han crecido más rápido que la población en la última mitad de siglo, por lo que ahora un mayor porcentaje de la población tiene trabajo que hace 50 años. El empleo promedio no solo paga mucho más (después de ser ajustado a la inflación), pero el ambiente laboral es muy superior para la mayoría de personas. Está claro que es mejor trabajar en una oficina con aire acondicionado o tiendas más agradables que trabajar en una mugrienta fábrica, o muy calurosa o muy fría.

Aquellos políticos que proponen políticas que restringirían el comercio, que incrementarían los impuestos al capital y/o al trabajo y que aumentarían las costosas regulaciones al trabajo y a los negocios están en efecto proponiendo políticas para reducir el crecimiento económico y laboral. Desgraciadamente, el Sr. John Kerry propone hacer todo eso. Él quiere poner restricciones en los actuales y futuros acuerdos comerciales—y cada uno de estos causaría una única caída en la línea base del crecimiento y una reducción permanente en el nivel económico.

Su propuesta de “gravar a los ricos” haría, de hecho, incrementar los impuestos sobre el capital—i.e., ganancias de capital, dividendos y ahorros, todos los cuales reducirían el stock de capital (Él ha argumentado que lo negativo de su propuesta de incremento a los impuestos será compensado por una caída en el déficit, pero sus propuestas de gasto exceden varias veces cualquier posible incremento en el ingreso de su paquete fiscal). También, su propuesta de elevar el salario mínimo e imponer otras restricciones en el empleo de trabajadores solo reducirá empleos y salarios reales.

Tales políticas no son caritativas. De hecho son dañinas, ya sea que el Sr. Kerry no entienda o decida no entender la realidad económica.

Tanto el Sr. Kerry y el Presidente Bush deberían de proponer mayores recortes específicos en otros gastos gubernamentales y costos regulatorios para compensar el incremento en el precio del petróleo e incrementos en los costos de seguridad interna si desean que se mantenga el crecimiento de la economía. Los norteamericanos se merecen de sus lideres más que meros deseos y retórica absurda.

Traducido por Nicolás López para Cato Institute.