Mitt Romney: Luchando las batallas comerciales de la década anterior

Daniel J. Ikenson dice que "no hay una relación inversa discernible entre el valor de la moneda china y el tamaño del déficit bilateral o entre el tamaño del déficit bilateral y el número de empleos en la economía estadounidense".

Por Daniel J. Ikenson

Si Mitt Romney es electo, será interesante ver cómo se desafilia de su muy repetida promesa pública de denominar a China como un país que manipula su moneda (en inglés) en su primer día en la Casablanca. De hecho, tal vez no lo sea. No cumplir con promesas de campaña difícilmente amerita una disculpa por parte de la clase de políticos en boga hoy en día. Ellos no se avergüenzan.

Y hay un precedente.

Unos meses antes de llegar el poder en 2009, el presidente Obama —luego de ganarle a la senadora Clinton en las primarias con serias promesas de reconsiderar y renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en términos supuestamente más favorables para los intereses estadounidenses— se reunió con el primer ministro Stephen Harper y el presidente mexicano Felipe Calderón para decir, “ah, solo estaba bromeando” (en inglés).

Hay varias razones importantes por las que un Romney presidente no cumplirá con su promesa.

Primero, a menos que el reporte semi-anual del Departamento de la Tesorería ante el congreso sobre las prácticas de las monedas extranjeras —debía publicarse este mes pero fue “valientemente” retrasado por el presidente Obama hasta después de las elecciones— no sea emitido durante el período final del gobierno, no habrá fundamento para denominar a la moneda china como manipulada. El próximo reporte que le permitiría al presidente denominar a la moneda china como una moneda manipulada —una acción que legalmente provocaría “consultas” (como si eso fuese una novedad) entre el gobierno de EE.UU. y el de China— no será publicado hasta por lo menos abril de 2013.

Segundo, conforme el presidente Obama (que en un momento también fue un antagonista de la moneda china, en inglés) aprendió rápidamente, la política monetaria es un asunto muy complicado con implicaciones y consecuencias que abarcan todos los aspectos de la política económica. ¿De verdad quieren los presidentes estadounidenses ocasionar aumentos de precios, una reducción de los ingresos reales y aumentos en el costo de vida de las familias estadounidenses de clase media y clase media baja? ¿Acaso los políticos estadounidenses —que ciertamente han demostrado ser unos magos fiscales— están calificados para dictar políticas a los gobiernos extranjeros considerando sus propios problemas económicos, los que podrían perjudicar a un quinto de la población mundial? ¿Es moral que los deudores estadounidenses le digan a sus acreedores chinos que reduzcan el valor de sus inversiones en la deuda estadounidense, particularmente mientras que el descontrolado endeudamiento y gasto por parte del gobierno estadounidense continúa sin ser abordado? ¿Está EE.UU. preparado para los shocks de precios de los commodities y otros golpes conducidos por la demanda que serían desencadenados mediante una rápida apreciación del poder de compra de 20 por ciento de la población mundial? No esperaba que estas preguntas sean contestadas en un debate presidencial, pero contemplarlas ayuda a explicar las grandes diferencias entre la retórica política y la realidad política que rodea a la cuestión de la moneda china.

Tercero, no hay evidencia (cero, nada, nula) en el dominio público de que un yuan chino que se esté apreciando conduciría al crecimiento económico y a la creación de empleos en EE.UU. El supuesto ha sido que un yuan en apreciación conduciría a una reducción en el déficit bilateral y esa reducción conduciría a la creación de empleos en EE.UU. Pero no hay una relación inversa discernible entre el valor de la moneda china y el tamaño del déficit bilateral o entre el tamaño del déficit bilateral y el número de empleos en la economía estadounidense. De hecho, este estudio (en inglés) y este comentario (en inglés) y los enlaces incluidos en el muestran que un yuan en ascenso está más estrechamente asociado con un mayor déficit comercial estadounidense, que a su vez está asociado con más empleos —no menos— en EE.UU.

Si la moneda china está subvaluada, su efecto sobre las empresas estadounidenses y la creación de empleos en EE.UU. es mínimo. China es una importante economía procesadora de exportaciones, lo que significa que sus fábricas importan mucha materia prima y bienes intermedios para alimentar las máquinas y procesos que manufacturan y ensamblan los productos terminados que luego exporta a EE.UU. y otros lugares. Si la moneda está subvaluada, esos insumos importados han estado costándole más a los productores/ensambladores chinos que lo que deberían costarles. Y algunos de esos costos más altos han sido traspasados a los consumidores en la forma de precios más altos. Si se forzara la apreciación de la moneda, los costos de esos insumos caerían, reduciendo el costo de producción y el costo de los productos terminados para los consumidores estadounidenses. Aquellos que han estado haciendo llamados a que se apruebe una ley sobre monedas solo han considerado el impacto de los valores de las monedas sobre los precios finales y no sobre el costo de la producción. Consecuentemente, han estado equivocados, como este comentario (en inglés) y los enlaces incluidos en el lo demuestran.

Cuarto, los economistas solían estar ampliamente de acuerdo acerca de que la moneda china estaba subvaluada —aunque había un amplio desacuerdo sobre la magnitud. Mientras que todavía hay muchos más economistas que creen que la moneda está subvaluada que los que creen que no lo está, los precios de las importaciones de China han estado aumentando relativamente consistentemente desde 2007 (con una breve interrupción durante la recesión de 2008-2009), como este gráfico del Banco de la Reserva Federal de St. Louis lo muestra. Y hay una creciente evidencia de que las opiniones acerca del valor de la moneda de China están o estarán cambiando.

En los últimos meses, se han publicado muchos reportes como el que se destacó hace poco en la portada del Wall Street Journal (en inglés) acerca de los flujos salientes de inversión que se han dado en China. Los chinos ricos han estado tratando de sacar sus activos de China, probablemente como una protección en contra del futuro incierto de la economía china bajo su nuevo liderazgo y por el simple hecho que la tasa de crecimiento económico se verá reducida por la mitad este año en relación al año pasado y que tal vez sea reducida nuevamente por la mitad el próximo año. Si China levantara sus restricciones sobre la cuenta capital, es evidente que habría mucha más fuga de capitales de la que se ha dado, considerando las rutas enrevesadas que deben tomarse para lograr sacar recursos de la China bajo su nuevo sistema restrictivo. Si esa fuga por parte de los nacionales chinos espanta a los inversionistas extranjeros lo suficiente como para desalentar los flujos entrantes de capital, podría haber una importante presión a la baja sobre el yuan chino en virtud de un régimen de flotación libre de la moneda, de manera que la moneda ahora estaría sobre-valuada, no subvaluada.

Quinto, la moneda es el campo de combate de la década pasada. Si Mitt Romney cree en el “libre comercio”, su enfoque con respecto a China debería estar en corregir el fracaso de ese gobierno en cuanto a honrar su promesa de liberalizar y en cuanto a los mal concebidos esfuerzos de políticos estadounidenses de obstaculizar el comercio legítimo entre los exportadores chinos y los consumidores estadounidenses.

Este artículo fue publicado originalmente en Forbes.com (EE.UU.) el 16 de octubre de 2012.