Militarización nacional: La semilla de un desastre

Por Gene Healy

Habiendo destruido una tradicional ciudad de EE.UU., el huracán Katrina puede también ser invocado para socavar un principio fundamental del derecho estadounidense; ese principio, incluido en la Ley Posse Comitatus, establece que cuando se trata de políticas nacionales, las fuerzas militares deben ser el último recurso, no el primero.

En su discurso televisado el 15 de septiembre, el Presidente Bush declaró que “es claro que un desafío de esta escala requiere mayor autoridad federal y un rol más amplio para las fuerzas armadas – la institución de nuestro gobierno con mayor capacidad de llevar a cabo operaciones logísticas masivas inmediatas”. El Senador John Warner (Republicano de Virginia), presidente del Comité del Servicio Armado va más allá. Luego de la tragedia de Katrina, sugirió debilitar la Ley Posse Comitatus, una ley federal antigua que restringe la habilidad del gobierno de utilizar las fuerzas armadas como policía. El portavoz del Pentágono, Lawrence Di Rita, la denominó como una ley “muy arcaica” que obstruye la capacidad del presidente de responder a una crisis.

Incorrecto. La Ley Posse Comitatus no es una barrera para que las tropas federales provean ayuda logística durante desastres naturales. Tampoco prohíbe al presidente usar al ejército para restablecer el orden en circunstancias extraordinarias, incluso sobre la objeción de un gobernador.

Lo que hace es fijar criterios que limitan la utilización de tropas federales como policía. Refleja una tradición de los EE.UU. de desconfiar del uso del ejército profesional para establecer el orden en el país, desconfianza bien justificada.

Existen muy buenas razones para rechazar cualquier presión hacia la militarización nacional. Como lo explicó una corte federal, “el personal militar debe estar entrenado para operar bajo circunstancias donde la protección de las libertades constitucionales no puedan recibir la consideración necesaria para asegurar su conservación. La Ley Posse Comitatus tiene el objetivo de cuidar contra ese peligro”. El General Russell Honore, comandante de las tropas federales que asisten en Nueva Orleans, pareció entender ese peligro cuando ordenó a sus soldados que mantuvieran sus armas apuntando hacia abajo: “Esto no es Irak”, dijo firmemente.

Los soldados son entrenados para ser guerreros, no para ser agentes de paz, que es como debe ser. Pero poner a soldados a trabajar en funciones que le conciernen a la policía civil puede resultar en daños colaterales serios a la vida y libertad de los EE.UU.

También puede atentar contra la calidad de las fuerzas militares, ya que cuando se fuerza a soldados a realizar las tareas de la policía civil, sus habilidades de guerra se deterioran. Eso es lo que concluyó la Oficina de Auditoría General (GAO, por sus siglas en inglés) en un informe del 2003 que analizaba algunas de las misiones de seguridad nacional que se requirieron de las fuerzas militares luego del 11 de septiembre. De acuerdo al informe, “Cuando se encuentran en misiones militares domésticas, las unidades de combate no pueden mantener su destreza debido a que esas misiones presentan menores oportunidades para practicar diversas habilidades necesarias para el combate y como consecuencia, ofrecen poco valor de entrenamiento”. La GAO también concluyó que dichas misiones también aplican mayor tensión a una fuerza militar ya comprometida fuertemente en el exterior.

Las leyes de los EEUU convocan a agentes civiles de paz para mantener la paz, o en su defecto, a la Guardia Nacional bajo el comando de su gobernador. Por lo tanto, tal vez deberíamos dejar de tratar a la Guardia Nacional como si no fuese diferente que la Reserva del Ejército. Cuando Katrina tocó tierra, había 7,000 guardias de Luisiana y Mississippi en Irak. Entre ellos, 3,700 eran miembros de la Brigada de Infantería Mecanizada N°256, quienes se habían llevado vehículos aptos para el tránsito en áreas inundadas y otros equipos que podrían haber sido utilizados mejor en Nueva Orleans. Los guardias en este país solo contaban con un teléfono satelital para toda la costa de Mississippi cuando Katrina pegó por primera vez—porque el resto estaba en Irak. El General Steven Blum, jefe de la Oficina de Guardias Nacionales, observó que si la Guardia Nacional de Luisiana “hubiese estado en el país y no en Irak, su preparación y capacidad podrían haber sido convocados para ayudar con el desastre”. La respuesta a desastres naturales y a disturbios civiles son los principales propósitos de la Guardia Nacional; intentar establecer la democracia en el Medio Oriente no lo es.

La tragedia de Katrina debe ser una oportunidad para repensar varias políticas federales, incluyendo nuestro promiscuo uso de la Guardia Nacional en el exterior. En cambio, Washington parece estar dispuesto a darle la bienvenida a más centralización y militarización nacional. Aquello siembra las semillas del un desastre de políticas públicas que empequeñecerían a la magnitud del Huracán Katrina.

Traducido por Marina Kienast para Cato Institute.