Muros, mitos y mentiras

Por Roberto Salinas-León

Es irónico, y sumamente triste, que un país que debe gran parte de su alto nivel de desarrollo a la inmigración, muestre una actitud tan visceral, tan llena de xenofobia, a las propuestas de flexibilizar los flujos migratorios, sobre todo en la franja fronteriza entre los EUA y México.

Sin embargo, ni las nuevas propuestas legislativas, ni las nuevas medidas en partes como el estado de Georgia, ni siquiera un muro gigantesco en la frontera, logrará detener un fenómeno económico inevitable, como es la migración de insumos laborales. La gran mayoría de los argumentos que presenta la oposición al fenómeno migratorio son falaces, ya sea la tontería que los inmigrantes desplazan fuentes de trabajo de trabajadores nativos, o incluso que presionan los salarios a la baja. Ni la lógica económica ni la evidencia de los hechos empíricos avalan estas posiciones.

Si se consideran sólo factores de la economía real, y la lógica económica, todas las decisiones alrededor de flexibilizar los mercados laborales de inmigrantes serían, como se dice entre los mismos gringos, un “no-brainer.” O sea, sería obvio. Eventualmente, si hay libertad de flujos en bienes, en servicios, en capitales, tenderá a generarse presiones para aumentar la libertad en el factor de producción llamado trabajo. Tal como se explica en Asuntos Económicos en este mismo portal, “cuando gobiernos interfieren la integración natural que se da en los mercados, sólo acaban distorsionando los precios, alterando la asignación de recursos óptima. Con estas decisiones se favorecen a diversos intereses, pero no a los del pueblo americano.” Es decir, desde hace varias décadas las “necesidades de sectores estadounidenses requieren de la fuerza laboral mexicana. Esto se da en un contexto de bajos costos para empresas, lo que se traduce en productos al consumidor a precios competitivos.”

Por ello, sólo un afán legalista, analfabeta en materia económica, propondría algo tan ridículo como, por ejemplo, exigirle a trabajadores indocumentados que tengan menos de dos años, salir de su entorno para regresar a su país y primero “normalizar” su situación migratoria.

Un factor adicional, de carácter fiscal, lo ha venido expresando, en su forma sutil, desde hace varios años, el célebre Alan Greenspan. El crecimiento de la población activa está disminuyendo, producto de las tendencias en tasas de fertilidad, a la vez que los avances en medicina han permitido aumentar la tasa de mortalidad. En el sistema de beneficios de retiro y apoyo médico, ello implica que obligaciones fiscales futuras rebasan la capacidad real de aportación por parte de los contribuyentes actuales. El sistema vigente enfrenta un gigantesco déficit crónico. La solución conlleva la necesidad de enfrentar ajustes durosâ€"ya sea la reducción de beneficios, o el aumento en la edad oficial de retiro, o la necesidad de adoptar un sistema de cuentas personales de retiro. La alternativa más viable, por más políticamente incorrecta que sea, es flexibilizar las normas del mercado laboral, para admitir un mayor flujo de trabajadores inmigrantes.

Si la xenofobia actual tuviese sustento, entonces se deberían aprobar medidas para restringir los flujos migratorios entre, digamos, el estado de Mississippi, y el estado de California; o, entre las zonas rurales del estado de Nueva York, y su capital.

Por otro lado, debemos admitir que una parte del fenómeno migratorio se debe a fuerzas más allá de la integración naturalâ€"concretamente, a la falta de fuentes de empleo que exige la fuerza laboral mexicana. Este es un problema de las bases del crecimiento en nuestra economía, y por ello, de la necesidad de las famosas reformas estructurales. Pero a nuestros políticos, como a los de allá también, les encanta creerse sus propias mentiras.