Perú: Tablas de mortalidad

Iván Alonso dice que "La nueva tabla de mortalidad, suponiendo que refleja correctamente la dinámica de nacimientos y defunciones, no va a perjudicar a los afiliados a las AFP, como maliciosamente quieren hacer creer los políticos".

Por Iván Alonso

Descubrir que vamos a vivir más tiempo del que pensábamos debería llenarnos de alegría. Sin embargo, la nueva tabla de mortalidad publicada por la Superintendencia de Banca, Seguros y AFP (Administradoras de Fondos Privados), que dice precisamente eso, se ha convertido más bien en motivo de preocupación por su posible, pero de ninguna manera inevitable, efecto de reducir las pensiones. Alan García ya empezó a hacer demagogia con eso; otros candidatos pronto lo seguirán.

El sistema privado de pensiones se rige por el sano principio de que la pensión que cada uno recibe sale del fondo que ha acumulado. Pero ¿cómo nos aseguramos de que ese fondo alcance? Una persona que se jubila a los 65 años puede vivir, digamos, hasta los 75. Si ha acumulado un fondo de 180.000 soles, puede recibir 1.500 soles mensuales por el resto de sus días. (Un poco más por los intereses). Pero ¿qué pasa si vive hasta los 85? Para que no se quede sin pensión en sus últimos diez años, la reducimos a 750 soles. ¿Y si vive hasta los 95? Tenemos que reducirla aún más. Pero un exceso de precaución no es bueno tampoco. Le damos una pensión de 500 soles pensando que va a vivir hasta los 95, pero se muere a los 80. La mitad de su fondo quedará intacta y le será entregada a sus herederos, sin duda; pero el pobre hombre pudo haber sido más feliz con el doble de pensión.

El problema fundamental es que no sabemos cuántos años más va a vivir un afiliado. Mejor dicho, no sabemos cuánto va a vivir cada afiliado en particular. Pero sí podemos tener una idea más o menos exacta de cuánto vivirá, en promedio, alguien que llega a la edad de jubilación, o sea, su expectativa de vida. Y sabiendo su expectativa de vida podemos darle una pensión que sea proporcional a su fondo individual, pero que, tomada en conjunto con las demás, no agote antes de tiempo los fondos acumulados por todos los jubilados ni deje saldos sobrantes.

Una tabla de mortalidad sirve justamente para calcular la expectativa de vida. Mirando los registros de nacimientos y defunciones podemos saber cuántas personas que llegaron a los 65 años murieron antes de cumplir 66; cuántos cumplieron 66 y murieron antes de los 67; y así sucesivamente. Podemos construir ahora una serie que diga qué porcentaje de los jubilados vivirá un año más, dos años más, tres años más... Con esos porcentajes calculamos cuántos años más, en promedio, vivirá un jubilado.

La nueva tabla de mortalidad, suponiendo que refleja correctamente la dinámica de nacimientos y defunciones, no va a perjudicar a los afiliados a las AFP, como maliciosamente quieren hacer creer los políticos —y desavisadamente los medios—. Todo lo contrario: va a sincerar la expectativa de vida para que el sistema privado de pensiones sea sostenible y no caigamos de nuevo en las miserias del sistema estatal.

Evidentemente, si vamos a depender más tiempo del fondo que hayamos acumulado, la pensión que podemos retirar mes a mes tiene que ser menor... en proporción al fondo, pero no necesariamente en términos absolutos. La solución es acumular un fondo más grande. Pero no aumentando la tasa de aporte al sistema, como proponen las AFP, sino la edad de jubilación. Una mayor expectativa de vida significa que llegaremos a los 65 años en mejores condiciones físicas y mentales. En consecuencia, podremos —y muchos seguramente también querremos— trabajar unos años más.

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Ecuador) el 6 de noviembre de 2015.