Lo que Obama ve y lo que no quiere ver

Juan Ramón Rallo dice que "el objetivo declarado de Obama es crear empleos, que las infraestructuras sean necesarias, rentables u oportunas para la economía es un asunto que le trae sin cuidado".

Por Juan Ramón Rallo

La lógica del intervencionismo estatal es ciertamente perversa. Bastiat la resumió como el expolio sistemático de “lo que no se ve” por parte de “lo que se ve”; la mano que quita y que destruye lo grande para dar y construir lo insignificante. Tomemos una deplorable noticia reciente: tras el clamoroso fracaso del plan de estímulo de Obama, el presidente de EE.UU. se empaña en seguir endeudándose y gastando sin casi freno alguno. Su última propuesta consiste en invertir 50.000 millones de dólares en crear puestos de trabajo con la excusa de mejorar la red de infraestructuras. Sí, han leído bien: el objetivo declarado de Obama es crear empleos, que las infraestructuras sean necesarias, rentables u oportunas para la economía es un asunto que le trae sin cuidado salvo como pretexto para gastar a mansalva y poner a los parados a producir lo que sea.

Uno podría temer que semejante decisión, aparte de interrumpir todo el proceso de reajuste de la economía estadounidense, vaya a incrementar aún más su déficit público. Pero no, Obama lo tiene todo pensado: el plan de infraestructuras se financiará dejando expirar la reducción de impuestos que aprobó Bush en su primera legislatura y que beneficiaba con particular intensidad a las rentas procedentes del capital; a saber, las plusvalías, las ganancias patrimoniales y los dividendos.

En otras palabras, Obama aboga por gravar el capital privado con tal de incrementar la dotación de capital público. ¿Tiene algún sentido económico esta decisión? No, en absoluto; si acaso posee un maquiavélico sentido político de tratar de incrementar el poder y la intervención del Estado a costa del mercado, de la prosperidad, del empleo y de la sociedad. Pero económico, ninguno. Veamos por qué.

Incrementar los impuestos sobre las rentas del capital reduce la rentabilidad real de las inversiones; es decir, la renta efectiva que afluye a los ahorradores se reduce debido a la mayor exacción fiscal. La consecuencia inmediata de esta descabellada política es que las inversiones marginalmente menos rentables dejarán de cubrir el coste del capital empleado (esto es, el coste de oportunidad que padecen los ahorradores por abstenerse de consumir y retrasar al futuro la satisfacción de sus necesidades) y ello supone que conforme se vayan depreciando no irán siendo amortizadas.

En otras palabras, una vez expiren los recortes fiscales de Bush, una parte del sector privado se irá descapitalizando poco a poco para ir sufragando inversiones en infraestructuras cuya finalidad declarada es crear empleo y no generar valor económico alguno. Pero si el sector privado se descapitaliza, la productividad marginal de los trabajadores se reducirá, de modo que a menos que acepten recortes en sus salarios, pasarán a engrosar las listas del desempleo. Es decir, con su política ultracortoplacista Obama estará creando empleo temporal y con muy poco valor añadido mediante la destrucción del empleo estable generador de riqueza. Lo que se ve —las nuevas infraestructuras populistas— arrasará sobradamente con lo que no se ve —las industrias que pese a ser marginalmente menos rentables lo son mucho más que unas vías de comunicación que se justifican en el mero hecho de crear empleo.

Los intervencionistas radicales tratarán de convencernos de que semejante medida es el colmo de la sensatez y del sentido común, pues con ella se grava a los más ricos, quienes consumen poco, para dar empleo a los parados, quienes no consumen nada. El efecto final de la medida será impulsar la demanda agregada y de ahí al nirvana keynesiano.

Pero el disparate consiste en pensar que saldremos de una crisis provocada por el exceso de deuda y por la acumulación de malas inversiones empresariales consumiendo todavía más de lo que ya lo hacemos: justo cuando necesitamos ahorro para amortizar deuda y reorientar la estructura productiva, se estimula el consumo masivo del capital.

Los ricos —en jerga socialista rico significa “capitalista”, con independencia de que tenga un diminuto patrimonio— son quienes continuamente financian con su enorme ahorro todo el aparato empresarial que da empleo y paga los salarios de más de 150 millones de americanos. Persíganlos e indirectamente estarán condenando a la pobreza a las clases proletarias. Como magistralmente resumía Murray Rothbard:

Si los capitalistas dejaran de ahorrar para pasar a consumir, todos los actuales métodos de producción serían abandonados y la economía regresaría a una época de salvajismo; sólo podrían emprenderse ocupaciones de la más corta duración y procesos productivos arcaicos. La calidad de vida, la cantidad y variedad de bienes producidos, se desplomaría catastróficamente a niveles primitivos.

Este es el calibre del despropósito de Obama: destruir modelos empresariales que funcionan para construir carreteras que no llevan a ninguna parte. Así, no es de extrañar que a la economía le cueste tanto retomar el vuelo: el más mínimo indicio de recuperación es pisoteado inmisericordemente por estos planificadores de medio pelo.