Perú: Mercado en emergencia

Iván Alonso señala que "Lo que nos llama la atención es que la bolsa no se haya desarrollado como el resto de la economía. . .Una comparación del año 2004 con el 2014 resulta ilustrativa. El volumen negociado es prácticamente el mismo, en proporción al PBI: un 2,5%".

Por Iván Alonso

Faltan ocho meses para que MSCI, la empresa que difunde indicadores bursátiles del mundo entero, decida finalmente si pasa a la Bolsa de Valores de Lima de la categoría de mercados emergentes a la de mercados fronterizos. No sabemos si las gestiones de las autoridades locales para evitarlo tendrán éxito. No queremos tampoco especular sobre las posibles consecuencias. Lo que nos llama la atención es que la bolsa no se haya desarrollado como el resto de la economía.

Una comparación del año 2004 con el 2014 resulta ilustrativa. El volumen negociado es prácticamente el mismo, en proporción al PBI: un 2,5%. El número de compañías listadas ha aumentado de 230 a 275. Pero casi la mitad de las nuevas compañías listadas son bancos, que están ahí no por propia voluntad, sino porque la ley los obliga. Las acciones que se transan regularmente, si por “regularmente” entendemos más del 60% de las jornadas bursátiles, antes eran 30 y ahora 34.

La reducción de comisiones, que es una de las ideas que han lanzado los directivos de la bolsa, algo ayudará a incrementar la actividad, pero no va a cambiar radicalmente la tendencia. Lo mismo que la exoneración temporal del impuesto a las ganancias de capital —que en esta columna hemos sugerido condenar al fuego eterno— decretada el mes pasado.

La escasa actividad bursátil es técnicamente un problema de negociación secundaria, o sea, de transacciones entre inversionistas con acciones que ya están en circulación. Pero fuera de las Administradoras de Fondos Privados (AFP) y las compañías de seguros, no hay muchos inversionistas que puedan comprar y vender grandes paquetes de acciones para darle movimiento al mercado.

El problema, sin embargo, es más profundo. Es un problema de oferta y demanda en el mercado primario. ¿Cuántas compañías quieren emitir acciones y ofrecerlas al mercado, abriendo su capital para recibir a nuevos inversionistas? ¿Y cuánta gente está dispuesta a arriesgar sus ahorros para comprar acciones de compañías que no controla?

La mayoría de empresas, incluyendo muchas de las que están listadas en bolsa, tienen —o, más bien, mantienen— un tamaño que les permite operar y crecer sin necesidad de incorporar a nuevos accionistas. Dos conocidas compañías emitieron bonos hace algunas semanas. Una de ellas tiene grandes proyectos entre manos; la otra acaba de comprarse a un competidor en un país vecino. Ambas tenían necesidades de capital, pero ninguna optó por emitir acciones. Prefirieron endeudarse. Nadie puede culparlas por esa decisión; es simplemente un hecho. Lo que habría que preguntarse es por qué prefieren asumir más deudas —y eventualmente limitar su crecimiento— antes que diluir la participación de sus principales accionistas.

Por el lado de la demanda, el público tampoco parece estar muy interesado. Más son los que tienen acciones a pesar de sí mismos. Las tienen indirectamente, a través de sus fondos de pensiones, pero son mayormente indiferentes a la inversión en bolsa. Solo una minoría lo hace deliberadamente. Es por eso que no existen inversionistas institucionales importantes, fuera de las AFP y las compañías de seguros, como los fondos de inversión que hay en otros países. Si no se consigue motivar a más gente para que tome riesgos, para que saque su plata del banco y compre acciones en busca de mayor rentabilidad, el futuro de la bolsa no se ve muy prometedor.

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 30 de octubre de 2015.