Mill y Rodríguez Braun

Alberto Benegas Lynch (h) comenta la nueva edición de Sobre la libertad de John Stuart Mill con introducción y "notas de gran valor aclaratorio" de Carlos Rodríguez Braun.

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Creo que fue Emerson el primero en destacar que en el interminable proceso del conocimiento nos trepamos en los hombros de gigantes lo cual nos permite cubrir horizontes mas vastos. Mis exploraciones de John Stuart Mill se resumían a su obra sobre lógica, su interesante escrito sobre el gobierno representativo, el texto de economía política, su muy difundido libro de la libertad y su autobiografía (su ensayo sobre el utilitarismo nunca me atrajo demasiado y el referido a la mujer lo miré más bien en diagonal), todos mientras cursaba en la universidad (ninguno recomendado por profesores, puesto que en mis dos carreras universitarias emparentadas todo lo que tuviera alguna reminiscencia liberal era ignorado y las pocas referencias eran siempre peyorativas para esa tradición de pensamiento).

Pero henos aquí que ocurrieron dos episodios —ahora tres— que me hicieron ver las contribuciones de Mill desde otra perspectiva. Sabía de la influencia socialista que ejerció su amada Harriet Taylor sobre el pero no le había tomado el peso al asunto hasta que F. A. Hayek, en una de sus visitas a la Argentina, en la biblioteca de mi casa, pidió que le alcanzara el antes mencionado texto de Mill sobre economía y, aunque la edición estaba en castellano, ubicó de inmediato el ahora para mi célebre capítulo donde separa la producción y la distribución como si se trataran de fenómenos independientes en lugar de estudiarlos como dos caras del mismo proceso, lo cual reforzó el precedente y dio pié a las tan populares y conceptualmente erradas “redistribuciones del ingreso”. Mucho después vi esta crítica desarrollada en el libro de Bethell (The Noblest Triumph, título tomado de una conocida frase de Jeremy Bentham) en un capítulo titulado “Mill, Marx and Marshall”. Después de esa visita de Hayek me zambullí con más interés aún en aquel libro de Mill que antaño había servido de texto durante largos períodos en distintas universidades del mundo y descubrí que consideraba de “valor limitado” y “transitorio” a la institución de la propiedad privada y la herencia que según el provenían de “la vieja política económica” y que socialismos como los de Furier y Saint-Simon “no pueden decirse que en verdad sean impracticables”.

El segundo episodio que me quedó grabado coincidentemente también ocurrió en mi casa a raíz de la presencia del muy afable Max Hartwell de Oxford quien nos habló detalladamente y de manera bastante emotiva de la parte de la autobiografía de Mill en la que pone de manifiesto su profunda crisis a los veinte años como consecuencia de no haber disfrutado a su debido tiempo de aspectos propios de la edad (como es sabido, leía griego a los tres, conocía buena parte de lo escrito sobre historia clásica a los ocho y estaba bien equipado en economía, filosofía y matemática a los doce). Aunque, como el mismo relata, la crisis se atenuó algo cuando supo que no estaba “hecho de piedra” al llorar desconsoladamente como consecuencia de párrafos desgarradores en un libro de memorias, Hartwell elaboró sobre la importancia de una educación equilibrada en cada etapa de la vida en el contexto de los principios liberales. Hasta ese momento tenía la idea de que James Mill había logrado un prodigio con su hijo sin percibir que evidentemente había forzado la mano con la enseñanza precoz. Más adelante comprobé que en su autobiografía Mill consideraba que la antedicha separación del proceso producción-distribución en su texto de los principios constituyó una gran contribución y la marca distintiva respecto de “todas las exposiciones previas de política económica que tuvieran la pretensión de ser científicas”.

A los dos puntos mencionados (y otros estrechamente vinculados con aquellos) no les había otorgado ni remotamente la importancia que revisten si no fuera por la calibrada percepción de los maestros de marras. Ahora incorporo otra visión del trabajo de Mill sobre la libertad debido a la magnífica edición de Carlos Rodríguez Braun.

Hasta el momento ese libro me había atraído por la elaboración de su “principio muy simple”: cada persona puede hacer con su vida lo que le plazca siempre y cuando no dañe a terceros. Incluso me atraía su mención a los derechos que me parecieron un tanto alejado de las nociones utilitarias. Me llamaba la atención su insistencia en la “tiranía de las costumbres” y como incide en las personas y las derivaciones en cuanto a la masificación y la pérdida de identidad. Me parecía razonable aquello de respetar los espacios públicos con normas elementales de decencia y, por último, la prioridad que le otorgaba el mantener abiertos todos los canales para el debate y no dar nada por sentado ni observar aquellos acuerdos tácitos de no discutir sobre ciertos temas. Además, confieso que me encandilaba la forma tan elegante y ágil de su escritura, especialmente en este libro.

La excelente edición de Rodríguez Braun (Madrid, Tecnos, 2008) lleva una muy sustanciosa y medulosa introducción y numerosas notas de gran valor aclaratorio e informativo del referido editor que dan un potente mazazo que tal vez pueda considerarse definitivo a la obra de Mill desde la perspectiva liberal. Para mí es como el último bastión que me quedaba después de tanto desengaño sobre un personaje que alguna vez tuve en una especie de pedestal intelectual.

Rodríguez Braun me ha hecho ver que en el ensayo de marras en verdad está presente su utilitarismo y, también, su pariente cercano, el positivismo. Está presente la concesión al príncipe de evaluar “balances sociales” y dictaminar acerca de las consecuencias queridas y no queridas, presentes y futuras. Hay una suerte de salvoconducto para la arrogancia y la soberbia del planificador de vidas y haciendas ajenas. Como apuntó Robert Nozick, el utilitarismo no toma los derechos seriamente y convierte al hombre en un medio para los fines de otros. La defensa de la libertad que se propone Mill en ese ensayo resulta que termina aplastando las autonomías individuales al abrir las compuertas para que el aparato estatal diseñe y construya el derecho en lugar de reconocerle prelación respecto a la existencia de la legislación y al monopolio de la fuerza que conocemos como gobierno. No hay en su esquema conceptual parámetros, mojones o puntos de referencia extramuros de la norma positiva.

Las eruditas y muy jugosas notas fruto del trabajo artesanal de Rodríguez Braun, ilustran con infinidad de ejemplos la ambigüedad y, a veces, las contradicciones del texto comentado. El ojo detectivesco y, por momentos, arqueológico del editor arrojan luz potente sobre delicados e intrincados asuntos que, además, puestas en contexto con las otras obras de Mill (“la popular falacia de que hay que socializar el capitalismo para salvarlo del socialismo”, editor dixit) deja al filósofo y economista londinense mal parado como referente del liberalismo, lo cual no disminuye la calidad de su pluma y las partes en las que apunta a la parición de una libertad desconocida durante largas épocas.

En resumen, he incorporado este volumen a mi biblioteca junto a dos ediciones anteriores (una con prólogo de Gertrude Himelfarb), ahora compruebo que ésta nueva edición es, hasta el momento, la más completa para consulta e investigación a pesar de que no está en el idioma en el que originalmente fue escrito.

A mis desilusiones sobre Mill agrego lo que me ocurrió hace unos años con su obra A System of Logic que durante largo tiempo consideraba el trabajo más estupendo en la materia (todavía observo mis glosas y subrayados con cierta melancolía en la edición de 1949 por Longmans, Green and Co. de Londres que me regaló mi padre). Mucho más adelante me percaté de su notoria ambigüedad en el tratamiento del libre albedrío en el contexto de su noción de necesidad: en el capítulo segundo del libro sexto aclara un mal entendido terminológico pero cuando en el cuarto capítulo del mismo libro va al fondo del asunto resulta que navega entre lo que hoy se denomina determinismo físico y la noción de mente como entidad distinta del cerebro. Y tengo un vago recuerdo —no estoy muy seguro que sea exacto (tendría que volver a leer las partes pertinentes)— en cuanto a que si en sus largas disquisiciones sobre la inducción en algún momento se desliza por la trampa de que hay allí necesidad lógica como para extrapolar del caso particular al general, tan bien aclarado primero por Popper y recientemente por Hawking.

En todo caso, resulta llamativa la impresión que quedan en nosotros los autores que en primera instancia nos envolvieron en sus elucubraciones aun cuando luego nos hayan desencantado debido, sin duda, a lecturas incompletas y a una atención deficiente. Tal vez esa permanencia se deba a que, en mi caso, al ser una de las lecturas primerizas en la carrera de economía terminaron siendo parte medular de mi historia. Ahora me sucede lo que Mill le escribe sobre su libro a Alexander Bain en carta que aparece como parte de un documentado anexo en esta publicación de Tecnos: “La gente está empezando a descubrir que las doctrinas del libro son más opuestas a sus antiguas opiniones e impresiones que lo que a primera vista les pareció y se están en consecuencia alarmando”.

Los sonidos, aromas y lugares de nuestra niñez también se imprimen de por vida en nuestros memoria y que volvemos a resucitar de tanto en tanto, claro que son grabaciones moralmente neutras lo cual no ocurre con libros que con el paso del tiempo consideramos errados en sus conclusiones, pero de todos modos quedan en los recuerdos como parte nuestra y tal vez por eso nos empecinamos en guardarles un espacio privilegiado. Esto me ocurre con Mill...a pesar de todo.